viernes, 26 de diciembre de 2008

La voz, el Lago

Cerró los ojos y los abrió, supo que por tercera vez en el año, estaba despierto dentro de su sueño. Estaba seguro de ello porque al ver la calle de una ciudad desconocida, recordó que acababa de acostarse hacía unos segundos.

Caminaba por una acera deshabitada, con puestos ambulantes levantados y en el suelo algo de basura. Advirtió pronto que lo que en un principio le pareció una ciudad ajena a la suya, no era más que la avenida Puente de Alvarado, pero sin gente ni comercios abiertos; el Boca del Río estaba cerrado.

Una vez aclimatado, decidió poner manos a la obra, y es que tener conciencia de estar dentro de los sueños y ejercer la voluntad ahí, no es cosa fácil, pero una vez desarrollada esta capacidad, uno puede jugar a hacer casi lo que se desea. Se puede visitar a la persona que uno quiere y ya no puede ver durante la vigilia, ya sea porque vive lejos o porque ya no está más.

Él ya había visitado a un par de seres queridos que habían muerto, pero en la segunda visita, a su padre, se percató de que no era una práctica sana para él, ya que las locuciones de su Papá no fueron más que recortes que su inconsciente hizo de la memoria que guardaba de las interlocuciones que tuvieron en vida. Decidió que esa alteración profanaba la identidad de sus muertos y optó por mantenerlos en su memoria tal y como habían sido, con todo y las imprecisiones que todo recuerdo comporta, a pesar de que el tono de sus voces y la nitidez de sus rostros se vayan diluyendo.

Así que se dispuso a buscar a Ros, como le decía de cariño a su compañera quien había salido de viaje. Se metió al metro en Revolución, pasó el torniquete y esperó al tren en el andén. Lo abordó y buscó a Ros con la calma de quien sabe que va a encontrar. La vio parada mientras se sentaba en el suelo. Leía un libro de Michel Foucault. Antes de acercarse a ella, recordó que si la persona en cuestión no está dormida, también, el efecto es muy similar a lo que ocurre con las personas que han fallecido: sus respuestas se componen de recortes de las argumentaciones expresadas en la vigilia. Para que la charla sea plena, es menester que la persona se encuentre en estado onírico. La forma en que había aprendido a reconocer esto era muy sencilla: Ros tenía que mostrar sorpresa de verlo. Si ello no ocurría, más valía no continuar e irse.

–Hola, Ros, ¿a dónde vas?

–¿Y tú qué haces acá?–, desconcertada le respondió mientras se le caía su libro. Fue cuando vio el título del libro: Vigilar y castigar.

Sin responderle, se sentó junto a ella y olió el tenue perfume que la identifica cuando no habla. Sintió esa torpeza que delata al enamorado; miró sus incontables pecas. Ella recogió su libro y lo cerró; no dijo nada, pero se besaron. Él entendió al fin lo que le pasó a Jaromir Hladík, hacia el final del cuento El milagro secreto de Borges.

–Vente, vamos a bajarnos en esta estación– La tomó de la mano y se bajaron en San Cosme. Caminaron por las calles desiertas y casi llegando a Insurgentes, algo pasó, alguien le arrebató el dominio de la situación. De repente, Ros no estaba con él. Sintió el tibio vahó de una boca cerca de su oreja diciéndole: –Tienes que salir de acá, hay alguien que te necesita, debes cruzar por esa puerta que está al fondo– Él, sorprendido preguntó –¿Por qué yo, de quién se trata?

–Porque puedes decidir en estos lugares, casi nadie puede–.

–¿Pero quién eres… y porque no lo haces vos? La voz explicó que no era un quién sino un qué. Se trataba de un canal de energía al que él mismo se exponía con ese tipo de experiencias. A continuación, el iba en camino a la puerta indicada, pero no lo había decidido. Era la primera vez que esto le acontecía en este tipo de sueños. Pensó que simplemente el sueño se había tornado ordinario; muy pronto advirtió que era totalmente lo contrario, que estaba experimentando una evolución onírica más.

Abrió la puerta como un autómata con instrucciones precisas, entró y al cerrarse la puerta, salió del agua para tomar aire, sentía que se estaba ahogando. Nadó lentamente hacia una orilla. Con las ropas ensopadas se puso de pie y se sintió nuevamente en pleno uso de su voluntad. Se tranquilizó y ello le permitió observar un maravilloso lago, apenas alterado por su erupción, que reflejaba pinos y colinas, campos verdes. Dio vueltas para entender y admirar que los pinceles del tiempo y la naturaleza no pueden ser guiados por imágenes, acaso por la originalidad.

De su reflexión lo sustrajo una vereda de tierra. Caminó por ella y cruzó una colina. Estaba en la parte alta y a lo lejos advirtió a dos personas vestidas de negro que se dirigían hacia él. Se salió de la vereda para intentar acercarse a ellas por detrás. Se aproximó bastante a ellos, quizás unos diez metros, y los fue siguiendo.

Estos hombres no perdían el paso, iban lentos pero constantes en su marcha por la seca vereda. Nada parecía fuera de lo normal. Un par de minutos después, prefirió dejar de seguirlos, pero la voz le dijo que tenía que detenerlos porque dentro de poco tiempo cometerían una atrocidad.

–Ellos aún no saben lo que cometerán porque no lo tienen planeado, entraron acá sin saberlo, pero lo harán–

–¿Cómo sabes que lo harán?–, preguntó él y se sintió ingenuo porque no sabía con quién platicaba.

–Porque lo que tienes que evitar ya ha ocurrido, y se seguirá repitiendo, tal como dice el Civitas Dei, acerca de Platón, que todo regresará a su estado original y repetirá su devenir infinitas veces; así, una vez que hayas evitado lo que sucedió, lo seguirás evitando por siempre, a partir de ahora–. Él no entendió del todo lo que la voz le dijo, pero le hizo caso.

Continuó siguiendo a ese par de hombres y se asustó cuando se dio cuenta que en más de quince minutos de trayecto, éstos no habían dicho una sola palabra. Deseó mirarles las caras, pero no podía hacerlo sin delatarse.

Con su mirada recorrió la vereda y vio que descendía, y rodeaba el lago; luego, subía por otra colina más alta. Tomó un atajo para llegar hasta donde desembocaba el camino de tierra; corrió para tomar la ventaja de unos minutos antes de que llegaran esas figuras que sólo aparentaban humanidad.

Se detuvo a mitad de la colina para descansar un poco; echó un vistazo hacia abajo porque es inevitable no mirar el lago una vez que se lo observa. Era un espejo que reflejaba los pinos, el pasto y la vereda. Se estremeció al ver que aparecieron en la cima de la otra colina los de negro, pero no fueron reflejados por el lago. Sintió ganas de llorar, no de tristeza ni de nostalgia; simplemente, porque la belleza era rasgada por algo que le pareció inhumano.

Retomó su carrera; cada tanto volteaba a ver el paso lento y continuo de los de negro. Era insoportable para él, verlos sin reflejarse en el lago. Casi llegaba a la cima de la colina. Mientras más cerca se encontraba, más pronunciada era la pendiente. Se resbaló, pero alcanzó a agarrarse de una roca. Se lastimó la muñeca y se raspó los brazos. Logró ponerse de pie y vio algo inesperado: En un hueco de la verde colina, invisible desde cualquier otro punto, estaba una niña sentada bajo un árbol de eucalipto. Estaba recargada en el tronco. Tenía una muñeca a su lado y estaba muy contenta.

Entendió que esos ¿hombres? le harían daño. Quiso, mas no pudo, acercarse a ella. Quería llevársela de ahí. Intentó gritarle y fue en vano porque no se oía su voz por más que gritaba, ni siquiera él mismo se escuchaba. Desesperado, le hacía señas a la niña. La vio y creyó reconocer sus facciones. No atinó a adivinar de quién se trataba; además, no tenía tiempo para averiguarlo.

Ella tenía un par de trenzas, un cabello negro, muy negro. Vestido y calcetas azul marino y zapatillas negras.

Cuando volteó para ver por dónde venían ese par de figuras, vio un cuerpo vestido de negro que recortaba el paisaje. ¡Estaban ahí!

Con sus manos quiso empujar al primero, pero éste también lo agarró. Forcejearon unos segundos, y con su cabeza le pegó en el pecho oscuro. Sólo vio a ambas figuras que caían rodando desde lo alto de la colina.

Aún agitado por la querella y recuperando la calma, volteó a ver a la niña que seguía contenta, jugando con su muñeca. Se sintió bien y sonrió: –Lo hice–.

Se asustó al ver cómo los seres de negro terminaron cayendo dentro del lago y no los vio más.

La voz le dijo: –Corre, corre ahora. Vuelve a sumergirte en el lago por donde llegaste–.

Se sumergió. Nuevamente estaba en Puente de Alvarado. Buscó a Ros pero no la encontró. Tenía un mal presentimiento, las calles no parecían las mismas; sintió nauseas y la sensación de lo desagradable. Recordó que los de negro cayeron también dentro del lago.

–Es hora de despertarme–.

Se incorporó, sintió un fuerte dolor en el cuello; se sobó y se talló los ojos; fue al baño y prendió la luz. Se quitó la playera y vio sus brazos con rasguños. No le sorprendió, esas intensas experiencias oníricas ya le habían dejado otras marcas en la piel. Miró al suelo y vio con marcas de lodo, pisadas que no eran las suyas. Estaban por toda la casa.

–Ya están en mi cabeza… ¿vienen por mí?–.

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