viernes, 11 de julio de 2008

Walker Roads, Conversador

Me acaban de entregar la correspondencia, y entre los estados de cuenta viene un sobre remitido desde Ontario, Canadá. Sé lo que significa, pero me intriga su contenido. A lo mejor se trata de una de las tantas ocurrencias de ese barbaján.

Hace 25 años, al partir definitivamente de México, Walker me dijo. –Cuando te llegue una carta mía, sabrás que he muerto–.

Era un tipo excepcional, y eso de la carta lo sacó de un cuento que le gustaba mucho y que siempre lo traía en el bolsillo.

Fue genial y extraordinario. Su melena pelirroja y su estatura, escandalizaban cualquier mirada. No había nada más estridente que verlo callado. Uno lo miraba y era una promesa de carnaval. Su conversación era rica, no creo que haya otro apelativo para describirla: rica. La manera en que combinaba sus gesticulaciones y el movimiento de sus manos con su voz, caray, adquiría un ritmo impresionante que mantenía atentos a sus escuchas. Más que conversador parecía un expositor de ideas, y creo que disfrutaba hacerlo tanto o más que nosotros. Ahora que rememoro esto, hablaba perfectamente el español, no parecía angloparlante.

Una vez, a mi esposa y a mí nos confesó que no moriría por ninguna enfermedad relacionada con el cigarro, y es que Walker solía terminarse una cajetilla al día. Su explicación fue inaudita: –Adriana, Juvenal, lo que pasa es que no se ha sembrado en ningún lugar del mundo, la planta de tabaco que ha de matarme, susurrando continuaba –Eso me permite fumar en grandes cantidades sin la carga emocional negativa que conlleva la culpa inconsciente por dañar tu salud–.

Años después, al ver que Walker no fumó un solo cigarro durante una velada que duró más de seis horas, le inquirí sobre esa notoria ausencia.

–Juvenal, hace medio año dejé de fumar. Dedos humanos han sembrado la planta de tabaco que ha de matarme. Dedos prietos de niño, quizás en algún lugar de Turquía. No quiero arriesgarme.

El tono oscuro y severo con el que me lo dijo, evitó que hiciera más preguntas.

En otra ocasión, nos dijo que para reconocer qué tan autoritaria es una persona, basta con saber cuántas comparaciones hace al día. Esa vez me sentí ofendido porque sentí que me estaba describiendo. Aquella noche no pude conciliar el sueño, rápidamente. Sabía que Walker tenía razón, que lo mucho o poco totalitaria que pueda llegar a ser una persona, se identifica en la elaboración de su discurso, particularmente con el número de comparaciones con que exponga y sustente una idea. Para ese tipo de cosas siempre fui mejor que Walker, que si de algo carecía era de tacto para decir ciertas cosas.

La noche que dejó el país, en la reunión organizada por mi esposa, con motivo de su partida –Jamás pasó por mi mente no volverlo a ver–, nos contó una película de Woody Allen que ninguno de los presentes habíamos visto. Imaginarnos a Allen haciendo las cosas, descritas de manera extraordinaria, que Walker narraba, nos mató de la risa. Carcajadas por todos lados. Sobre todo la parte en donde están tres oficinistas en el baño de caballeros lavándose los dientes, uno de ellos es Woody. La situación era que estaban compitiendo por un mismo puesto. Previamente, los tres habían orinado y era tal la competencia entre ellos, que el que echó la orinada más larga se sintió un triunfador. Pero ahí no quedó la cosa, fueron más allá e inconscientemente los tres empezaron a competir por ver quién sacaba más espuma al cepillarse los dientes. Y ahí estaban los tres casi desangrándose las encías con la boca llena de espuma. En eso entra el jefe al baño y se sintieron tan ridículos. Creo recordar que el puesto no se lo quedó ninguno de ellos, sino una mujer. Pero la crítica de la competencia a través de su ridiculización, fue fantástica por parte de Allen.

Más ridículos nos sentimos los ahí presentes cuando, años después, nos dimos cuenta que todo había sido un invento de Walker, tal película nunca fue filmada por Allen ni por nadie.

Abro el sobre, extraigo la carta y leo: –Juvenal, si lees esto quiere decir que estoy muerto. Amigo, siempre te quise, fuiste en el que más confié…

Se nubla mi vista, impido que una lágrima recorra mi mejilla. Tocan a la puerta; con lentitud la abro.

–¡Caíste, Juvenal! –Me grita un Walker burlón y canoso–.

–¡Maldito canalla, dame un abrazo!

5 comentarios:

Palbo dijo...

Un monje le preguntó a Joshu: "Esta vaca, ¿tiene la naturaleza de Buda?"

Joshu respondió: "¡Mu!"

Victor Castillo dijo...

Palbo:

Bienvenido. Visitaré tus Blogs.

Suerte y abrazos.

Lev Davídovich Bronstein dijo...

Que tal Victor, un gusto nuevamente.
Me alegra tu buena onda y predisposición.
Lamento no poder tu último post, pero estoy preparando un final y no me dal el tiempo.
Saludos y hablamos.

Victor Castillo dijo...

Lev Davídovich Bronstein:

Saludos hasta Argentina. Gracias por tus comentarios. Voy a tu Blog y, la lectura es a su tiempo.

Suerte y abrazos.

El Blues de la Estufa Divina dijo...

Me creí fotógrafo, y apareció Juan Mario Oronoz. Me creí escritor, y apareció Víctor Castillo.

Quiero lanzarme al Sena, pero aquí no hay Sena. Recorro Tamaulipas con una pregunta: ¿Cómo le hace el pinche Víctor para lograr el equilibrio y la armonía en unos cuántos párrafos?