domingo, 5 de abril de 2009

¿En Verdad te Enamoraste?: 1999, 2004, 2009...

Pinturas: Que tu vida esté llena / Martha Barrachina Morán, Mujer bella encerrada / Olga del Carmen Agote, Tamaño natural / Lidia Susana Kalibatas y Desde mi ventana / Gildardo Zambrano Pantoja.
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Yo creí que le hablaba del pasado, pero en realidad le platicaba del futuro. Cuando uno se pierde en el presente es común que eso ocurra y muy raro que uno lo entienda… Yo creí que le hablaba de mí, pero en realidad le platicaba de ella. Cuando uno se descuida es común que eso ocurra y muy raro que uno lo entienda…


1999

–El dueño es un español al que le encanta el rock, particularmente Joaquín Sabina –Él le decía mientras le acariciaba la mejilla–.

–¿Y por qué el Loco afán, de dónde sacó el nombre de este sitio?

–Dice que los universitarios estamos locos, que él era un niño en el 68; su hermano le platicó del Cordobazo del 69 en Argentina, pero que definitivamente los universitarios estamos locos–.

–Y algo de razón debe tener, mira que liarme contigo que podría ser tu madre.

–¿Por qué, digo yo, te importa tanto la edad?; con la barba no luzco de 24 sino de 30, tú me lo has dicho.

–No es lo mismo, yo sé que tienes 24; igual tú…

–Pero eso no te ha importado en las aulas vacías de Facultad, ¿recuerdas? –Ahora él le acariciaba el anular–.

–Tú no me amas, sólo quieres curarme la soledad. No sabes…

–Sabes que no es verdad, por lo menos esa versión está incompleta. El carbón que deja el deseo también provoca calor.

–No es que me moleste, al contrario, me siento muy alagada… y sí, tal vez enamorada; no lo sé. No sabes lo que se siente que alguien mucho menor que una, nos mire de la forma en que lo haces tú. Me miras y me mojas, corazón. Pero también me emociono y quiero que terminen las asesorías para poder verte y besarte, y no dejarte que me agarres de la mano y verte ansioso, casi angustiado por llevarme a una de esas aulas vacías del segundo piso. Lo sé, pero no puedo evitar sentir… sentirme un poco ridícula por andar con alguien menor…

–Sí, te pones nerviosa, y alguna parte de ti quiere largarse, y eso me excita más. Casi termino por arrastrarte a esas aulas, y lo haces más fácil con esas faldas que te pones. Ahora con lo de la huelga, será en tu depa o en algún hotel.


2004

–¿Cómo vas con lo de tu madre, seguido la sigues soñando?

–Ya no tanto como los primeros meses, pero ¿recuerdas lo de los sueños?; los sigo teniendo. ¿Por qué puedo ver lo que va a pasar con tanta antelación?

–Eso es una paranoia tuya, no le hagas caso.

–¿Me quisiste alguna vez; por qué me sigues buscando?

–Te amé con locura, si a eso es a lo que te refieres. Pero algo me decía que no terminaríamos juntos. Sí, fue amor… Al principio, únicamente te buscaba por soledad, pero luego me enamoré de ti como una escolar. A mi corazón entraste por la puerta de atrás, es decir, por el sexo; pero cuando me escribiste ese poema me despertaste una ternura que no había sentido desde que Ovidio me pidió matrimonio.

–Y luego tus locuras, me dije: Marlene, este chico está más loco que Kafka… Sí, esas locuras que me pedías que te dijera. Lo que pasa es que… ¿Por qué te gustaba asociar el dolor con el amor? El amor, debes entender, es para vivir y no para encerrarse a escribir o inventar historias dolorosas. Esas cosas déjaselas a los cineastas italianos, franceses y alemanes, ¿qué se yo?

–Fuiste esposo, divorciado, amante. No te pude dar ni enseñar más. Lo que tú querías vivir conmigo, yo ya lo había pasado con Ovidio; sólo me limité a enseñarte y a complacerte algunas veces. Pero ahora que casi siempre somos amigos, debes buscar lo que conmigo no tuviste: una novia. Ni siquiera te dejé ponerte nervioso, sentir esas mariposas en el estómago, ilusionarte. Sólo te pesqué del sexo aquella tarde y todo fue automático y maravilloso, pero no has sentido ese devaneo que es el enamoramiento.

–Ahora que de vez en cuando somos amigos, me encantaría que fueras por la calle abrazando a una chica de tu edad. Que ella te tomara de la mano, caminando juntos bajo una llovizna. Que la hicieras reír, que la estuvieras enamorando y que tú, en especial tú, te sintieras enamorado.

–Sí, Marlene…pero eso ya lo he vivido en estos años que casi no nos vemos…

–No, no mientas, te conozco, si alguien te conoce, soy yo. Ni Lorena, Claudia, Aurora, Elizabeth, y las que ni me acuerdo; de ninguna te enamoraste. Chico, me sigues buscando y te veo que vienes a contarme, como si vinieras a presumirme que has crecido y madurado, pero sigues con esa mirada triste que escondes haciéndote el chistoso, que escondes siendo un buen amante, pero no te he visto enamorado como aquella vez en el Loco afán, en el 99, ¿recuerdas?

–Pero Marlene, ¿por qué me dices todo esto después de coger? Antes de ello, siempre hablas de ti, de lo infeliz que eres, que no encuentras a nadie como yo, que no sé qué tantas cosas, como si quisieras que siguiéramos juntos. Y después de hacerlo, me sales con todo este sermón. ¿Por qué?

–Vamos, corazón, somos demasiado inteligentes como para volver a intentarlo y demasiado sensibles como para alejarnos totalmente. Estamos solos, pero mi soledad proviene del dolor que me dejó Ovidio; la tuya, de no encontrar el verdadero amor. La de veces que el año pasado quise ir de la mano contigo cuando caminaba por la Alameda Central, platicar de los libros que había leído. Había veces que me sentía estúpida por la pena que me daba andar con alguien menor. Pero esa es mi vida, son mis prejuicios, no los tuyos; no los reproduzcas.

–En cierta forma tienes razón, en todas esas mujeres te busqué. No fui sincero, pero tampoco me amaron…

–El amor se nota, chico. El amor es como lo que hacías hace años. Te gastabas el dinero que no tenías para comprarme un helado, en llevarme al hotel más caro, al cine; llevarme en taxi. La forma en que me mirabas. Esa mirada que sólo era posible tener cuando dejabas todo por ir a verme, aunque fuera un ratito. ¿Recuerdas que ibas por mí al trabajo sólo para acompañarme a mi casa y luego te ibas con esa sonrisa?

–El amor, los actos del amor, corazón, se notan a la primera. Dar es dar, como dijo Páez, ¿no es cierto? Tú me lo enseñaste.

–Tú amas con tus escritos y tu tiempo, pero eso no es todo, corazón; debes amar con la piel, con las manos, con el sexo. Tal y como lo hacías conmigo. Ahora, lo que me cuentas que has vivido, me parece un reporte del tiempo, un informe militar; un conjunto de instrucciones llevadas a cabo con disciplina, como si nunca te equivocaras… pero el amor es equivocarse y acertar, sentir que el error y el acierto te confunden. ¡Carajo, corazón!, si pudieras expresarle tu amor a una chica con la misma facilidad con la que escribes, serías feliz. Muchas veces me da por creer que tu vida es el dictado de los libros que lees y los discos que escuchas… ¿por qué no te atreves a vivir?

–Te pareces a una amiga, Marlene, consejos, consejos… mejor ven para acá.


2009

–¿En verdad te enamoraste? ¿Cuándo lo conociste?

–¡Hace un año, chico, y estoy que no quepo! Eres al primero que quise contárselo.

–Dos cervezas por favor… Una Negra y una Indio michelada, gracias.

–¿Y quién es ese gil que te complace ahora?

–No, no me hables como argentino, ¿en qué momento te salió esa manía? –No lo creerás, tiene tu edad; no es pretencioso y me ama como solías hacerlo tú… Sí, como una niña me siento, su mirada, sus ganas de verme, sus escapatorias del trabajo para llevarme flores.

–Creo que me buscaste en otro hombre, Marlene, pero está suave, en verdad...

–No te pongas tan psicoanalista, chico. Lo cierto es que muchos de esos prejuicios que me impidieron ser tu novia en la época de la huelga, los perdí, los perdí me curé de ellos... simlemente me enamoré. Pensé que después de ti ya no me iba a pasar y es increíble. Ojalá tú sintieras lo que yo, para escribirlo, con lo bien que te sale ahora…

–¿Pero cómo se llama ese gil que te complace?; no me lo has dicho.

–Octavio, se llama Octavio… Octavio… –Y ella ponía esa cara que delata todo eso que vinimos a buscar a esta vida–. Octavio el de las flores, el de las escapatorias del trabajo, el que me mira con esas ganas que me dan ganas. Octavio, Octavio… Nunca me imaginé estar con un Octavio… Después de Ovidio y de ti, un hombre, enamorada de un nombre: Octavio.

–Dale, rajá un poco piba… ya lo mencionaste ocho veces, la raíz etimológica de su nombre…

–Cállate, chico intelectual, me vale madre la etimología de su nombre; lo amo.

–Sí, se te nota a leguas y la verdad me siento muy bien por vos. Ahora has encontrado todo eso que perdimos hace años, la ternura, el amor; lo nuestro se convirtió en una relación muy carnal, muy amorosa, pero sólo carnal; teníamos intenciones distintas en la vida, pero ahí lo tienes… encontraste eso que buscabas. No importa si dura o no, sino que lo vivas.

–¿Sigues escribiendo en tu página esa de Internet?

–Sí,… veo que ni la consultas.

–Dime chico, ¿sigues buscando? Tú eres el hombre que busca, pero ¿has encontrado? ¿Qué hay de aquella chica, Lucía?

–No… sí,... no sé…

–¿Eres correspondido? ¿Qué te dijo?, hace meses que...

–Te digo en el camino; te acompaño a tu coche. Hey,... la cuenta, por favor.

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