miércoles, 25 de febrero de 2009

Caminhando sobre o seu Rosto (Primera Versión)

(Mis ojos como naves espaciales te miraron y entraron en los tuyos: pórtico que conduce al infinito de tu mirada, la que quiero cursar para surcar la eternidad de tu piel)

Esa tarde, lo que le dije y lo que pensé, se mezclaron como ese Cubo mágico que jamás logré rearmar después de nuevo. Uno suele no decir todo porque se le olvidan cosas, detalles. Porque si dijéramos todo sería bastante aburrido, porque los malos entendidos cuando no son cultivados por la obsesión, proveen de un misterio leguminoso a los días que están por venir.

Ella demoraba y el tiempo se estiraba para no impacientarme; cuando la vi a lo lejos, ¡oh!, Lucía, pensé: Eu estou feliz porque eu também sou da sua companhia.

Cuando la abracé pensé: ¿Cuántos hombres han logrado entrar al corazón de una mujer y no se dieron cuenta? Porque ese corazón no tiene fronteras convencionales, sino ríos que rayan la mar para definir su momento y jamás su espacio.

Durante ese abrazo –si Einstein tiene razón– pudieron haberse desarrollado miles de civilizaciones en algunos lugares del Cosmos, y en algún otro, un infante se llevaría el dedo a la boca. Pero en este sitio al sur de la ciudad sólo un abrazo se dio.

Ella me contó que había llorado y únicamente alcancé a imaginar cómo sus lágrimas vejaron sus pecosas mejillas, cómo algunas de esas lágrimas fueron acorraladas por sus tercas pestañas intranquilas. Entonces recapacité en las pecas, unas pecas… ¿Qué diablos es una peca, qué diantres tiene que hacer cerca de esta mesa el melanocortin-1 MC1R?; hasta tiene nombre de nave espacial o de software de última generación.

Y ahí estábamos juntos, en medio de la ciudad, la misma que nos distanció y nos quería tragar con un halo silente de incapacidad, porque de incapacidad también se muere el amor. No sólo el amor que se suda y nos extasía, también el amor redondo que ayudan a conformar Philia y Ágape. Ese amor que los machitos solemos equiparar con el desamor desgraciado, y por ahí nos vamos como desahuciados a emborracharnos, incapaces de reconocer que la mayoría de las mujeres viven vírgenes en el corazón: himen del alma.

Entonces ella soltó una carcajada chiquita y pensé, ¡oh!, Lucía: Menina do anel de lua e estrela, sorrir raios de sol no céu da cidade.

Al darle un sorbo a la naranjada vi, entre su labio inferior y su mandíbula, una línea involuntaria, un capricho de su identidad corpórea, rasgo que ya reconocía, pero entonces yo estaba jugando a redescubrirla, así como leer por segunda vez el capítulo del libro que la noche anterior te quitó el sueño; así, como confundir el insomnio con la impronta amorosa de dejarse caer en la cafetería de la vieja Gandhi.

Una mujer como ella construye sus muros con mis preguntas y mis respuestas, aunque no se las haya hecho ni contestado. –Es la única manera que hallé para convertirme en los adoquines de su morada–, pensé.

Fue cuando me quedé colgado de sus pendientes de ¿plata u oro blanco?; no sé, pero ahí estaba yo agarrado a su zarcillo derecho como si de mis manos dependiera no caer en el vacío. Ser sorprendido así en medio de una charla Desiderátum es sabroso porque le da a uno la oportunidad de inventar una historia que empieza así: No, en verdad que estoy atento a lo que me dices, entendiendo perfectamente el punto. –Y es verdad, entiendo todo y no creo nada para fomentar la chispa que encuentro en sus ojos cada vez que me habla–.

Y nos largamos de ahí y fuimos allá y luego a otro allá, aunque a cuyá, no pudimos ir. Y fue como el momento justo cuando el escritor toma la pluma y la dirige hacia el papel, ese momento en que no pasa nada y puede pasar todo, porque en ese trayecto se esconden todas las posibilidades que no ocurrieron, menos una: Porque ahí se coleccionan todas las palabras que no dijiste, todos los actos que no cometiste, todas las indiscreciones que te salvaron, todos los recuerdos que olvidaste, todos los cuentos que no escribiste y: todas as formas de dizer que você está.

Al final, un abrazo que con su dilatado kilómetro cero, fue como salvar a la ciudad de tanta desgracia.

10 comentarios:

zafreth dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
zafreth dijo...

Boring, boring, boring

No sientes que te empiezas a repetir???

En fin...

Victor Castillo dijo...

Rata albondiguera:

Tienes que ser más preciso, mano. Según ibas a hacer una crítica aguda y profunda, y sólo te alcanzó para poner un par de líneas difusas... y a parte ni saludas ni te despides.

Saludos.

El Blues de la Estufa Divina dijo...

Al margen de la admirable, permisiva y enternecedora amistad entre Víctor y José Alberto, imagino a este último en la siguiente escena:

En busca de algo, Zafreth abre el refrigerador. Mientras encuentra ese algo que busca, toma un jitomate y lo muerde. De pronto, mientras mastica, mira el jitomate, alza la mirada, la deja en el techo, frunce el rostro y pregunta: ¿No sientes que te empiezas a repetir?

Anónimo dijo...

busco una rata

zafreth dijo...

hola

zafreth dijo...

hola

Anónimo dijo...
Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.
Victor Castillo dijo...

Así es Agus, el Dr. Zafreth alias la "rata de Cuitláhuac" y tu servilleta, nos traemos una hermandad desde hace años.

Tan ese así, que a él fue al que apodé Coltrane, y de ahí pal real creamos una onda así medio "charolastra como en la peli "Y tu mamá también" (nada más que en la vida real y sin llegar a los besos como el Gael y el Diego, je).

Pero bueno, con todo y sus innumerables defectos, en la familia queremos a la rata mayor (más bien canguro).

Yo me lo imaginaría abriendo el refrigerador, y destapando una caguama Sol brava, diciendo: -Quiero más.
Suerte y abrazos.

zafreth dijo...

Jajajaja muy bueno pero te faltó algo:

"Entonces despues de pensar en la inmortalidad del jitomate, Zafreth salió de la cocina, fijo la vista en una foto de Victor Coltrane y el Blues de la Estufa Divina, tomo vuelo y lanzó el jitomate por los aires hasta dar un tiro certero en esa fotografia".