Continuaron hablando por largo rato; revisaron algunos detalles del expediente Urzeta, ataron algunos cabos y establecieron que debían contar con un poco de más información respecto a Mariano y lo que sentía por su hermano, aclarar bien cuál y cómo era su realción en la actualidad.
sábado, 24 de septiembre de 2011
Planeación Laboral
Continuaron hablando por largo rato; revisaron algunos detalles del expediente Urzeta, ataron algunos cabos y establecieron que debían contar con un poco de más información respecto a Mariano y lo que sentía por su hermano, aclarar bien cuál y cómo era su realción en la actualidad.
domingo, 26 de junio de 2011
Noel Salamanca y Margarita Pruit
domingo, 22 de mayo de 2011
La Vasija de Talavera
Al cabo de una semana, Daniel creía trabajar sobre una idea para un texto, pero durante esos días no logró plasmarla sobre el papel. Se empezó a sentir frustrado y no supo qué hacer con esa sensación, como si ésta fuera un dique y no un resorte.
Por su parte, Olvera Prado no había dejado de sentir que lo último dicho a Daniel, era más una autocrítica que un ejercicio de la instrucción. Se acercaba el décimo aniversario luctuoso de su padre y aún tenía las cenizas en la vasija de Talavera. No sabía qué hacer con ellas porque uno nunca sabe qué hacer con lo que no conoce, y él no lo conoció bien, o esa impresión tuvo desde que falleció. Creía que tener visible la vasija lo ayudaría a entender todas esas cosas que ya no podría recuperar de él.
Daniel tocó el timbre; Olvera Prado tomó el interfono y le abrió la puerta.
–¿Qué pasó, Daniel, ya terminaste ese cuento?
–No, no sé si será un cuento o qué. Las etiquetas las ponen los lectores y los críticos. Usted mismo me ha dicho que escribir es como cocinar con olla de presión, sólo en los últimos minutos las cosas adquieren su otra naturaleza, al cabo de la transformación; este proceso es abrupto nunca paulatino. Caro, casi invisible a los ojos, pero dócil al alma y al olfato…
–A esto me refería la semana pasada cuando te dije que eras desidioso y distraído. Yo nunca he hecho el símil entre escribir y cocinar; ¡me caga la cocina!
–Bueno, profesor, fue una forma de apoyar lo que iba a decir, a veces pongo mis palabras en boca de otros…
–¡No Daniel, no! Ese es tu problema; uno de ellos –Olvera Prado lo interrumpió–. Hay cosas que dices que serían realmente valiosas para tus textos, pero no te das cuenta cuando las expresas; es como si no te escucharas y te obligarás a no distinguirte –Olvera Prado se incorporó sobre el sofá y mostraba cierto desespero, también intuía que sus palabras tardarían días o meses en fermentarse en la mente de Daniel–. El riesgo que corres es que el anonimato de tu voz y tus palabras se te haga costumbre.
–¿Acaso no crees lo que dices? No sé si creas en lo que escribes, pero me da la impresión que no le das crédito a tus propias palabras. Aparentas buscar mi aprobación o la de alguien más. La aprobación déjala en casa para tus padres o en tu escuela.
–¿Y lo de guevón y malagradecido, por qué me lo dijo? –Preguntó Daniel burlonamente.
–Eso fue por puro coraje…
Daniel lo miraba, como tantas veces cuando aprendía algo nuevo, pero era lo suficientemente soberbio para no aceptar públicamente una enseñanza valiosa y se limitó a convalidar lo dicho por su maestro, como si supiera perfectamente de lo que éste le hablaba.
–¿Venga, qué es lo que me traes?
–La idea ya la conoce. El protagonista es un detective privado, Noel Salamanca, 45 años; es un economista fracasado y orillado, por el alto desempleo, a tomar un curso en la Policía Judicial del Distrito Federal. Posteriormente es expulsado por corrupto y termina como investigador privado…
–Pero la literatura ya tiene agentes, desde Sherlock Holmes hasta Belascoarán Shayne, por mencionar sólo dos…
–Si nos ponemos en ese plan, ¿para qué seguir escribiendo, si los temas siguen siendo los mismos? A diferencia de ellos –Continuó Daniel entusiasmado–, Salamanca fragua sus propios casos: mata, roba, secuestra, extorsiona. También sabe aportar los chivos expiatorios: mujeres, hombres, ancianos y hasta niños.
–No sé por qué me viene a la mente Boogie “el Aceitoso”.
–Sí, pero además, Salamanca tiene una ayudanta secreta. Margarita Pruit, mujer hermosa, 23 años; pelirroja, alta, ojiverde, pecosa. Ella es un fantasma, un demonio…
–Un buen cuento o relato no necesitan mayor explicación o justificación alguna –El profesor lo volvió a interrumpir–. Muchas veces ocurre que en el camino a la hoja de papel se da una autodepuración. Hay personajes cuya naturaleza es lo etéreo, el mundo de las ideas; son demasiado livianos para anclarlos con éxito a la marea blanca. Hay tramas que no son para escribirse –Puntualizó con presunción.
–Entonces –Siguió hablando–, como escritor debes estar consciente hasta dónde quieres o puedes llegar. Hasta dónde estás dispuesto a desdoblar tus argumentos y actores, pero sin caer en la explicación de tus decisiones, de tus personajes; debes borrar casi por completo tu presencia y pensamiento en lo que vayas escribiendo.
–¿Tienes qué, 17 años, Daniel? Si logras entrar a la carrera habiendo encontrado tus palabras, tu voz y tus ideas, será fantástico.
Olvera Prado estuvo mirando continuamente, durante la sesión, la vasija de Talavera. Confirmó que el lugar donde estaba parecía un pequeño santuario; acaso un amuleto hogareño de la buena suerte.
Daniel captó con falsa modestia las palabras de su maestro, casi sin darles un lugar en su mente debido a su terquedad, y durante la sesión se empeñó en tratar de convencer a ambos que su idea era viable. Pero conforme hablaba de sus personajes, le dejaban de interesar. Durante la siguiente hora trató de eludir esa sensación, abundando en las personalidades de Noel y Margarita.
–Nos vemos la siguiente semana, Daniel –Dijo mientras marcaba al celular de su mujer. Al mismo tiempo miraba y con la diestra acariciaba la vasija. No había melancolía en su mirada; los movimientos de sus manos no eran lentos sino rápidos, juguetones.
Daniel caminó por la calle; apenas hubo salido del edificio empezó a trabajar en otra historia. Cruzó la avenida, grabó en un reproductor algunas ocurrencias. Se olvidó por completo de Salamanca y Pruit.
A la semana siguiente, otra vez en el estudio.
–A ver cabroncito, ¿¡me estás diciendo que no avanzaste ni un puto párrafo y que tienes otra historia en mente!?
–No se encabrone, profesor.
–Yo me puedo pasar la vida escuchándote, pero tienes que aprender a realizar y finalizar tus proyectos. Parece que estás jugando y sí, la literatura también es algo lúdico, pero la conclusión forma parte de ello. A menos que pretendas hacer un listado de títulos de cuentos o novelas y lo presentes como un texto o que busques hacer un libro que se llame “Buenas historias para mejores autores”, lo cual, al paso que llevas no es tan disparatado…
–Daniel lo interrumpió con ansiedad– Profesor, he estado pensando en escribir un relato sobre estas sesiones, pero el tema de nuestra charla no se centraría en literatura, sino en una discusión que tuve con mi padre hace tres días.
–¿Qué pasó?
–Ya sabe que es ex militar, funcionario en la Secretaría de Seguridad. Yo fui a la marcha que convocó Sicilia y por la noche discutimos al respecto. No es la primera vez. Lo que me comentó me dejó pensando, porque ahora no se dedicó a descalificar mi apoyo al movimiento, sino a cuestionarlo. Y me surgió la duda o inquietud de si uno debe expresar su ideología o filiación política en lo que uno escribe; ¿cómo hacerlo sin caer en la inducción o la manipulación?
–Daniel, en primer lugar, sí. Tu escritura es uno de los rastros que vas dejando en la vida y, por supuesto, debes escribir sobre las cosas en las que crees y defiendes. Lo que no me gusta es el proselitismo vulgar o la utilización sesgada de la información.
–Pues Papá se encabronó por la acusación generalizada de que Calderón es culpable de las 40 mil muertes –Daniel se levantó y manoteó con desdén–.
–¿Y tú qué piensas?
–Pues pienso que sí es culpable y cuando se lo dije, reventó. Para demostrar que tenía razón, ejemplificó con un matrimonio de cinco años, ambos con inconformidades, reclamos, pero no dicen nada y deciden continuar, esperando que las cosas mejoren por sí solas. Al cabo de otros cinco años, ya tienen hijos y de las inconformidades y reclamos han pasado a los gritos y golpes. Luego de otros cinco años, uno de los dos decide divorciarse porque ya es imposible, literalmente, seguir viviendo así; ¡basta!
–Terminó preguntándome: ¿De quién es la culpa Daniel, de quien dio por terminada la relación y planteó el divorcio o de ambos? No quise responderle porque entendí que mi respuesta reforzaría su razonamiento y su posición respecto a la no culpabilidad de Calderón.
–Te entiendo. Sabes perfectamente que no soy muy afecto a las marchas y esas cosas, pero el ejemplo de tu padre ilustra muy bien el asunto, aunque es parcial… Bobbio nos hubiera dicho que el de tu padre fue “un comentario certero, pero no definitivo”. Este es un problema que trasciende las fronteras del país y los tiempos de Calderón. Es claro que en algún momento la inseguridad iba a estallar; detrás de esto hay décadas de descuido institucional, de corrupción, de pobreza y desigualdad; décadas de construcción de mercados de las drogas y un país vecino que nos compra estupefacientes y nos vende armas. Calderón, como nuevo presidente debilitado por el contexto de su ascensión al poder, tomó una decisión apresurada y es culpable, figurativo, de 40 mil muertes. Así, recuperando el ejemplo de tu padre, el que decide poner fin a la relación marital es culpable de la destrucción familiar, de la venta de la casa y el distanciamiento entre familias y lo que tú gustes y mandes, pero no el único.
Daniel miró a otra parte, no estaba de acuerdo con la opinión de Olvera Prado, y le llamó la atención que una cortinilla cubría la vasija de Talavera. Esto lo sorprendió, sabía lo que contenía ese recipiente.
–Lo que me emputa de este hipotético maridaje, Daniel, es que se nos olvida el otro, el que no decidió separarse; esa maldita falta de autocrítica. Somos una sociedad bastante apática y de pronto, cuando se nos cae la noche encima buscamos con vehemencia y coherencia un culpable; tenemos una afición a la culpabilidad ajena para eximirnos. En estos tiempos en donde exigimos participación social en la democracia, la verdad es que hemos sido bastante marginales y reaccionarios. Veme a mí, que tengo una cultura casi nula en la participación ciudadana. Cada tres años voto, más o menos enterado de la oferta política. Pareciera que sólo salimos a las calles cada que hay una desgracia, es decir, cuando ya es tarde. Tampoco digo que la resistencia civil sea la panacea, pero ayuda bastante.
–Sí, profesor, pero eso mismo que dice, véalo desde otra perspectiva. Mi padre arguye que si no le matan el hijo a Sicilia no habría pasado todo esto, y es verdad, pero también lo es el hecho de que un hombre herido en lo más hondo de su alma es capaz de construir, de hacer converger a la gente y sacarla a las calles.
–¿Qué hicieron otros cuando los hirieron en lo suyo: Obrador, Azcárraga o el Chapo? Buscaron venganza, expandir los costos, pasar sobre los demás y no salir tan maltrechos. Este poeta, Sicilia, viene con una intención poética que renueva los ánimos y esperanzas de muchos.
Estuvieron un rato más discutiendo; el tema desbordó a la literatura, el ritmo de las sesiones y de sus vidas; no pudieron evitarlo, la inseguridad en el país se sobrepuso inamovible entre ellos. Al final, Daniel alcanzó a decir antes de cerrar la puerta.
–¡Pero Calderón sí es culpable, simplemente por ser el presidente.
Olvera Prado miró por mucho tiempo la cortinilla que cubría la vasija de Talavera. No se acordaba de por qué la había cubierto. Los siguientes días no salió de su apartamento, salvo para comprar una veladora. Sólo lo distrajo el aroma nocturno de su mujer y la reunión semanal con sus amigos para el dominó.
Sin embargo, un día antes de su sesión con Daniel, dejó de engañarse. Había tapado la vasija porque no se sentía tranquilo con su padre, justo en la semana había sido su aniversario luctuoso y sólo la tapó. Durante dos o tres días pretendió que estaba en paz con él, pero no fue así.
No recordaba con claridad la relación con él, pero con frecuencia imaginaba que le hubiera gustado que padre hubiera sido como él con sus alumnos del taller de literatura.
Estuvo inquieto toda la semana, la charla sobre el tema de la inseguridad le daba vueltas en su cabeza. Todos los argumentos parecían insuficientes, el tema a esa altura, tenía más tramas que explicaciones y no había tiempo ni pista de por dónde empezar. Los puntos de vista tan encontrados le parecían el síntoma de que apenas se empezaba a discutir algo que se venía pudriendo en el país desde hacía mucho.
Al día siguiente, Daniel entró por la puerta y Olvera Prado casi le recitó.
– Daniel, el movimiento social o la participación ciudadana, es un actor de contrapeso que falta en México de forma sistemática, y no importa el motivo sino su existencia. Pero nunca es tarde si la lucha es buena.
–Para mí –Continuó con premura–, solamente con sentido intelectual y poético se puede lidiar con estas complejidades, con estas contradicciones. Lo que hace 50 años los intelectuales advertían como “contradicción” hoy es la “fricción” que apunta a la “colisión”.
–En aquellos años había espacio para distinguir y descalificar a los hipócritas; hoy en día es difícil no caer en esa etiqueta. Casi todos nuestros actos y hábitos están ligados directa o indirectamente al sistema que tanto criticamos. La tecnología y las comunicaciones han cambiado el rostro de las relaciones humanas, necesitamos, por medio de la ética, no sé si reformar, pero sí volver a pensar nuestros sistemas de actos morales.
–La política –Dijo Olvera Prado con elocuencia, mientras caminaba por el estudio– no sólo debe ser vista como proceso y dejar los actos a un lado. Las cortes internacionales no hubieran ido sobre Pinochet, algunos nazis y otros militares sudamericanos de esa manera. Calderón no es culpable de las más 40 mil muertes, en eso estoy de acuerdo con tu padre. ¡El presidente es culpable de implementar una política de seguridad basada en un pésimo diagnóstico de la misma, de no haber calibrado con precisión las dimensiones de los cárteles en contextos de pobreza, desigualdad y de vecindad con Estados Unidos; de encarar e implementar su política de seguridad con una famélica estructura institucional en los estados y municipios, particularmente los del norte –Daniel miraba a su profesor quien parecía que pensaba en voz alta–! ¡Es culpable de continuar con esa política a pesar de los resultados tan pobres que casi rayan en el genocidio y la estupidez! ¡Es culpable por no darse cuenta de que se requiere una política de seguridad regionalizada! ¡De qué les sirve a los altos funcionarios adquirir sus posgrados en las universidades más prestigiosas en aras de la aplicación de las mejores técnicas, si al final utilizan los viejos oficios de la política inercial e incremental!
–Daniel –De pronto miró a su alumno con atención y emoción, como si hubiera regresado de un largo viaje–, no discutas como burócrata incondicional, periodista amarillista, resentido social al que la Revolución no le ha hecho justicia o como escritor mal informado; así sólo llegarás a conclusiones inconsistentes.
–¿Quieres ser un escritor, un abogado como dice tu padre, o ir más lejos: ser un intelectual? Afortunadamente tienes los medios y el tiempo para llegar tan lejos como te lo propongas. Pero tienes que discutir desde el estado-del-arte de los temas, generar pensamientos genuinos y trascendentales; ser consciente de las contradicciones y fricciones que suceden al vivir como lo hacemos en esta sociedad.
Pronto, Olvera Prado se dio cuenta que lo dicho parecía estar fuera de lugar, suceder a destiempo, como si fueran palabras que pertenecieran a la semana pasada, cuando Daniel propuso el tema, pero ahora, su alumno venía al taller con otro talante.
Daniel miró que la vasija de Talavera estaba al descubierto, sin rastros de la cortinilla. Sonrió y le explicó a Olvera Prado.
–Profesor, me limitaré a hacer la presentación de Noel Salamanca, por medio de un caso. Explicaré su locura, su manía desde el inicio. Será ésta la que vaya marcando el ritmo de sus crímenes. En la primera escena el Marqués de Villena busca desesperadamente a Lucía, una mujer que amó o ama todavía. Está en un baile de máscaras, en la baja edad media. La quiere encontrar porque sabe que corre grave peligro; alguien la quiere matar, y él desea protegerla. Finalmente la encuentra: la está sosteniendo de los brazos al borde del balcón de una amplia terraza, casi a punto de soltarla; de hecho, sabe temerariamente que va a dejarla caer al precipicio que supone la aguda inclinación de la ladera sur del cerro sobre el que está construido el Castillo de Blanca en Murcia, España. Consciente de esta circunstancia ve con resignación cómo Lucía se precipita y se dirige rápidamente hacia su muerte.
Lo más terrible es que mientras la figura de Lucía es engullida por la bruma, el Marqués, al fin se da cuenta que él es el mismo asesino al que perseguía; al borde del balcón logra verse como responsable, cuando ya era tarde.
–Me gusta Daniel, me gusta el giro que le has dado a la historia, pero habrá que ver como lo empalmas con la vida real de Salamanca. Ahora dime, ¿qué pasó con esos ímpetus políticos que traías la semana pasada?
–Los personajes en las alucinaciones de Salamanca son el artificio de ello, las representaciones literarias de lo que está pasando en la vida política y social del país; ¿acaso no se entiende? –Daniel continuó contándole los pormenores, con un ligero desconcierto–.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Primogénitos Reflejos
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Los Arrestos de Lucrecia
¡Para no escucharte voy a gritar más fuerte que tú! ¡Aaaaaaah!... ¡Aaaaaaah!...
Lucrecia abrió los ojos y supo que había estado soñando que una voz le gritaba cerca de la oreja: ¡Para no escucharte voy a gritar más fuerte que tú! Tenía los ojos abiertos pero no veía nada, ni la luz del farol que entraba con fuerza por la puerta de vidrio del balcón ni la opacidad brillosa que aquélla ocasionaba en el reloj de pared que estaba frente a su cama.
Pronto se percató que afuera estaba lloviendo y sobre el vaho que empañaba la puerta de vidrio del balcón, estaba escrito: reconocerte es la ruta donde muere mi furia; carne mía que con tremendo amor ahogas mi ser.
Se espantó, sintió cómo el frío le cerraba los poros de la piel. Sintió un calambre que en la oscuridad es como la ponzoña de un insecto fugaz y horroroso. La invadió el pavor como una impaciencia constipada. Miró nuevamente a la puerta del balcón; nada, no había nada escrito, ni siquiera el vaho. Sólo entraba a la pieza la luz naranja del farol que iluminaba la calle empedrada.
Lucrecia, agitada, volvió a abrir los ojos; se incorporó y quedó sentada sobre su cama. Despertarse por segunda vez era sumamente extraño. No recordaba su sueño pero estaba segura que era importante hacerlo; pocas veces en su vida había despertado con la desesperación por recordar lo soñado. Con la linterna que guardaba en el cajón de su buró, iluminó las manecillas del reloj de pared: las 4:30 de la mañana; aún le quedaban un par de horas para dormir.
Era una clara mañana de verano, cálida también. Lucrecia madre había dispuesto el desayuno sobre la mesa, para que Lucrecia hija no tuviera que esperar mucho antes de irse a trabajar. Empezaron a desayunar sólo las dos, como todos los días entresemana.
Un par de horas después, como todos los días, Lucrecia fue ayudar a arreglarse a su esposo que diez años atrás tuvo un accidente en la fábrica y había quedado postrado en una silla de ruedas.
Su pensión no alcanzaba más que para mantener su alcoholismo quincenal y alguno que otro cachivache; sólo tomaba a la mitad y al final de cada mes. Fechas en las que sin excepción recordaba y se lamentaba de no haberse ido con su primo Jesús a Estados Unidos. Allá por los años cuarenta, cuando el programa Bracero, cuando aún los dos compartían la audacia como actitud e ilusión. Fechas en las que recordaba con algo de amargura, que su primo también estaba pensionado con 680 dólares mensuales, y no los cochinos 2 mil 100 pesos mensuales que el Seguro le tenía reservados cada día primero. Más de 20 años de trabajo, igual que su primo.
–Lucrecia, no puedo más… quisiera morirme… irme lejos… –Dijo el esposo arrastrando la voz y la mirada en el techo.
–Cállate José, siempre con lo mismo cuando estás borracho, solía reclamarle ella con tono y ritmo de contestadora telefónica.
Lucrecia, salvo de camino al trabajo y de vuelta a su casa, ya casi no se acordaba de su hermana mayor que había fallecido; según los doctores, de cáncer. Sabía perfectamente que fue de tristeza, la que le dejó la partida de Julián. Lucrecia fue la única que supo de la doble vida de Julián, y la única que vio llorar a su hermana porque él vivía con su familia y no estaba mucho tiempo con ella. La vio doblarse de desamor cuando le contaba que él, estaba con su esposa. Lucrecia jamás entendió cómo fue que su hermana llegó a enamorarse tan enfermizamente de un hombre que jamás la tomó en serio.
Los pensamientos de Lucrecia estaban dedicados casi por completo a Ricardo. La noche previa éste le había propuesto matrimonio. Ella aceptó de inmediato.
La escena fue preambular porque sin haber expresado la noticia a sus padres, y de manera inconsciente, Lucrecia estaba empezando a boicotear sus propios sentimientos. En ese espacio que media entre el corazón y la cabeza, ella reproducía y derruía su compromiso matrimonial. La culpa disfrazada de compasión se le aparecía a Lucrecia en la sala, en forma de lástima.
No hay peor/mejor manipulación que la infusión argumental a través de ojos egoístas. La versión más fina de esto ocurre cuando se logra sembrar una idea en otra persona y previamente se ha acondicionado a su alrededor un invernadero; en su versión más burda y precaria, la manipulación se instrumenta por medio de la imposición de una orden al amparo de cualquier autoridad.
–Mamá, ¿puedes venir tantito?, tengo que hablar contigo –Dijo mientras se acomodaba en el comedor de la cocina.
–¿Cómo te fue en el trabajo?... Ya ni te dije nada, pero asaltaron a Magos…
–Me voy a casar Mamá.
Lucrecia se quedó muda al escuchar y Lucrecia se quedó muda al decirlo.
No sabía si felicitar a su hija. Sin duda alguna la noticia la afectaba en diferentes y opuestos sentidos. Pasaron algunos segundos y decidió hacerlo con un fuerte abrazo.
Lucrecia se sintió mal. No soportó el abrazo de su madre y empezó a pensar en voz alta.
–Tengo miedo, no sé si vaya a funcionar o a resultar como la vez pasada. Tengo miedo, pero estoy contenta. Creo que puede funcionar –Reflexionaba como quien le cuesta creer lo que dice.
–Piénsalo muy bien, hija. Yo quiero que estés tranquila, serena; que ya nadie te haga sufrir como Fernando.
–Sí Mamá, lo sé.
–¿Qué le respondiste?
–Que sí, que me quiero casar con él.
–Ay, hijita…
–Qué, por qué lo dices así. Pareciera que estás en desacuerdo.
–Es que te noto muy insegura, hija. Sólo quiero que sepas que siempre vas a contar conmigo, con nosotros, que nunca vas a estar sola.
Las palabras finales de su madre, la hicieron sentirse profanada en su intimidad. Sintió a su madre en su mente, fuera de lugar, pero le pareció a la vez tan familiar la sensación que pronto olvidó esta reflexión. Se fue a despedir de su padre y se metió en su habitación con lentitud, esa que sólo la inseguridad es capaz de proveer, como si se ganara algo con no hacer ruido por la vida, como si el silencio fuera una fuente de sortilegios para perpetuar la tranquilidad.
La decisión que le comunicó su hija fue como un golpe de martillo porque suponía cambios en su vida, en la de su familia, en lo suyo.
¡Aaaaaaah!... ¡Aaaaaaah!...
¡Para no escucharte voy a gritar más fuerte que tú! ¡Aaaaaaah!... ¡Aaaaaaah!...
Lucrecia abrió los ojos y supo que había estado soñando que una voz le gritaba cerca de la oreja: ¡Para no escucharte voy a gritar más fuerte que tú! Tenía los ojos abiertos pero no veía nada, ni la silueta de su marido al lado ni las manecillas fosforescentes del reloj de su buró.
Pronto se percató que afuera estaba lloviendo y sobre el espejo de la pared, escrito con lápiz labial, se leía: reconocerte es la ruta donde muere mi furia; carne mía que con tremendo amor ahogas mi ser.
Se espantó, sintió cómo el frío le cerraba los poros de la piel. Sintió un calambre que en la oscuridad es como la ponzoña de un insecto fugaz y horroroso. La invadió el pavor como una impaciencia constipada. Miró nuevamente al espejo; nada, no había nada escrito. Se escuchaban solamente los ronquidos de su marido a fin de mes.
Lucrecia, agitada, volvió a abrir los ojos; se incorporó y quedó sentada sobre su cama. Despertarse por segunda vez era sumamente extraño. No recordaba su sueño pero estaba segura que era importante hacerlo; pocas veces en su vida había despertado con la desesperación por recordar lo soñado. Miró su reloj de muñeca con manecillas fosforescentes: las 4:37 de la mañana; aún le quedaban un par de horas para dormir.
Era una clara mañana de verano, cálida también. Lucrecia madre había dispuesto el desayuno sobre la mesa, para que Lucrecia hija no tuviera que esperar mucho para irse a trabajar. Desayunaron juntas.
–Oye Mamá, no quiero ser grosera, pero no quiero que invites a Julián a la fiesta. Yo sé que ha pasado tiempo, que ahora es viudo, que nos hemos encontrado con él por casualidad, pero eso no es motivo para que lo invitemos a esta reunión –El tono de Lucrecia era represivo y no lo disimulaba con sus gesticulaciones.
–Pues yo no sé por qué reaccionas así, Lucrecia, ya sabías que iba a invitarlo. Me hubieras dicho con tiempo; la reunión es en dos días –Respondió sabiendo a dónde conducía esa reprimenda.
–Ya sabes lo que pienso de él…
–Pero por qué eres tan rencorosa con él si nosotros nunca hemos sido así con nadie. Él quiso mucho a tu hermana; no se dieron las cosas, pero sí la quiso. Ella era feliz tan sólo con hablar de él.
–Mamá, hablas como si el rencor fuera algo malo. Es una reacción bastante lógica después de lo que le hizo a mi hermana, ¿sí recuerdas lo que te dije, verdad?
–Ay, hija, pero no podemos vivir así por siempre.
Lucrecia no continuó con la charla y se limitó a darle el dinero a su madre para las compras.
–Con esto alcanza hasta para los vinos; seremos sólo siete personas –Lucrecia se dio media vuelta y salió de la casa sin despedirse.
No puso el dinero sobre la mesa ni sobre el televisor como acostumbraba; se lo puso en la palma de la mano. Era una instrucción sorda, pero estruendosa para Lucrecia. Cerró su mano al sentir los billetes y las monedas, con un gesto de anémica frustración, similar al conformismo.
Era un juego, su juego; el juego de las Lucrecias. La manipulación era el pretexto para seguir expresando erráticamente soledades que a Lucrecia madre le venían del pasado y a Lucrecia hija, del futuro.
domingo, 5 de septiembre de 2010
El Barrio
Estar en el barrio era cabrón; crecer en el barrio estaba más cabrón. En el barrio eras puto o eras chingón y si te dejabas hacer el iris no te bajaban de pendejón. Así de cerrada era la alternativa de ser, como cerradas eran las calles al caminarlas si querías pasarlas; su achicamiento me sorprendía; las paredes y cortinas de metal se te iban encima si intentabas escapar. Las calles de ciertos barrios, una vez que te han mojado, no te dejan volar más allá del vecindario.
El barrio siempre dejaba lecciones, pero había pendejos que nunca las entendían y astutos que las sabían aprovechar y, muy de vez en cuando, lograban escapar de la calle.
En el barrio no se crecía, ni se obtenía respeto o se inspiraba temor con el paso de los años; a éstos se los tomaba de volada, se los amachinaba.
Soy el menor de tres hermanos; Joaquín y Osvaldo, a pesar de ser los mayores, no eran más altos que yo; no en el tiempo en que yo empezaba a juntarme con los valedores de la cuadra. Yo era gordo y lento, a diferencia de ellos que iban al Gym.
Un día que jugábamos fútbol en la calle, me tenían de portero porque era muy torpe con las patas. Un vale del equipo rival, al que le decíamos el Botana, se acercó muy rápido y cerca de mí disparo a portería; no tuve tiempo de meter las manos y me dio en la cara; me ardió muchísimo el cachete izquierdo. Disparó tres veces más y todas pegaron en mi cuerpo; fui incapaz de instrumentar respuesta con mis brazos, había sido fusilado, pero el cabrón no metió gol.
Quedé abatido y batido en la calle, entre las dos piedras que marcaban la portería. Los de mi equipo fueron por mí. Pensé que se burlarían.
–Pinche Montoya, ahora sí te la rifaste, pinche gordito… –decía alguien, pero no sabía quién porque todos se empezaron a amontonar en torno a mí. Al final me hicieron bolita, pero desde esa tarde todo empezó a ser diferente.
Por la noche, mis carnales me dijeron que para pararle los cañonazos al Botana había que tener güevos. Me miraban como si hubiera pasado con diez todas las materias de la escuela.
Al otro día mis valedores ya no me cargaban calor, de hecho hubo mucho silencio porque siempre yo era el blanco de la carrilla. Entonces, alguien más empezó a ocupar ese detestable lugar. Incluso el Botana me empezó a saludar; antes ni me miraba.
Cuatro o cinco años después, el Jaramo era el nuevo líder de la cuadra; al Botana lo habían matado en una riña afuera de un congal que estaba cerca de la casa. A mí se me había quitado lo gordo y me había puesto mamado. Mis hermanos se habían ido de mojados a Houston, al gabacho. Por la fama que dejaron en el barrio, conmigo nadie se metía.
Otra tarde jugábamos fútbol, el chavito que era nuestro portero estaba más güey que yo, pero no había otro. Al despejar, voló la pelota a una casa abandonada. El pobre tenía la cara toda asustada, estaba muy nervioso y ni modo.
–¡Órale pinche Ardiles, lánzate por la pelota! –gritó el Jaramo fuerte y muy serio, mientras nos veía a todos dijo: –¡Y que nadie le ayude!
El pobre Ardiles, no sabía ni qué hacer. Ahí estaba paradito y lastimándose las manos con la reja sin poderse aferrar a las varillas sueltas para empezar a escalar la verja y luego saltarse al otro lado. Estaba muy alto para él, con sus bracitos enclenques. En eso agarré y me levanté; fui hasta donde estaba el chavito. Entrelacé mis dedos con las palmas hacia arriba y formé un escalón: –Vas Ardiles.
Pronto aventó la pelota desde el otro lado de la reja, y su regreso ya fue más fácil, porque agarró confianza.
La bronca fue que al voltear a ver dónde caía la bola, sentí un puñetazo en la cara; el Jaramo se me abalanzó. Pues cómo no, si no lo había obedecido. Me le dejé ir y por puro instinto le acomodé dos o tres guamazos en su cara, pero al final me surtió bien chido. Me partió los labios y me dejó el ojo de cotorra.
Nuevamente todo cambió. Ya no se metían conmigo sólo por ser hermano de Joaco y de Oz, sino porque me había peleado con el Jaramo y, como decían mis hermanos mayores: hay que tener güevos para eso.
Incluso varios chavos me empezaban a seguir o me preguntaban que qué hacíamos; pero no, el Jaramo seguía siendo el líder; además, nos hicimos amigos desde esa pelea que tuvimos.
Una noche nos cambiamos de casa porque mi madre se casó con un señor muy educado y de buena posición socioeconómica. Vi que quería mucho a mi madre y lo empecé a admirar por otras razones, también empecé a imitar sus reacciones y razones. Mi vida cambió por completo. La casa a donde nos fuimos a vivir era muy grande y estaba ubicada en una colonia diametralmente opuesta, en todos los sentidos, a la del barrio donde me crié. El ambiente escolar también fue distinto; mucho mejor. Tuve compañeros y amigos muy diferentes. Años después me di cuenta que era uno de esos juniors que tanto criticábamos en la infancia mis hermanos y yo, cuando estábamos sentados en los parques cercanos a la casa. Dejé de utilizar las palabras de la calle, el caló, las señas; muchos códigos y los sitios de reunión.
Mi madre vivió sumamente contenta todo este cambio; nunca la había visto así desde que mi padre vivía con nosotros. Mi padrastro fue muy buena persona con ambos. A mí me pagó los estudios; incluso financió parte de los viajes para estar ahora frente a esta universidad londinense con la carta de aceptación en mano, en esta fría calle Portugal, frente a la Waterstones bookstore.
Del barrio conservo las lecturas de la vida y de la gente; nunca olvidaré que en la callé aprendí a leer los rostros, los ademanes y las gesticulaciones; mejor aún, los tonos de la voz y el movimiento de los pies. La traición o la mentira no tienen olor, pero son tan pesados, complejos y sofisticados que, por esta composición, comportan demasiada arrogancia, y por ello son fácilmente identificables. Si uno sale del barrio, no lo hace ileso. Éste enseña, pero también induce muchos vicios; uno de ellos es el miedo en su forma más mordaz y tenaz: la desconfianza.
Todavía, cuando voy caminando por ahí y alguien grita “¡Ese Montoya, chinga tu madre!”, por alguna lejana y emotiva razón, aunque sé que no se refieren a mí, suelo voltear con lentitud sin sentirme aludido; en ese trayecto muscular, mientras mis pies avanzan y mi cabeza gira hacia atrás, mi cuerpo se va convirtiendo en la abrupta y fugaz charnela de dos mundos que se distancian cada vez más y más…
domingo, 29 de agosto de 2010
El Jazz de Heráclito García; Ensayo
Dos actos signaban su vida desde el pasado hondo de su juventud. Él pensaba que eran hechos aislados, pero esa impresión no era más que una estratagema de su miedo que podía resumirse así: “Era maestro de música porque tuvo miedo de realizar su amor”.
No temió al rechazo ni a la aceptación; simplemente desconfió, dejó de creer en Carolina. Ni siquiera tuvo dudas; fue un giro abrupto, un argumento de su soledad para materializar un fracaso ¿sorpresivo? Ya era el miedo por el miedo; éste se le había convertido en un artefacto casi voluntario. Hay momentos en los que el miedo precisa de situaciones y objetos para manifestarse; empero, cuando se independiza de aquéllos, es cuando empieza a mediar y justificar lo actitudinal.
Pero esto fue hace muchos años, tantos que ya no quedan rastros tangibles en su personalidad y forma de conducirse. Hay otro suceso que marcó su vida para siempre y que probablemente sin él, Heráclito ahora sería un ermitaño que ni siquiera aspiraría a ser nombrado.
Sabía que el auditorio estaba lleno; ya había interpretado dos piezas. Ahora todo dependía de 15 minutos más. Por aquel tiempo conoció a Carolina. En la segunda cita, se dejó arrebatar por la audacia y la besó y pasó la noche con ella. La pieza que iba a interpretar era de su autoría y aunque el tema no era ella, no había nota ni rincón del pentagrama que no estuviera humectado de esa chilena pelirroja.
Mientras subía al escenario, tuvo una idea. El segundo movimiento era demasiado lento y no confiaba más en él. En el tercer escalón decidió omitirlo e improvisar. Se jugaba todo el certamen, el prestigio que empezaba a construir. Recordó la primera vez que tomó una guitarra, cuando su madre le enseñó a tomarla. Sintió nuevamente la tensión de la sexta cuerda, el dolor en las yemas de sus dedos y en sus muñecas. Terminó de ascender los escalones y caminaba por el escenario.
Los acordes, los arpegios, el truco para ahogar el sonido de la primera o segunda cuerdas al intercambiarlas indistintamente, en un movimiento brusco. El contrapunteo, la escansión y la cuerda que casi se rompió. Fue estruendoso el aplauso recibido. Supo que aunque no ganara el concurso, era ya el mejor guitarrista en esa gran sala, incluyendo a los del jurado.
Heráclito García ya estaba cerca de la vieja Escuela Nacional de Música y se detuvo un rato frente a ella para terminarse su cigarrillo.
Los siguientes años a la ruptura con Carolina, no hubo una conexión nítida entre ese pasado y lo que fue Heráclito después. Él lo sabía, pero no abundaba en eso porque era meterse en honduras no aptas para el silencio con el que había decidido vivir.
Todo cambió la última noche de agosto de 2008 cuando, desde la ventanilla de su auto, vio a Carolina caminando por la calle. No iba sola, pero eso no le importó; lo conmovió no tener los arrestos para mirarla. Se sintió invadido por una cobardía ajena. Por fin se dio cuenta de que se había equivocado, que 20 años era mucho tiempo, pero que no era toda su vida, y que si aún tenía un día más de vida, sería suficiente para intentar el cambio.
Desde esa noche tomó la costumbre de pensar en cosas increíbles, fantásticas, complejas; también desde esa noche se volvió más predecible. Aún no sabía que en el territorio de la simpleza se pasea la maravilla.
Empezó a asistir a sesiones con una psicoanalista. Le tomó mucho tiempo comprender que entre la improvisación en el concurso de guitarra y la desconfianza que antecedió a la ruptura con Carolina, había tantas cosas por revisar y que aquéllas no eran más que las fronteras con las que desde entonces había limitado su vida; aún más, que se trataba de un sólo síntoma.
Se empezaba a enojar con mayor facilidad; eso le agradaba porque suponía una respuesta, una sensación que había desaprendido en todo ese tiempo. Luego se dio cuenta que su terapeuta le había enseñado a leer y escribir con un lenguaje distinto, que no había sospechado. Supo que la improvisación en el concurso y la desconfianza que sintió por Carolina, venían del mismo lugar. Fueron rumores del mismo viento: el miedo.
Heráclito se quedó pasmado. Fue como detenerse y descubrir que del cielo ha caído un megalito y a penas se hubiera salvado de morir aplastado. Dio varios pasos para atrás, para poder cuantificar y calificar lo que estaba observando. A medida que retrocedía, la enorme piedra iba adquiriendo diferentes significados; de pronto, la advirtió como un sistema complejo y que varias incógnitas tenían solución múltiple. Alcanzó a distinguir alfabetos que no requerían de fonación alguna. Identificó varios aromas del pasado, de aquel dulce de higo que preparaba la abuela, de aquellos gases que tuvo su primera novia cuando se enfermó. Mientras más se alejaba, el megalito se iba descomponiendo hasta que quedó sólo una lente de cristal impecable, y empezó a ver la vida con ésta. Luego, se dio cuenta que él era esa lupa.
Dos noches atrás, estuvo en una reunión y no supo ser “él” porque ya no era más “él” porque “él” se había vuelto una palabra que ya sólo apelaba a quien había sido hasta hace poco. Fue incapaz de relacionarse con viejos amigos porque lo había venido haciendo por medio de los complejos del miedo. Había aprendido, sin estar consciente de ello, a afianzar sus amistades con los andamiajes del temor. Como aquella noche en la terraza cuando creyó que le expresaba su admiración a uno de sus colegas, en realidad le estaba comunicando de una manera tangencial y eufemística, que le tenía pavor.
–Eleazar, amigo, ¿cómo has estado, cómo va la nueva producción? –le dijo mientras le estrechaba la mano e inclinaba un poco la cabeza.
–De maravilla, García. Estamos trabajando con la Filarmónica de la UNAM… No, no, no… te va a encantar, maestro; te mandaré el cd por correo. Deja voy por un trago y regreso –Heráclito se despidió con esa especie de patética reverencia con que solía saludar y despedir, sólo a sus colegas.
Ya no ocurría más eso. Las sesiones con su terapeuta si bien le enseñaron una nueva lectura de la vida, también le quitaron el instrumento con el que solía relacionarse y vivir. Esa noche aprendió que la trama es más interesante que el desenlace; que importa conocer, pero aún más la variedad con que se conoce. Sin el miedo de por medio, muchos de sus amigos le parecieron insulsos; otros, unos patanes. Al final, únicamente disfrutó de la compañía de dos de ellos, porque entendió que la admiración parte del reconocimiento propio y del otro, y no de una categorización ajena y circunstancial, que está más cerca de la mitificación. Se seguía enojando con facilidad.
Esa noche creyó enamorarse; conoció, casi al salir de la reunión, a una mujer casi totalmente diferente a Carolina, pero no fue así. Lo que ocurrió es que los ojos y mirada de esa mujer fueron para él, ahora sí “él”, como cuando se riega la tierra seca, y al cabo de unos segundos, lo que parecía inerte empieza a desprender un ancho aroma que con fuerza respiramos esperando que nos inunde el alma y el cuerpo; olor del que sabemos la fórmula para lograr y sin embargo no lo hacemos.
Esa noche creyó enamorarse, pero no, simplemente sintió y empezó a reconocer su pasión. De alguna manera esos ojos y esa mirada le devolvieron la pasión por componer, por inventar. Ver una mujer hermosa sin el miedo como instrumento de aproximación fue el acto más simple y sensible.
Se fue a su casa. Antes de dormirse había decidido dos cosas, componer un jazz y renunciar a la escuela de música. Le costó algo de trabajo conciliar el sueño. Tenía demasiadas ansias por interpretar nuevamente ese jazz azulado y de darle la carta de renuncia al director que, por lo demás, no le caía nada bien en los últimos días.
Entrada la madrugada se despertó, y por primera vez en su vida se carcajeó de haber sido descalificado del certamen por omitir todo un movimiento e improvisar sobre el escenario. También, por vez primera, lloró como un escolar la pérdida de Carolina.
Apagó el cigarro en el tacho de basura en la entrada de la escuela; vio el árbol de jacarandas y el naranjo, imponentes; se acordó del tango y fue empezar de nuevo otra vez.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Josefina Martínez
Si no mal recuerdo, alguna vez Borges sugirió que un hombre debía ser todos los hombres para conformar su destino último. Esto equivale a decir, según mi juicio, que una persona tendría que experimentar todos los azares que le permita su tiempo para poder consumarse en sí misma.
Algo así se me figura la historia de Josefina Martínez que comenzó en Tacubaya, al poniente de la Ciudad de México, en 1908, en la calle General Cano. Cuando tuvo diez años, entendió el porqué su madre, Valentina Milán, solía encerrarla junto con sus hermanos Rosa y Julio, en el sótano de la casa.
Por aquel entonces, los soldados carrancistas solían entrar a las casas y, entre otras cosas, llevarse a las mujeres en calidad de guachas. Josefina tendría cuatro o cinco años, pero el temor de doña Valentina era por su otra hija de 14.
Casi no tuvo amigos porque su madre se la llevaba a las campañas militares del General Pablo González Garza, por el centro y norte del país. Doña Valentina fue muy conocida en el barrio de Tacubaya por sus excelentes guisos, poseyó una sazón sin igual. Prueba de ello es que el General, una vez que probó su cocina, no volvió a emprender campaña alguna sin llevársela de cocinera. Así, Josefina conoció en su niñez gran parte de la República mexicana, aunque en realidad nunca descendió del tren; le daba miedo alejarse demasiado de su madre.
Cuando se acabaron las campañas militares para el General González Garza, doña Valentina continuó cocinando para él, y Josefina empezó a asistir a la escuela con regularidad; ahí conoció a Dagmar, hija de inmigrantes alemanes, quien fue su mejor y única amiga en la vida.
Camino a su casa, Josefina solía encontrarse al General Pablo González quien con pipa en mano, la detenía con un grito marcial:
–¡Quieta ahí, Josefa; dime!, ¿cuáles son tus calificaciones?–.
–Diez, General –respondía ella con la mirada en el suelo–.
–Muy bien, Josefa… pero donde saques ocho o nueve, te mando ajusilar, ¿entendiste? –le decía González Garza mientras le hacía un cariño con la mano en la cabeza y ella se echaba a correr.
Temerosa como siempre, ella acostumbraba responder con la verdad, que a esa edad no se piensa sólo se dice. En esos tiempos únicamente había dos alternativas: mostrar miedo u ocultarlo bien.
Fue una época llena de acontecimientos que cambiaron el rostro de los habitantes del país antes que a éste. Hay sucesos históricos que, primeramente, reconfiguran los rasgos de una nación, lo cual incide en el cambio de sus habitantes. Éste no fue el caso. Las guerras civiles, en particular, componen y recomponen los roles sociales de mujeres y hombres, tatúan en el inconsciente colectivo actitudes proclives a una u otra cosa, a estados de ánimo, a diversas aspiraciones sociales. Las ciudades se vacían de niños y éstos, de risas.
Entonces, de manera generalizada, el miedo se desparrama sobre los pechos de los jóvenes; éstos crecen con esa especie de sanguijuela aferrada a su corazón. Un día aquél desaparece y queda un gran hueco. Ya siendo mujeres y hombres, desesperados, no saben qué hacer con esa ausencia o cómo llenarla, y empiezan a perseguir un miedo, cualquier miedo para hacerlo suyo; no lo encuentran. Y aprenden a infligirles a sus hijos algo similar a lo que antes el miedo les hacía sentir en sus flacos pechos para no sentirse tan vacíos. Eso es lo peor del miedo, sus secuelas, porque sentirlo es algo natural, inherente al ser humano y a cualquier animal. Quizás haya algo peor: pensar el miedo, pensar sus consecuencias.
La guerra, ¡oh, maldita guerra!; bestia que de todo te alimentas, que apeteces más que nada la naciente vida; no te interesas por lo moribundo y babeas por devorar la carne que vibra.
Josefina creció. Prácticamente pasó de entretenerse con muñecas de trapo a hacerlo con la búsqueda y encuentro de un marido. Todavía después de cumplidos los cuarenta años, casada y con tres hijos, no le gustaba su pasado porque éste explicaba perfectamente el deterioro material de su vida. Ella fue la única hija del segundo matrimonio de doña Valentina. Su padre fue el administrador del Bosque de Chapultepec.
Quisiera precisar que para la familia Milán, inmigrantes italianos que llegaron a México a finales del siglo XIX, Valentina fue la hija insufrible y voluntariosa que rehusó casarse con un miembro de la familia Mazzero, un prominente comerciante de su misma nacionalidad. Valentina prefirió escaparse con un arquitecto parrandero, pendenciero y mujeriego quien le dio tres hijos; el primero falleció sin haber cumplido el año.
El arquitecto falleció al poco tiempo, pero la belleza de Valentina era tal, que no tardó en volverse a casar. Cuando esto pasó, ya estaba peleada con los Milán y desheredada de su gran fortuna, ella y toda su estirpe.
También perdió a su segundo marido, el administrador del bosque.
Josefina se casó y se fue de la casa; Rosa, quien a los 15 años se había escapado con un soldado, no regresó a vivir con su madre, pero sí la visitaba; Julio, en cambio, permaneció con ella hasta su muerte. La casa se perdió porque era de la familia Milán.
Como venía contando, Josefina se casó y procreó una familia con tres hijos. Durante mucho tiempo, su marido trabajó en Estados Unidos porque con lo que ganaba en la panadería El Dial, jamás hubiera terminado de pagar el terreno recién adquirido, cerca de La Villa; ella, por supuesto, después de casada no quiso volver a trabajar.
Fueron una familia como muchas otras; vivieron sin guerra, en un país que adivinaba su prosperidad y con un gran vacío paternal en la mayoría de los hijos. Sin su marido al lado de la cama, ella aprendió a controlar a sus críos mediante un viejo truco: el miedo.
El mayor de sus hijos se convirtió en un mal ladrón que tuvo un gran golpe que lo hizo leyenda del barrio; el segundo, en un empresario menor e irregular, quizás hasta mediocre, pero el hecho de ser emprendedor le acuñó una fama benigna en los alrededores de su hogar. Su hija, la menor de los tres, fue la obediente, el impacto esperado del miedo inculcado.
Fueron hijos de una generación que les inoculó el miedo fomentado y estructurado por la Iglesia católica, institución que enseñó a muchas generaciones a transmitir el amor y el temor. La Iglesia fue el pliego emocional y sentimental que implicó todo el abanico de la experiencia humana, contuvo lo peor y lo mejor de todos; claro, los entretelones también existieron.
Los hijos de Josefina probablemente formaron parte de la primera generación de mujeres y hombres que huyeron de sus miedos sin escaparse de ellos. Los tres se casaron y los tres se separaron. Luego, el mundo cambió y el país también.
Ahora fueron los rasgos de la nación los que ocasionaron el cambio de sus habitantes. El Estado que hombres como el General Pablo González ayudaron a construir, empezó a colapsarse. Ese monstruo abrió sus fauces sólo para tragarse, por propia mano, la daga incendiada, que habría de incinerarlo desde el vientre, no para matarlo sino para tornarlo en un ser de lentos movimientos que a cada paso iría demoliendo sus propias patas: Golem mestizo y bastardo que fue animado por un diminuto pergamino, lacrado con una cruz de cera roja; documento en cuyo interior naufragó la identidad de millones de personas. Una identidad aprendida de memoria para obligarla a ser verdad; como un relámpago capturado por un espejo en la oscuridad. Estado que para muchos fue dejando un rastro de carbón al rojo vivo, al pasar.
Si son los habitantes de un país quienes provocan el cambio de este último, entonces es viable que se encuentre un rumbo; cuando ocurre lo contrario, los habitantes se enteran tarde que las cosas ya no son iguales; no sabrán distinguir en dónde termina el antes y en dónde empieza el ahora; cuándo es el futuro. Hay una desorientación total y demostrar que se puede sobrevivir así no es para jactarse.
Continúo con el relato de Josefina quien fue parte de una generación de abuelas que volvieron a ser madres porque cuidaron a sus nietos mientras sus hijos se volvían a casar, se iban de mojados o se la pasaban en el trabajo todo el día.
Cuando Josefina tenía poco más de setenta años, sus nietos tendrían entre seis y 12 años. Aún era una mujer muy fuerte que tres veces por semana iba al mercado de la Merced a comprar el mandado. Cualquiera de sus nietos al verla a lo lejos cargando la bolsa con las frutas, verduras y carnes, corría a ayudarla.
Todos ellos esperaban con ansias y hambre a que dieran las tres de la tarde. Sentados en la larga mesa para 12 personas, los nietos se sentaban alineados esperando a que su abuela les sirviera la sopa. Era toda una ceremonia ver el montón de tortillas calientes, la salsa de tomate, la crema y el queso. Esperar con sorpresa el guisado: chiles rellenos, huazontles, enchiladas, mole de olla, carne de puerco con verdolagas. Terminaban de comer, se iban a jugar y se olvidaban de la abuela.
Sólo en los cumpleaños se reunía casi toda su familia; sin embargo, los días diciembre eran los más memorables para todos, pues el abuelo regresaba de Estados Unidos. Él continuó trabajando en ese país a pesar de ya no necesitarlo. Se le hizo costumbre, que no es más que una forma de no encarar el tedio sin aceptarlo.
Un día, Josefina amaneció sin las fuerzas para regañar a sus nietos, se sientió cansada por primera vez en más de 50 años. Se resignó a la idea de saber y entender que, a pesar de enviar a sus nietos a misa de siete, éstos eludirían la orden; después de algunos minutos saldrían por la puerta trasera de la parroquia para irse a jugar con sus amigos.
Envejeció de un tirón y empezó a hablar de su infancia con alegría; sí, de esa etapa que décadas atrás llegó a desdeñar. Ahora, la nostalgia había limado viejos rencores y afilados arrepentimientos. De pronto le pareció que sus nietos estaban creciendo demasiado rápido y simplemente dejó de cuidarlos o de fingir que los cuidaba.
Su cansancio fue el peor de los cansancios, el que causa estragos en la memoria. Murió a los 93 años, pensando y sintiendo lo que dos décadas atrás. No fue demencia senil ni Alzheimer, sino una forma de olvidos involuntarios convenencieros. En sus últimos años no se acordaba que ya había desayunado y lo hacía dos o tres veces, pero hacía el aseo de la casa una sola vez; tampoco recordaba el nombre de de sus nietos, pero evocaba con lujo de detalle pasajes de su infancia; igualmente, no recordaba que sus hijos ya eran abuelos y por las tardes no quería comer por esperar a que llegaran de la escuela. Luego, era perfectamente capaz de leer el diario e iniciar una larga y continua conversación al respecto.
Es curioso como se la recuerda en el barrio. Los más jóvenes como una viejita cariñosa que apenas podía moverse por una cojera que la aquejó en sus últimos años, pero eso sí, si se trataba de procesiones, Josefina se olvidaba del dolor y la cojera, y se iba por toda la colonia con sus amigas de la Iglesia. Los más viejos la recuerdan como una mujer fuerte y recta que ahorró todo el dinero que, desde Estados Unidos, su marido le enviaba mes tras mes y que gracias a ese esfuerzo lograron construir una de las primeras grandes casas de la calle, a finales de los setenta.
Así, los rasgos de la nación y de las personas se van convirtiendo en versiones paralelas o contrapuestas; vestigios de lejanas verdades. Ya no cambian ni el país ni sus habitantes, presos de una hermenéutica para anticuarios. Es pasmosa la pasividad con que se reciben los años de este siglo, aspecto que contrasta con la gran velocidad de las interacciones sociales y económicas. Pasividad y velocidad, emblemático dúo que nos precipita al olvido por comodidad.
Poco a poco, nos damos cuenta que los órdenes verticales de la sociedad y el conocimiento, empiezan a formar parte de la entropía universal, un fenómeno que va menguando y que a ello debe su hermosura y magnanimidad.
¿Cómo atesorar en la memoria que lo venidero también va a dejar de pasar?