domingo, 15 de noviembre de 2009

Josefina Martínez

Si no mal recuerdo, alguna vez Borges sugirió que un hombre debía ser todos los hombres para conformar su destino último. Esto equivale a decir, según mi juicio, que una persona tendría que experimentar todos los azares que le permita su tiempo para poder consumarse en sí misma.


Algo así se me figura la historia de Josefina Martínez que comenzó en Tacubaya, al poniente de la Ciudad de México, en 1908, en la calle General Cano. Cuando tuvo diez años, entendió el porqué su madre, Valentina Milán, solía encerrarla junto con sus hermanos Rosa y Julio, en el sótano de la casa.


Por aquel entonces, los soldados carrancistas solían entrar a las casas y, entre otras cosas, llevarse a las mujeres en calidad de guachas. Josefina tendría cuatro o cinco años, pero el temor de doña Valentina era por su otra hija de 14.


Casi no tuvo amigos porque su madre se la llevaba a las campañas militares del General Pablo González Garza, por el centro y norte del país. Doña Valentina fue muy conocida en el barrio de Tacubaya por sus excelentes guisos, poseyó una sazón sin igual. Prueba de ello es que el General, una vez que probó su cocina, no volvió a emprender campaña alguna sin llevársela de cocinera. Así, Josefina conoció en su niñez gran parte de la República mexicana, aunque en realidad nunca descendió del tren; le daba miedo alejarse demasiado de su madre.


Cuando se acabaron las campañas militares para el General González Garza, doña Valentina continuó cocinando para él, y Josefina empezó a asistir a la escuela con regularidad; ahí conoció a Dagmar, hija de inmigrantes alemanes, quien fue su mejor y única amiga en la vida.


Camino a su casa, Josefina solía encontrarse al General Pablo González quien con pipa en mano, la detenía con un grito marcial:


–¡Quieta ahí, Josefa; dime!, ¿cuáles son tus calificaciones?–.


–Diez, General –respondía ella con la mirada en el suelo–.


–Muy bien, Josefa… pero donde saques ocho o nueve, te mando ajusilar, ¿entendiste? –le decía González Garza mientras le hacía un cariño con la mano en la cabeza y ella se echaba a correr.


Temerosa como siempre, ella acostumbraba responder con la verdad, que a esa edad no se piensa sólo se dice. En esos tiempos únicamente había dos alternativas: mostrar miedo u ocultarlo bien.


Fue una época llena de acontecimientos que cambiaron el rostro de los habitantes del país antes que a éste. Hay sucesos históricos que, primeramente, reconfiguran los rasgos de una nación, lo cual incide en el cambio de sus habitantes. Éste no fue el caso. Las guerras civiles, en particular, componen y recomponen los roles sociales de mujeres y hombres, tatúan en el inconsciente colectivo actitudes proclives a una u otra cosa, a estados de ánimo, a diversas aspiraciones sociales. Las ciudades se vacían de niños y éstos, de risas.


Entonces, de manera generalizada, el miedo se desparrama sobre los pechos de los jóvenes; éstos crecen con esa especie de sanguijuela aferrada a su corazón. Un día aquél desaparece y queda un gran hueco. Ya siendo mujeres y hombres, desesperados, no saben qué hacer con esa ausencia o cómo llenarla, y empiezan a perseguir un miedo, cualquier miedo para hacerlo suyo; no lo encuentran. Y aprenden a infligirles a sus hijos algo similar a lo que antes el miedo les hacía sentir en sus flacos pechos para no sentirse tan vacíos. Eso es lo peor del miedo, sus secuelas, porque sentirlo es algo natural, inherente al ser humano y a cualquier animal. Quizás haya algo peor: pensar el miedo, pensar sus consecuencias.


La guerra, ¡oh, maldita guerra!; bestia que de todo te alimentas, que apeteces más que nada la naciente vida; no te interesas por lo moribundo y babeas por devorar la carne que vibra.


Josefina creció. Prácticamente pasó de entretenerse con muñecas de trapo a hacerlo con la búsqueda y encuentro de un marido. Todavía después de cumplidos los cuarenta años, casada y con tres hijos, no le gustaba su pasado porque éste explicaba perfectamente el deterioro material de su vida. Ella fue la única hija del segundo matrimonio de doña Valentina. Su padre fue el administrador del Bosque de Chapultepec.


Quisiera precisar que para la familia Milán, inmigrantes italianos que llegaron a México a finales del siglo XIX, Valentina fue la hija insufrible y voluntariosa que rehusó casarse con un miembro de la familia Mazzero, un prominente comerciante de su misma nacionalidad. Valentina prefirió escaparse con un arquitecto parrandero, pendenciero y mujeriego quien le dio tres hijos; el primero falleció sin haber cumplido el año.


El arquitecto falleció al poco tiempo, pero la belleza de Valentina era tal, que no tardó en volverse a casar. Cuando esto pasó, ya estaba peleada con los Milán y desheredada de su gran fortuna, ella y toda su estirpe.


También perdió a su segundo marido, el administrador del bosque.


Josefina se casó y se fue de la casa; Rosa, quien a los 15 años se había escapado con un soldado, no regresó a vivir con su madre, pero sí la visitaba; Julio, en cambio, permaneció con ella hasta su muerte. La casa se perdió porque era de la familia Milán.


Como venía contando, Josefina se casó y procreó una familia con tres hijos. Durante mucho tiempo, su marido trabajó en Estados Unidos porque con lo que ganaba en la panadería El Dial, jamás hubiera terminado de pagar el terreno recién adquirido, cerca de La Villa; ella, por supuesto, después de casada no quiso volver a trabajar.


Fueron una familia como muchas otras; vivieron sin guerra, en un país que adivinaba su prosperidad y con un gran vacío paternal en la mayoría de los hijos. Sin su marido al lado de la cama, ella aprendió a controlar a sus críos mediante un viejo truco: el miedo.


El mayor de sus hijos se convirtió en un mal ladrón que tuvo un gran golpe que lo hizo leyenda del barrio; el segundo, en un empresario menor e irregular, quizás hasta mediocre, pero el hecho de ser emprendedor le acuñó una fama benigna en los alrededores de su hogar. Su hija, la menor de los tres, fue la obediente, el impacto esperado del miedo inculcado.


Fueron hijos de una generación que les inoculó el miedo fomentado y estructurado por la Iglesia católica, institución que enseñó a muchas generaciones a transmitir el amor y el temor. La Iglesia fue el pliego emocional y sentimental que implicó todo el abanico de la experiencia humana, contuvo lo peor y lo mejor de todos; claro, los entretelones también existieron.


Los hijos de Josefina probablemente formaron parte de la primera generación de mujeres y hombres que huyeron de sus miedos sin escaparse de ellos. Los tres se casaron y los tres se separaron. Luego, el mundo cambió y el país también.


Ahora fueron los rasgos de la nación los que ocasionaron el cambio de sus habitantes. El Estado que hombres como el General Pablo González ayudaron a construir, empezó a colapsarse. Ese monstruo abrió sus fauces sólo para tragarse, por propia mano, la daga incendiada, que habría de incinerarlo desde el vientre, no para matarlo sino para tornarlo en un ser de lentos movimientos que a cada paso iría demoliendo sus propias patas: Golem mestizo y bastardo que fue animado por un diminuto pergamino, lacrado con una cruz de cera roja; documento en cuyo interior naufragó la identidad de millones de personas. Una identidad aprendida de memoria para obligarla a ser verdad; como un relámpago capturado por un espejo en la oscuridad. Estado que para muchos fue dejando un rastro de carbón al rojo vivo, al pasar.


Si son los habitantes de un país quienes provocan el cambio de este último, entonces es viable que se encuentre un rumbo; cuando ocurre lo contrario, los habitantes se enteran tarde que las cosas ya no son iguales; no sabrán distinguir en dónde termina el antes y en dónde empieza el ahora; cuándo es el futuro. Hay una desorientación total y demostrar que se puede sobrevivir así no es para jactarse.


Continúo con el relato de Josefina quien fue parte de una generación de abuelas que volvieron a ser madres porque cuidaron a sus nietos mientras sus hijos se volvían a casar, se iban de mojados o se la pasaban en el trabajo todo el día.


Cuando Josefina tenía poco más de setenta años, sus nietos tendrían entre seis y 12 años. Aún era una mujer muy fuerte que tres veces por semana iba al mercado de la Merced a comprar el mandado. Cualquiera de sus nietos al verla a lo lejos cargando la bolsa con las frutas, verduras y carnes, corría a ayudarla.


Todos ellos esperaban con ansias y hambre a que dieran las tres de la tarde. Sentados en la larga mesa para 12 personas, los nietos se sentaban alineados esperando a que su abuela les sirviera la sopa. Era toda una ceremonia ver el montón de tortillas calientes, la salsa de tomate, la crema y el queso. Esperar con sorpresa el guisado: chiles rellenos, huazontles, enchiladas, mole de olla, carne de puerco con verdolagas. Terminaban de comer, se iban a jugar y se olvidaban de la abuela.


Sólo en los cumpleaños se reunía casi toda su familia; sin embargo, los días diciembre eran los más memorables para todos, pues el abuelo regresaba de Estados Unidos. Él continuó trabajando en ese país a pesar de ya no necesitarlo. Se le hizo costumbre, que no es más que una forma de no encarar el tedio sin aceptarlo.


Un día, Josefina amaneció sin las fuerzas para regañar a sus nietos, se sientió cansada por primera vez en más de 50 años. Se resignó a la idea de saber y entender que, a pesar de enviar a sus nietos a misa de siete, éstos eludirían la orden; después de algunos minutos saldrían por la puerta trasera de la parroquia para irse a jugar con sus amigos.


Envejeció de un tirón y empezó a hablar de su infancia con alegría; sí, de esa etapa que décadas atrás llegó a desdeñar. Ahora, la nostalgia había limado viejos rencores y afilados arrepentimientos. De pronto le pareció que sus nietos estaban creciendo demasiado rápido y simplemente dejó de cuidarlos o de fingir que los cuidaba.


Su cansancio fue el peor de los cansancios, el que causa estragos en la memoria. Murió a los 93 años, pensando y sintiendo lo que dos décadas atrás. No fue demencia senil ni Alzheimer, sino una forma de olvidos involuntarios convenencieros. En sus últimos años no se acordaba que ya había desayunado y lo hacía dos o tres veces, pero hacía el aseo de la casa una sola vez; tampoco recordaba el nombre de de sus nietos, pero evocaba con lujo de detalle pasajes de su infancia; igualmente, no recordaba que sus hijos ya eran abuelos y por las tardes no quería comer por esperar a que llegaran de la escuela. Luego, era perfectamente capaz de leer el diario e iniciar una larga y continua conversación al respecto.


Es curioso como se la recuerda en el barrio. Los más jóvenes como una viejita cariñosa que apenas podía moverse por una cojera que la aquejó en sus últimos años, pero eso sí, si se trataba de procesiones, Josefina se olvidaba del dolor y la cojera, y se iba por toda la colonia con sus amigas de la Iglesia. Los más viejos la recuerdan como una mujer fuerte y recta que ahorró todo el dinero que, desde Estados Unidos, su marido le enviaba mes tras mes y que gracias a ese esfuerzo lograron construir una de las primeras grandes casas de la calle, a finales de los setenta.


Así, los rasgos de la nación y de las personas se van convirtiendo en versiones paralelas o contrapuestas; vestigios de lejanas verdades. Ya no cambian ni el país ni sus habitantes, presos de una hermenéutica para anticuarios. Es pasmosa la pasividad con que se reciben los años de este siglo, aspecto que contrasta con la gran velocidad de las interacciones sociales y económicas. Pasividad y velocidad, emblemático dúo que nos precipita al olvido por comodidad.


Poco a poco, nos damos cuenta que los órdenes verticales de la sociedad y el conocimiento, empiezan a formar parte de la entropía universal, un fenómeno que va menguando y que a ello debe su hermosura y magnanimidad.


¿Cómo atesorar en la memoria que lo venidero también va a dejar de pasar?

4 comentarios:

¿quien soy? dijo...

Hola, hoy pasenado por algunos blogs me he tropezado con este relato y me ha oarecido muy rico no, tanto en anécdota como en reflexiones; estas últimas, como las buenmas; trascienden su contextos y la podemos aplicar a muchas cosas; asi ha sico con esto de los "miedos"...
No sé de donde sale toda esa historia; si es pura ficción; si lo escribiste tu pero en todo caso Gracias por publicarlo.

Victor Castillo dijo...

Hola ¿Quien soy?.

Pues muchas gracias por tus comentarios. Como muchos relatos, este combina verdades de personas que conocí e invenciones necesarias para orientar el propio sentido del relato.

Saludos.

zafreth dijo...

tache

zafreth dijo...

ponte a trabajar!!!