domingo, 21 de marzo de 2010

MIÑOL Y LA REALIZACIÓN DE LA CONTINUIDAD

I
«Eso es, la continuidad como una expectativa y no, una justificación del pasado; como un tramo de esperanza y no, de melancolía; como un recurso ante la muerte y no, ante el hubiera-sido».

Esta forma del solipsismo habitaba los pensamientos de Prat, Plutarco Prat. Hombre de 52 años. Periodista que colaboraba regularmente en un diario de izquierda. No era muy dado a ese tipo de pensamientos, pero solía tenerlos en momentos de gran tensión.

Su hijo, Alfredo, recién le había comunicado que iba a casarse dentro de tres meses. Para Prat, la noticia no significaba sorpresa alguna; lo que lo tenía a punto de enroque era el nombre de Magnolia; más que su nombre, sus significados, sus consecuencias.

14 años sin verla, sin saber nada de ella, salvo los datos y señas que Alfredo continuamente le daba: se fue de viaje, está enferma, cocinó tal cosa en Navidad. Saber de ella mediante la lejanía era algo similar a escribir en el diario que el mundo estaba peor, es decir, seguiría viviendo con dos o tres cargos de conciencia y nada más. Pero saber que la vería de nuevo, eso sí cambiaba las cosas.

«La realización de la continuidad. ¿Por qué nos cuesta trabajo aceptar que el capitalismo ha fracasado? Cuando ocurrió con el socialismo, bastó con difundir la sentencia y ese sistema ya estaba enlatado. Claro, nosotros estamos de este lado del telón de acero. ¿La realización del capital es la ganancia y/o garantizar su proceso en el mediano y largo plazos?».

«Por principio de cuentas el socialismo y este tipo de corrientes de pensamiento, fueron una respuesta teórica al capitalismo, con algunas experiencias europeas. Éste, en cambio, fue o ha sido parte del devenir histórico. Las fuerzas sociales, las relaciones de producción y las distintas integraciones de los regímenes políticos, han desembocado, primero en el mercantilismo y después en esto que llamamos capitalismo».

«Nada nuevo, sólo que los sistemas de producción crean y se recrean con la cultura; pequeño detalle que no consideraron o que subestimaron los teóricos del socialismo: ¿Cómo instaurar un sistema económico que no guarda armonía con la cultura de sus propulsores? En otras palabras: ¿Cómo pretender que individuos formados al amparo de instituciones como la propiedad privada, la competencia y el usufructo, se adapten, de buenas a primeras, a un sistema económico que se funda en la igualdad de recursos, competencias, oportunidades?».

–¡Però quines merdes estic pensant! –Gritó mientras súbitamente se levantaba del asiento–.

Raras ocasiones a Plutarco se le salían las palabras que de niño le escuchaba a su padre, inmigrante que llegó a México a finales de la década de los años treinta. Prat estaba ofuscado porque en su vida sólo había conocido a una persona capaz de hacerle perder los estribos en un pestañear: Magnolia. Después de tantos años, otra vez lo provocaba desde ese lugar indefinido que por comodidad llamamos distancia.

Ya no podía dejar de pensar en ella, en que la vería de nuevo, a pesar del empeño por escribir algo para el diario. El asunto que más lo distraía era el aspecto. ¿Ella, cómo luciría ahora, después de tantos años; qué impresión tendría ella de él? Prat se acercó al espejo y se miró de frente y perfil; sumió su discreta panza e inflamó su pechó con un profundo respiro. Fue hacia el minibar por un whiskey.

«–Hey, Miñol, baja y ven que te escribí algo.
–No, dime un catalán y voy –Dijo ella con tono retador–.
Manoteando con la diestra y sin dejar de mirarla, Plutarco la instruía –¡Pero, ostia, Magnolia, ya te he dicho que es mi padre quien nació en Cataluña, no yo!–
–Me da igual, si no me dices algo en catalán, me meto a la casa–.
–Farem l'amor aquesta nit–.
–Ay, Plutarco, lo dices tan bonito; bueno, nos vemos mañana–.
–Espera Miñol, espera. Te escribí un poema; baja para que te lo recite al oído. Voltéate, y pega tu espalda a mi pecho.
–Oye, pero ese no es tu pecho ni esas mi espalda –Alcanzó a susurrar con malicia–.

–Calla y cierra los ojos–:

Vendré a buscarte, no para decirte sino para ser nocturno timonel
en tu clara barcaza de huesos y piel
que son mi patria y ya no Castelldefels.
Vendré a tus manantiales a experimentar esa maculada turgencia
llénarme de ti, y disipar mi ausencia
con los murmullos nocturnos: concupiscencia.
Esta noche haré de tu espalda el arco extraviado de mi Cupido
dejaré en tu vientre fermentar mis retiros
hasta entregarme a actos ya sin sentido.
Esta noche ocultará nuestra ópera prima, en un arranque de celos
porque lo que tú y yo daremos en un desvelo
a ella le costó la luz del Big bang, su estreno.

–ens veiem en la nit, Miñol
–¿Qué cosa, amor?
–Que nos vemos en la noche–».

Al terminar de evocar esa parte de su pasado, le dio un último trago a su whiskey; se sirvió otro. Recordó que esa noche Magnolia quedó preñada; se acordó de lo nerviosos que estaban los dos en la habitación. También, que prolongó demasiado el cachondeo, pero no por pericia sino por retardar el momento de la desnudez; su primera vez.

Plutarco se sirvió otro whiskey, mientras con la mirada repasaba y buscaba un libro en el anaquel. Creyó ubicar lo que buscaba; se acercó y extrajo un volumen de pasta dura y negra. Era un libro de poemas. Se dio vuelta y se fue a sentar al sofá.

«En realidad no quería casarme con Miñol; estaba enamorado de ella, pero no quería casarme. En aquel entonces empezaba a creer que eso del matrimonio era una intromisión del Estado en la vida privada. Una forma de legalizar la apropiación de una persona, misma que justificaba y predisponía a los involucrados a la competencia: por una casa, por un auto, qué se yo; todo ello redituaría (el usufructo) en un estatus social».

«Pensaba en el paralelismo entre el matrimonio y el capitalismo. Empecé a dedicarle más tiempo a esas reflexiones que a Miñol. El hecho de que nuestros padres nos obligaran a casarnos, no afectó nuestro amor, pero tampoco lo fomentó. Creo que siguió existiendo, pero a la deriva; no sabíamos querernos como marido y mujer, seguíamos siendo un par de novios encerrados en una rutina matrimonial que nos ahogaba. Poco a poco el deseo fue cediendo terreno a la ternura que me empezó a despertar la maternidad de Miñol, sus pies hinchados, sus nauseas, sus antojos; su vientre redondo y liso. Alfredito y sus pataditas».

«Todo se fue al diablo aquélla tarde».

«–¡No mames cabrón, ¿qué no te pudiste aguantar?! ¿No te pudiste aguantar?… ¿Por qué tenía que ser una de las vecinas? ¿No te pudiste meter con alguien que no fuera de por acá? O sea ¿quieres que cuando la gente nos vea juntos, diga: “ahí va la pendeja de Magnolia con su maridito que se anda cogiendo a su vecina”? ¡Qué poca madre!… –Magnolia le reclamaba con lágrimas de rabia y parecía no saber si huir o golpear a Plutarco–».

«Plutarco sabía qué decir, pero no qué hacer; estaba pasmado por la reacción de Magnolia –Espera, Miñol… vamos a hablarlo, no te vayas… No, no… no, espera. No vayas a aventarme ese libro, es de mi padre, es su favorito… ¡No!».

Plutarco estaba sonriendo y, sin percatarse, con los dedos frotaba la cicatriz en su frente; la mirada enfocaba el duro lomo del libro de pasta negra, cuyo borde estaba hundido; clara marca de un viejo golpe. Seguía sonriendo con malicia.

II
–¿Papá, ya estás listo? ¿Por qué te miras tanto en el espejo, si yo soy el que se casa?–.

–No, por nada. ¿Cómo estás tú, hijo; estás listo para dar este paso? ¿No tienes ganas de escaparte, salir huyendo? Yo te cubro –se carcajeaba un rimbombante Plutarco–.

–Papá… estoy enamorado–.

Plutarco vio en la mirada de su hijo, aquélla que nunca pudo brindarle a su padre. Sintió ganas de llorar y lo abrazó hermosamente.

De pronto, Prat estaba sumamente nervioso, pero otra vez no por la boda; a lo lejos recién había escuchado la carcajada de Magnolia; inconfundible. Otra vez esa tensión, que no se parecía a la de los momentos previos a la primera cita con la chica que le gusta a uno. No. Era más una angustia que parecía no tener fondo, un sitio del cual no podía reconocer algún rasgo para intentar controlarse. Estaba más nervioso que su hijo.

La boda fue como todas las bodas; el vals, como todos los valses; los invitados, como todos los invitados.

En algún momento de la fiesta, mientras los novios se despedían, las miradas de Magnolia y Plutarco se encontraron. No fue cuando bailaron con los novios, aunque todo indicaba que así sería porque justo cuando Plutarco bailaba con Karina, Alfredo lo hacía con Magnolia. Durante el resto de la tertulia, se estuvieron buscando esquivamente para evitarse con eficacia. Para después de media noche y muchos tragos de whiskey, ya era insostenible esa actitud.

Plutarco, de un sorbo vació su baso; se levantó y se dirigió hacia donde estaba sentada Magnolia, quien no le quitó la mirada durante ese trayecto. ¿Qué ocurre en la mente de dos personas que alguna vez juraron compartir sus vidas hasta hacerse viejitos? No lo sé, pero por la forma en que se miraron, supe que no lo alcanzaría a sentir esa noche; acaso lo entendería.

En un instante el mundo se tornó en una vereda imaginaria que los pies de Plutarco inventaban a cada paso; un sendero que la complicidad de Magnolia, ayudaba a convertir en una alfombra de flores en las cuales el polen de la angustia fue esparcido por el rubor de una juventud yellowstoniana.

–Llevas nueve segundos parado. ¿Vas a sacarme a bailar? –Magnolia se mostró segura, pero se portaba así o se quedaba callada frente a Plutarco–.

–Et veus molt bonica aquesta nit –Le dijo Plutarco al extenderle la mano para sacarla a bailar–.

La ansiedad o la angustia de los enamorados, da paso inmediato a las expresiones amorosas; Magnolia y Plutarco ya no estaban enamorados, ni siquiera se seguían amando. Cuando uno recurre a la descripción para expresar algo, significa que se trata de situaciones o cosas poco comunes, excepciones de la vida. Ellos dos al bailar eran el tacón en el danzón; el movimiento de cadera en la cumbia; el contratiempo corporal en el tango. Pero también elaboraban algo más importante: la realización de su continuidad.

–¿No me has perdonado, verdad Plutarco? –Le dijo sin querer mirarlo, distraída por un camarero–.

–No tengo nada que perdonarte, no hiciste nada que yo no te hubiera hecho– Él fue seco; no perdió el paso, aunque eso sintió.

–Plutarco, ambos sabemos que no fue tan fácil… Para mí no lo fue. Yo te perdoné lo de la vecina. No supe bien en qué momento–.

–Fue mucho tiempo después, Miñol, cuando ya eras otra vez feliz con…–.

–No lo sé, no… Bueno, Plutarco, lo que creo es que tú nunca me perdonaste, pero fue distinto, yo no te engañé…–.

–No, no se trataba de engañar o no, Miñol; hay situaciones en que la omisión hiere más que el engaño. Porque éste de alguna manera te permite pensar o reaccionar; la omisión te mantiene en la pasividad, en no saber que estás perdiendo al amor de tu vida, en ni siquiera estar enterado que esa mujer empieza a mirar a otro hombre–.

–Pero ya estábamos separados, Plutarco; además, tú dejaste de buscarme; yo pensé que ya no me querías –Asegurar que en sus palabras había un tono de arrepentimiento sería incorrecto, pero sí permeaba un ligero tufo de nostalgia–.

–No, mujer, no… No tiene caso hablar de esto después de tantos años, después de todo lo que ha pasado. Mejor disfrutemos esta pieza.

–No, Plutarco, para mí sí es importante. Porque siento que también he sido injusta contigo. Yo te perdoné lo de la vecina porque sabía que no iría más allá, porque sabía y sentía que me amabas. Yo mucho tiempo te exigí, sin decírtelo, que me entendieras, no que me disculparas. Yo encontré la felicidad con Julián y creo que eso cambió mucho las cosas… No fui justa contigo. Aunque no me gusta la idea, ni como suena, pero es la verdad: no me has perdonado porque fui feliz lejos de ti.

–Sentirte mal después de tanto tiempo, no Miñol. Así es la vida, después de tantos años he aprendido que de nada vale ese dicho: “al que le toca le toca”. Menos en estas cuestiones. En el amor hay que pelear, llorar, decir, sobre todo decir. Muchos años sentí rabia, no sé si contra ti o contra Julián o contra los dos, porque lo que él hizo, también fue una traición…–.

–No hablemos más de él, Plutarco. Murió hace tiempo –La tomó de la cintura y siguieron bailando–.

–Sabes Miñol, me gustaban los tiempos cuando decías “él” y te referías a mí–.

Por primera vez sonrieron juntos, sin verse las caras; una de esas sonrisas que no resuelven nada, pero que suelen menguar soledades y salvar distancias; una de esas sonrisas que se sienten en el hombro, sobre la espalda y que también es otra manera de realizar la continuidad.

3 comentarios:

Agus dijo...

Carajo, Víctor, qué texto más hermoso. Aprovecho para una pregunta: ¿Tres años de Carta Abierta? Siento que he entrado a esta casa de maravillas desde niño.

Un abrazo.

Victor Castillo dijo...

Gracias. Tres añotes, Agus. Justo hoy, 22 de marzo de 2010.

Bueno, no es el mejor tiempo, pues es cuando más tiempo le dedico a la tesis. Pero espero que pronto, vaya ocupando más terreno escribir cuentos y relatos. Mejorar y depurar la técnica, y muchas cosas más.

Salud.

PAULINA CARLDERON dijo...

bRAVO!!