sábado, 5 de septiembre de 2015

En el Mundo de los Vanos

Cuando estuve frente a él, sin espacio, la criatura brincó sobre mí como clavadista, se estrelló con mis brazos y murió. Yo sólo los crucé para defenderme, estaba aterrado porque uno sólo antepone los brazos a la cara como último recurso, cuando todo acto, aterrado o audaz, ha sido inútil.

Todo empezó cuando Casandra me invitó a su hogar, un castillo en ruinas con muchos vanos sin puertas ni ventanas; los muros sin colores. El pasto y las plantas de lo que parecía el patio eran de un verdor tan vívido, que llamó mi atención el fuerte contraste con su casa.

Cuando Casandra habla, más que atender el futuro hay que mirar el pasado, porque los augurios que no sirven para capturar lo que pasará, están dichos o escritos para recuperar lo que pasó.

Me contó dos cosas importantes acerca del agua. Existe el agua öndertänica, que es la que alimenta a la flora y fauna de su mundo; se encuentra bajo la superficie en forma de ríos, lagos y mares. Por otra parte, el agua apõlica, que es la que cae del cielo. Ambos tipos de agua se mezclan una o dos veces cada mil años, sólo para que exista vida en el mundo de los Vanos.

Estábamos bajando por las escaleras de aquella casa gris; ella se detuvo para explicarme que ese día iba a llover, que ocurriría de un momento a otro y que debía ser parte de esa experiencia. Me señaló un cacto de cinco brazos rojos con una flor policromo en cada punta. Estaba como a 20 metros de distancia. Había otro tipo de plantas y flores que nunca había visto.

Mi cara se fue mojando de a poco. Fue muy raro porque no había nubes, únicamente un sol que no quemaba. Voltee al cielo y cerré los ojos para seguir sintiendo el calor y el agua en mi rostro. Me distrajo la voz de Casandra.

–Mira lo que les pasará a las plantas.

Ella ya no estaba conmigo, pero seguía escuchando su voz. Me decía que en el mundo de los Vanos no se debían decir cosas en las que no se creyera, que por eso sólo existían 1 mil 512 palabras útiles. Me dijo que abriera los ojos.

Observé cómo la lluvia mojaba el pasto, las plantas y las flores. Empezaron a transformarse; perdieron su color hasta adquirir un tono opaco, oscuro. Fue una mutación paulatina, en la que pronto flores y plantas adquirieron formas de cabeza con ojos saltones y negros con teces escamosas. Eran rostros que experimentaban dolor, puesto que temblaban y gesticulaban; parecía que buscaban la luz y la lluvia.

Repentinamente, ya no había flores ni plantas ni cacto, sino miles de criaturas que me parecieron monstruosas, viles y repugnantes. Voltee a la casa y vi por los muchos vanos, que en el patio trasero, había una fiesta, un gran baile de miles de personas; inmenso ese festival. Quise avisarles lo que estaba pasando, pero me pareció inútil; estaban demasiado lejos.

Giré la cabeza para ver a las criaturas que empezaron a correr con desesperación en mi dirección. Corrí hacia la casa, que ya era un laberinto, para ocultarme. Vi a una niña que estaba jugando y la tome de la mano y me la llevé para esconderla y salvarla de las criaturas. Ella parecía divertirse, pero la metí en un baúl que encontré. Yo me escondí tras una alacena, estaba espantado.

Con terror vi cómo una criatura abrió el baúl y se lanzó sobre ella. Salí corriendo de ahí, pero alcancé a ver de reojo que la niña se retorcía o temblaba en el fondo del cofre; la criatura había desaparecido y asumí que se había metido en ella.

Corrí mucho por habitaciones ignotas creyendo encontrar atajos. Me sabía perseguido y tiraba cosas sin motivo. Estaba asustado y me escondí bajo una mesa grande. Volví a escuchar a Casandra.

–Mientras te escondes espantado, los trãnsderëgos están entrando en los habitantes de este mundo. No los volveremos a ver, no habrá despedidas ni música para ellos; no harán sus maletas ni voltearán para decir adiós; nadie les tomará una foto para recordarlos en conmemoraciones o cumpleaños; no habrá postales que celebren la fortuna o la desgracia que está ocurriendo, mientras tú estás en cuclillas.

En mi mundo –le dije abyecto a Casandra–, que es afecto a la nostalgia y al éxito, la felicidad hija del pasado y la esperanza, del futuro, son conjuros contra el cambio porque, como recién dijiste, no creemos en lo que decimos, ni siquiera hemos llegado a la idea de creer en lo que haremos o pudimos hacer y, así, nos pensamos a salvo con lo que hacemos, aunque no creamos en ello.

Me erguí despojándome del miedo y con valor encaré al trãnsderëgo que me buscaba. Lo miré; no sé si él me miró porque sus ojos negros no dejaban entenderlo. Estaba como a cinco metros y se echó a correr hacia mí, como si ego fuera su destino; hice lo mismo. Fue como si la vida y la muerte tensaran una cuerda entre los dos. Él y ego fuimos dos nudos bien apretados deslizándose sobre una cuerda imaginaria.

Antes de colisionar, crucé mis brazos y el trãnsderëgo se estrelló y cayó muerto. Me sentí a salvo. Grité con todas mis fuerzas la fórmula para salvar a los habitantes de ese mundo. Al mirar el traspatio, miles de personas estaban en el suelo revolcándose como aquella niña.

–Vas a estar solo hasta que entiendas –dijo Casandra, resignada–, es decir, hasta que sepas y sientas que el miedo y el valor son las formas más sofisticadas del rechazo. Ve a tu mundo, sé ambicioso, asústate; ama y reprodúcete sobre tinta y papel; sangra y enférmate para curarte. En el mundo de los Vanos no sabemos vivir así. Me largué.

Se estima que hay cerca de 200 mil palabras en el idioma que hablo y escribo, supongamos que por los sinónimos se reducen a la mitad y con significado distinto; asumamos que entre pronombres, artículos, adverbios y adjetivos, las palabras significantes son 90 mil; no creo haber pronunciado o escrito más de dos mil. De todas las palabras que he usado, con febrilidad he de creer sólo en 100.


Hace dos décadas que estuve en el mundo de los Vanos; tengo 61 años y no hay noche austral, puerta estelar ni millones de terabytes, que me regresen a ese mundo que ya quiero olvidar.

2 comentarios:

Bugalú Peniche dijo...

¡Hermosa pieza! Tengo una duda de índole editorial. El primer párrafo donde habla Casandra, ¿no debería terminar en la primera oración? Así:

–Mira lo que les pasará a las plantas.

Ella ya no estaba conmigo, pero seguía escuchando su voz. Me decía que en el mundo de los Vanos no se debían decir cosas en las que no se creyera, que por eso sólo existían 1 mil 512 palabras útiles. Me dijo que abriera los ojos.

Victor Castillo dijo...

Muy acertada tu sugerencia, Agus; incluso realza la importancia de lo que a continuación verá el narrador... Y me late que te haya gustado el texto... Saludos.