sábado, 9 de junio de 2007

Vida... Hoja

Abstract: This text is a metaphor about life. Although you can read it like a individual tale, it’s possible reading it as a part of the others tales (Relatos, Alexander Botafogo).

Also, you can download, by courtesy of Archivoderockmexicano.blogspot.com:
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Los Tepetatles. 1965 was the year, Carlos Monsivais, Chava Flores, José Luis Cuevas, Julián Bert y Alfonso Arau, the confabulators. It’s a musical jew, not only by the people who integrated the band but also they have been important artist in others disciplines: literature, paint, etc.

Una joya del rock mexicano del año 1965. Uno se pregunta qué hacían juntos Carlos Mosivais, José Luis Cuevas, Chava Flores, Julian Bert y Alfonso Arau. (Para poderlo descomprimir es necesario tener la versión 7z de winzip, accesible y gratis en Internet.)

Descarga aquí el disco de Los Tepetatles / Download Los Tepetatles disc

La Coincidencia es un Azar arrepentido queriéndose volver conciente

Salí del Metro General Anaya. En el suelo vi una hoja de papel semi arrugada con inscripciones, a lo menos, raras. Me acerqué para recogerlo, pero una inaudita ráfaga de viento la elevó y se la llevó por la calle 20 de Agosto. Perseguí esa hoja aérea con algo de premura, y por hacerlo tropecé con un niño que al caer al suelo soltó el llanto; su madre, que vendía dulces en un puesto ambulante, me dedicó algunos insultos con la mirada, mientras recogía a su crío. Yo proseguí con mi incipiente persecución.

Avancé por la acera, dejé atrás el paradero de microbuses pero mantenía la vista en la hoja, que misteriosamente dibujaba una trayectoria homogénea. Súbitamente tuve que bajarme de la banqueta para evitar el impacto con una mujer; voltee a verla y después de observar sus caderas, decidí que pudo haber sido la mujer de mi vida. Yo proseguí con mi incipiente persecución.

Empecé a caminar más rápido, casi a punto de trote pues el viento, según el testimonio de la hoja, arreciaba. Pasé frente al número 136 de esa calle, advertí que podría ser mi casa, pero seguí de largo. Crucé la calle Rafael Oliva; la hoja fue descendiendo y aterrizó en una banca metálica en el parque que rodea la entrada al Ex Convento de Churubusco, hoy Museo Nacional de las Intervenciones. Corrí para alcanzarla, me detuvo la presencia de una señora que estaba sentada en la banca: morena, delgada, cabello cano, largo y lacio, lo cual le deba un aspecto elegante y misterioso.

Me acerqué, la mujer parecía tener la mirada perdida en uno de los árboles; creí que no había notado mi presencia. Cuando decidí recoger la hoja del suelo, ella volteó, me miró mientras ella recogía la hoja.

Apesadumbrada me dijo –Siéntate. Yo sólo miraba la hoja, logré ver con mayor claridad los símbolos inscritos, ininteligibles.

–Tu eres Ildefonso– Sí, asentí intrigado. Desconfianza no sentí. –Me llamo Vida, llámame así– Vida, qué nombre tan poco usual –reflexioné en voz alta– Vi que sus ojos cristalizaban, y dijo, al tiempo que con ternura, su mano acariciaba mi cara: –Pobre ángel, ¿pero qué sigues haciendo acá? El tono maternal de sus palabras me impidió las dudas y réplicas.

–Cuando tenías once años, continuó, un auto te atropelló, tu cuerpo voló unos metros; la gente creyó que estabas muerto. Tus amigos y el conductor rodearon tu figura en el asfalto, pero te levantaste como si nada y corriste a alcanzar a tu madre que no se percató del incidente. Nadie volvió a mencionar el suceso, incluso vos anulaste ese día. Desde entonces el desatino rige tu vida.

Pensé que se refería a otro Ildefonso, pero la melancolía de sus palabras le daba un matiz de realidad a lo que decía. Aún no logro recordar el accidente referido. Por otra parte, creo que he tenido éxito relativo en mi vida: doctor eficaz, padre de familia y feliz amante de mi mujer; algunas deudas y enemigos, pero hasta ahí.

Su trato hizo que me sintiera tan cómodo, tranquilo, con ganas de dormir; no me sentía así desde que era un escolar.

Vida, me besó la frente; sus manos, tomaron las mías; vi que en el dedo anular de su mano izquierda, portaba un anillo plateado; en el centro un símbolo parecido a alguno de la hoja. Me miró a los ojos, me dijo que no podía seguir más tiempo así, que emprendiera la busca de Alexander Botafogo, que el sabría qué hacer.

Volvió a besar mi frente y se despidió sin palabras; abordó un coche negro signado por la hélice de un helicóptero, vista desde arriba.

Vi la hoja en la banca, la guardé en mi chamarra.

¿Quién es Botafogo, Vida; qué locura ha ocurrido a causa de esta agotada persecución?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Che, qué buena música y bueno relatos tenés en tu blog. Felicidades.

zafreth dijo...

Coltrane creo detectar la locura en tu sesuda mente, que buen relato un poco eliptico a mi gusto pero bueno.
Saludos