miércoles, 22 de marzo de 2017

La Ciudad de México es de los Abuelos (Parte I)

Si cuando se abre una flor,
al olor de la flor, se le olvida a la flor.
(Canción popular de Joan Manuel Serrat: Señora, 1970)

¡Hay algo raro en todas las desapariciones, Salamanca! –afirmó Carlos Echeverría, mientras aventaba las averiguaciones previas sobre la mesa–; se trata de puros abuelos, todos estaban en plenitud de sus facultades físicas y mentales y, según los familiares de cada uno de ellos, todos estaban muy felices antes de desaparecer.

–No le veo lo raro, Echeverría–. A lo que su compañero replicó con tono socarrón, mientras se sentaba a la mesa. –lo curioso todavía no te lo digo. Resulta que los siete desaparecieron abruptamente dentro de recintos, monumentos o parques significativos para la Ciudad de México; todos el mismo día.

Noel Salamanca se puso de pie y prendió un cigarrillo. Seguía esperando un caso “normal”, un homicidio pasional, un secuestro, ubicar a una persona extraviada desde su infancia; ¡jamás! Sus casos siempre tenían el sello de lo inexplicable y, a decir verdad, si no fuera por Margarita Pruit, nunca hubiera resulto caso alguno.

Noel Salamanca hojeó uno de los expedientes. Miró fijamente el rostro sonriente de una mujer de rasgos finos y afilados, cabello cano y corto. Leyó la fecha: 22 de marzo de 2023.

–Ese que miras es el caso más espectacular. La señora Georgina Maza asistió a un concierto de la Orquesta Filarmónica de Berlín; un regalo de su hijo. Mientras sonaba El funeral de Sigfrido, de Wagner, desapareció. La buscaron por todos lados; nadie la encontró. Ahí está los detalles en la averiguación previa, léelo.

–Al salir del recinto, todos lo advirtieron –continuó Carlos Echeverría–, quizá no lo creyeron y nadie dijo nada: el Palacio de Bellas Artes estaba nuevamente a nivel de la calle, ¡ya no estaba hundido!

Noel Salamanca llegó a su casa y ordenó que sonara cualquier obra completa del compositor alemán. Del techo emanaron los metales de una pieza que el sistema operativo anunció como Der Ring des Nibelungen. Se sentó en su sofá y antes de leer los informes de Margarita Pruit, leyó las 8 columnas de un diario: La descentralización financiera llegará a las alcaldías; habrá señores feudales en la Ciudad de México a partir de 2025. Aventó el periódico por ahí.

Se puso a leer uno de los informes de la pelirroja.

“Durante su convalecencia, lo que más había extrañado era correr en el parque. Más de 20 años ejercitándose en los Viveros. Ahí conoció a muchas personas con las que trabó amistad; se inscribió en clubes de actividades para adultos mayores y se enamoró de un ex medallista panamericano, que a los pocos años murió.

Sus hijos se fueron a vivir fuera del país. No conocía a sus nietos, pero presumía sus fotos con todas sus amistades. Al menos una vez a la semana, tenía videollamadas con sus hijos. Cada dos años la visitaban; se turnaban para que no pasara un año sin que viera a alguno de ellos.

Esa primera mañana de diciembre, Inés Loera rebosaba de alegría; sus hijos coincidirán por primera vez en la Ciudad de México desde hacía más de 20 años y pasarán la Navidad y el Año Nuevo con ella. Al fin cargará a sus nietos; abrazará y besará a sus dos hijos y conocerá a su yerno y a su nuera.

Salió a correr a las ocho de la mañana. Saludó a la gente del barrio que trabaja en esas calles vendiendo tamales, chilaquiles, pan de dulce. Se encontró con un amigo que iba a ejercitarse al Deportivo José Gorostiza. Al llegar a la entrada del parque se despidieron; él se dirigió a los aparatos deportivos y ella se introdujo en el circuito de los Viveros de Coyoacán para correr.

Diez minutos después de hacer calistenia, Inés Loera empezó a trotar. Feliz, miraba y disfrutaba de los árboles, del tenue aroma a eucalipto, de los troncos húmedos, que tenían formas con las que jugaba a encontrarles parecido con algo; disfrutaba el saludo inesperado de amigos que corriendo le daban la bienvenida al parque, después de semanas de ausencia por la gripe que no la dejó durante más de un mes.

A mitad de la segunda vuelta, miró un árbol que la hizo colgarse de un recuerdo.

–Dime Inés, ¿qué es lo que miras cuando fijas la vista en los árboles, por ejemplo ese grandote?

Mientras caminaban, ella pensaba la respuesta sin dejar de observar el árbol señalado; él tomó su mano, intercalando sus dedos con los de ella. –Eso no se vale, Agustín, me estás distrayendo –le dijo sonriendo, sin perder de vista el árbol–. Él tampoco la miró, pero estaba algo angustiado pues no sabía si ella retiraría su mano. Ante ese dilema, optó por apretarla con sutileza.

–Veo tenacidad contra la fuerza de gravedad; testarudez de la vida por permanecer. Esas ramas que se convierten casi en troncos para estar cerca de la luz del sol.

–Yo veo… –dijo un perspicaz Agustín– Mira cómo se bifurca el tronco en dos… Yo me imagino dos piernas de mujer que se abren para recibir la vida y dar vida. Él se detuvo y se paró frente a ella.

–Inés, eres la mujer más hermosa que he conocido–. Ahora ella era la angustiada, pensó que él le declararía su amor o algo así. En cambio, Agustín la tomó de la cintura y arrebatado la besó en la boca.

Inés Loera iniciaba ya la tercera vuelta. Sonreía evocando el recuerdo de la segunda relación amorosa de su vida. Tenía varios años de viuda y sólo se había dedicado a sus hijos y a su trabajo. Tuvo algunos amoríos con algunos de sus clientes del despacho, pero nada serio.

Estaba feliz, muy feliz; sentía una extraña felicidad que la colmaba. Reflexionó y recordó que algo similar le pasaba cuando escuchaba ópera, en particular la de Don Giovanni, de Giuseppe Verdi. Estaba trotando y empezaba a sentir que las emociones la desbordaban; estaba muy agitada, pensó en detenerse, se llevó la mano al pecho; podría ser su corazón.

La mayoría de las personas corrían y trotaban escuchando música con sus audífonos; avanzaban sin observar. Dos mujeres trotaban por detrás de Inés Loera. Sin perder el paso, sólo ellas vieron que Inés desapareció súbitamente.”

–Ninguna carpeta de investigación, ninguna averiguación previa te dará los detalles que acabas de leer, dijo Margarita Pruit con una sonrisa; estaba recostada en otro sofá frente a Noel Salamanca.

–Lo sé pelirroja, lo sé.

–Noel, yo no tengo abuelos; nunca los tuve, lo sabes, pero si quieres resolver este caso debes entender primero que el amor y la experiencia de los abuelos, sólo de los abuelos, será la que salvará a tu Ciudad tan querida por ti.

–Noel Salamanca encendió un cigarrillo; mucho trabajo por delante, pensó. Se comunicó con Carlos Echeverría.

–Echeverría, dime qué noticias encuentras sobre los Viveros de Coyoacán en el último mes.

Una hora después, Noel Salamanca recibió u mensaje de Carlos Echeverría.


“Entre las decenas de noticias en medios de comunicación, se resalta que los Viveros están más frondosos que nunca.”