miércoles, 5 de agosto de 2009

Encierros

Todo el tiempo que estuvo encerrado, pensó en el futuro: el día en que saldría libre. De otra manera no hubiera sobrevivido los siete años que primero fueron once, pero que por buena conducta, los redujeron. Esto no lo supo sino hasta después.

Toda persona necesita registrar, en una condena, un atisbo de buena suerte para poder cursarla sin un pesimismo completo; él la tuvo, pues unos días después de su aprehensión modificaron la pena para secuestradores y la mínima estancia en adelante sería de 20 años.

Desde el primer día, se ganó un lugar ahí, cuando se lió a golpes con siete presos; esto le concedió una estancia de 15 días en la enfermería del reclusorio. La tercera y cuarta semanas, la fama de su padre le ayudó a sobrevivir. A partir de entonces, fue su astucia lo que le permitió consolidar su seguridad dentro de esa agrura social.

La ambición lo había llevado a ejecutar un plan muy bueno, sencillo, pero mal ejecutado. Su bronca ambición había sido su gran defecto. De niño, solía decir a sus abuelos:

–Cuando sea grande, voy a ser muy rico para comprar mucho dinero–.

Ahí adentro, no había lugar para su ambición; le costó mucho trabajo domesticarla, canalizarla por la vía de la seguridad. A eso se avocó, a mantenerse seguro durante toda su estancia. También se propuso no compartir habitación, tener estéreo, dvd, televisión de plasma y algunos otros lujos que incluso fuera de prisión son lujos.

Vestía diario ropa diferente, eso sí, color blanca o beige, pero no vestía menos de siete mil pesos diarios en calzado y ropa. No vendía narcóticos, no golpeaba, no se prostituía. Solamente tenía los ojos bien abiertos, la boca bien cerrada y ponía en unas listas palomitas y taches.

Salvo por su vestimenta, no llamaba mucho la atención, pero la mayoría de los reos ni enterados estaban, para ellos una camisa de $2,300 o de $120, era lo mismo. Algunos sicarios, ex judiciales o distribuidores de droga lo ubicaban y lo respetaban. Seguido lo invitaban a formar parte de sus respectivos círculos, pero Arnaldo Oceguera jamás los atendió y tampoco perdió su objetivo: salir lo antes posible de ahí.

Al tercer año, aprendió y comprendió mucho más de lo que había logrado en la calle durante sus primeros 10 años de vida previos a su encierro. En ese tercer año se hizo amante de la directora del Centro de Readaptación Social, le enseñó idiomas a un secundario capo famoso del norte del país y le ganó una pelea a uno de los convictos más famosos por su habilidad con los puños.

Estaba en el lugar indicado, con la actitud adecuada y cerca de la gente precisa para sobrevivir con esa imperceptibilidad artificiosa que sólo algunos logran estando presos, por lo menos para no llegar a esa estridencia que fulgura personas en cuestión de meses, precisamente por una ambición descontrolada.

Así, vio pasar compañeros que a base de fuerza y rencor se ganaron el miedo de casi todos, mas después de unos meses amanecían muertos, destripados, degollados, desollados, etcétera.

Un buen día, Oceguera no aguantó más, sucumbió ante el peor de sus defectos: pavonear su poder ante los demás.

–No mames, pinche Arnaldo, ¿qué no te basta con andarte cogiendo a la directora, con ser valedor de uno de los chingones del cártel de Juárez, con vivir como vives acá…? Vives mejor que toda tu familia, pinche mono–, le dijo su hermano, casi reclamándole, en una de sus visitas.

–Nel… el Osito Cardona tiene muchos amigos, Rebeca se ha cogido a muchos reclusos; carnal, no soy el único que vive con lujos acá. Pero lo que a nadie se le ha ocurrido es traerse a vivir a una reclusa del femenil–, me dijo con un fuego en los ojos, ese tipo de llama que poco tiene que ver con la ambición y mucho con la travesura.

–¿Y cómo piensas hacerlo?; eso sí está muy cabrón… si ni el Cardona lo ha hecho–.

–Ah, bueno, porque a ese güey no se le ha ocurrido. Algo que les falta a todos los de acá es imaginación, pero a mí me sobra–.

Así que, Edgardo, hermano de Arnaldo Oceguera, fue encomendado para ir a entrevistarse con Raquel. Fue al reclusorio femenil indicado. Aunque no era un galán, muchas reclusas le dijeron una de piropos que jamás había escuchado; se sintió encuerado por la mirada de una de ellas. Alguna otra le mostró una sonrisa realmente bella.

Se sentó en una silla y esperó a que Raquel llegara. Era sábado y estaba con sus familiares. Edgardo esperó unos minutos, vio que realmente era guapa. Las peticiones de su hermano incluían una fina inspección sobre el físico de Raquel, particularmente su estatura y su piel. A primera vista, ella cumplía con las expectativas de Arnaldo.

Se acercó y sonrió.

–Hola, tú debes de ser…

–Sí, soy yo; hola, ¿cómo estás?–, dijo él mientras le extendía la mano, pero ella lo besó en la mejilla.

–La señora es mi mamá, los otros son mis hermanos menores–, sonreía, bastante coqueta. Edgardo no sabía qué preguntar porque además de lo ya mencionado, Arnaldo no le había solicitado alguna otra información.

Estuvieron conversando sobre su hermano, al parecer se habían conocido en una obra de teatro que las reclusas fueron a presentar al reclusorio varonil. En un momento de la charla, ella abrió su blusa y le mostró a Edgardo la enorme cicatriz de una operación en el corazón.

–Es la única cicatriz que tengo en el cuerpo, díselo a Arnaldo–.

Le miró fijamente la cicatriz rosada; volteó a verla a los ojos y con una pícara sonrisa ella lo invitó a mirar de nuevo. Le mostró sus hermosos senos.

–También coméntale lo que acabas de ver–, dijo ella sin perder el ánimo mientras se abotonaba la blusa.

Oceguera se ganó una compañera por el resto de su sentencia; también la enemistad de la directora. Ello no importó mucho porque al poco tiempo la reasignaron a otro Centro.

Esta parecería una de esas historias raras en donde no hay enemigos peligrosos. Salvo la directora, pero en cuanto ella figuró como adversaria o amenaza, desapareció. Esa creo que fue la mayor virtud de Arnaldo, la discreción artificial en un lugar en donde para salvar la integridad física, por lo regular se tiene que joder antes que a uno lo jodan. Es como vivir en la calle, pero con más gente en menos espacio, pero con mayor intensidad en menor tiempo. Pero esas eran las impresiones de Arnaldo que, creo, poco tenían que ver con las de la mayor parte de los presos.

Terminó su condena; el futuro le había llegado:

–¿Y ahora qué?–, pensó mientras levantaba sus maletas y miraba acercarse a sus familiares, que fueron a recogerlo.

No parecería nada extraño que regresara al sitio en donde logró encumbrarse; tampoco sería extraño que se fuera del país y no regresara.

Sumamente raro hubiera sido que regresara a la casa que lo vio crecer y fracasar, reconstruir los muros grises y el hierro de pintura beige descarapelada de las rejas que le conocieron los recientes siete años… y sin embargo, así ocurrió.

4 comentarios:

zafreth dijo...

Coltrane, leo tu texto.

En el caso de que hables sobre detalles de algunas cosas que tiene deberias de decir en vez de dvd, reproductor de discos versatiles, asi como hiciste enfasis en la television de plasma, ¿por qué no pusiste simplemente TV?

ah verdad... jajajaja

"Vestía diario ropa diferente, eso sí, color blanca o beige, pero no vestía menos de siete mil pesos diarios en calzado y ropa"

Esta frase se oye rara, no me imagino a alguien vestir siete mil pesos diarios!!! en ropa.

Hasta el octavo párrafo mencionas su nombre mmm... valido pero raro.

Sigues hablando en pasado y presente al mismo tiempo, eso indica que escribes como si estuvieras hablando, creo que todos lo hacemos en algun momento, pero estos detalles y con tanto tiempo escribiendo se vuelve menos tolerante la critique.

El más del 11° parrafo va con acento si no me equivoco.

"Así que, Edgardo, hermano de Arnaldo Oceguera, fue encomendado para ir a entrevistarse con Raquel. Fue al reclusorio femenil indicado. Aunque no era un galán, muchas reclusas le dijeron una de piropos que jamás había escuchado; se sintió encuerado por la mirada de una de ellas. Alguna otra le mostró una sonrisa realmente bella."

Este parrafo me lo fusilaste de lo que te conte !! jajajaja.

Un final se puede decir... comun, pero extrañamente, casi irreal.

Saludos ratota

Victor Castillo dijo...

Coltrane (respondo sin orden de numeración a tus inquietudes):

1) En efecto esa parte te la fusilé.

2) El "mas" del onceavo párrafo va sin acento porque es una conjunción adversativa y no es, en este caso, el advervio comparativo que si va con acento "más", vale?

3) Coltrane, tanto tú como yo, no estamos acostumbrados ni a vestir 2 mil 500 pesos al día, jajaja... recuerda que la realidad siempre supera a la ficción, ese dato es real y puede que ma haya quedado corto.

4) Col, hay críticas que me parece que apuntan más en dirección a complacerte que a la crítica seria. No es necesario presentar las generales de los protagonistas en el primer párrafo, a veces hay que irlos descubriendo, incluso sus nombres si es que no aparecen.

5) Combinar el presente y pasado es valedero, particularmente cunado no se mezcla en la misma oración. A lo que vos te refieres es otra cosa muy distinta: intercalar los tiempos dentro de la misma oración o frase.

6) En cuanto al final, insisto, la realidad supera tu imaginación.

Saludos, Ratota de Cuitláhuac.

Lev Davídovich Bronstein dijo...

¡Hola! ¿Que tal?
Me gustó el relato. Yo justamente estoy leyendo (ahora mismo no porque tengo un exámen pronto) a uno de los maestros del cuento; a Hemingway.
Saludos.

Victor Castillo dijo...

Lev Davídovich Bronstein:

Un saludo. Qué bueno que te gustó este relato.

Y bueno, te deseo suerte en el examen que tienes por realizar.

Hemingway, he leído lo que otros escriben sobre él, mas no lo suyo; es uno de mis pendientes para este año.

Un saludo hasta el sur del continente.

Abrazo.