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domingo, 25 de marzo de 2012

La Lógica del Silencio

Podía ser cualquier lugar, la Taiga siberiana, el bosque tropical de Borneo o el de Arrayanes en la Patagonia. Estaba en lo alto de una colina, apeado junto a un hombre cuyo nombre nunca supe; tenía barba cana e iba ataviado con un manto rojo. Mirábamos el bosque. Desde esa altura, sólo se alcanzaban a distinguir las copas de los árboles que se extendían hasta donde la vista daba.

La persona a mi lado me explicó que me habían quitado mi nombre y el de mi mujer; enérgico gritó: –¡Para continuar tu camino, debes recuperarlos!

Esa idea se fue apoderando de mí, doblegó mi ignorancia y postró ante sí cualquier indicio de voluntad. Fue como haber descubierto un destino reiteradamente negado.

Para recuperar mi nombre y el de mi mujer, tenía que internarme en el bosque que estaba frente a nosotros. La empresa no era sencilla porque nuestros nombres estaban dentro del cuerpo de cada uno de los dos dragones que desde esa altura podía mirar. A la distancia uno parecía bermejo y el otro sepia. Ambos se agitaban sobre sendas planchas de concreto. La lejanía los dotaba de un aire inofensivo.

–Te hablaré del primero –dijo con autoridad aquel hombre–. Antes que nada debes nombrarlo para que lo obligues a distinguirse de ti. Es fundamental que cada uno mantenga su distancia identitaria. Es indispensable que al primero lo convenzas de que su nombre es La Lógica del silencio.

–Eso no es un nombre –Alegué de inmediato.

–Es su nombre, pero si no lo convences de ello, se confundirá y te confundirá; ambos extraviarán sus identidades y pronto no sabrán qué de sus actos corresponden a lo que piensa y decide cada uno –dijo, con cierto aire de soberbia.

–¿Acaso no tienen consciencia de quiénes son, de que son dragones? – socarronamente le pregunté.

–El corazón de los dragones –dijo, como quien dicta cátedra– late porque refleja la actitud del hombre que los encara. Es importante que sepas que tú no perdiste tu nombre, no fue accidental, el dragón te lo quitó. Descubrir el porqué es parte de la aventura.

–¿Y el segundo dragón por qué me quitó el otro nombre? –perspicaz, le inquirí.

¡Porque las palabras que nombran lo que amas no tienen sentido si tu personalidad no es capaz de cristalizar en tu identidad, dentro y fuera del bosque! –aseveró con la furia del impaciente mentor que no observa entendimiento alguno en su discípulo.

Dicho esto, dio media vuelta y caminó; desapareció bajo la oscuridad de una cueva.

Después de esas palabras, emprendí el descenso para enfrentar a La Lógica del silencio. Mientras avanzaba, vi a lo lejos un río ancho de lenta corriente. Vi cómo el viento escamaba su superficie, como si miles de lenguas aerobias lamiéranlo a la vez: ¿el aliento del dragón?

Al cabo de una jornada de seis o siete días de camino, cayó una singular noche y con ella el confortante aroma de la tierra humedecida por el agua de una oscuridad inacabada por luna llena. Mis pies se hundían en el lodo; mi andar era lento, tenaz y accidentado. Me gustó sentir el lodo bajo las plantas de mis pies, entre los dedos. Continué así, Iluminado por la luna que parecía de cera pues goteaba su luz para marcarme el sendero, mientras su brillo menguaba. Escurrió su luminiscencia hasta extinguirse. De pronto, sentí un temblor en el cuerpo porque pisé la plancha de concreto; sabía que La Lógica del silencio estaba a unos pasos de mí.

Caminé sobre la plancha de concreto, su área serían unos 200 metros cuadrados; la tracción de mis pasos me dio una falsa sensación de seguridad. No había muros sobre la superficie de ese bloque de concreto No había lugar donde La Lógica del silencio pudiera esconderse. Me agazapé y miré hacia arriba, como si supiera que estaba por caer un meteorito. Nada.

Por puro instinto volteé hacia atrás y una bola de fuego me cubrió, me incendió, me convirtió en cenizas y me hizo volar; el fuego se tornó grisáceo. Fui el fuego; mis pensamientos fueron lumbre y mis recuerdos, calor. Dejé de existir orgánicamente. Fui consumido por el fuego del dragón, por La Lógica del silencio.

Desaparecí con el fuego, pero de alguna manera yo seguía ahí, mirando la plancha de concreto, bajo el cielo oscuro; escuchando el ruido del viento que movía las ramas y las hojas de los árboles. Tenía una sensación extraña; aún podía recordar lo que hacía ahí: estaba buscando a La Lógica del silencio. No lo vi más, había desaparecido. Con la mirada recorrí toda la plancha de concreto. Miré hacia arriba, a los lados. Por un instante me sentí un fantasma, un recuerdo terco y aferrado al espacio.

Quise mirarme; levanté mis brazos para verlos y constatar mi existencia.

¡El impacto fue fulminante!

No tenía manos sino garras y mi piel era escamada y bermeja: ¡yo era el dragón que buscaba!

Detesté ese momento por todo lo que implicaba. La impresión me hizo trastabillar y me ganó ¿mi propio peso?; caí hacia atrás. Sentí el impacto con la plancha de concretó y alcancé a ver en el aire mi larga y fornida cola.

Todo ocurrió sin percatarme, no sentí la transmutación. No pude incorporarme, no tuve la fuerza para mover ¿mi cuerpo? Fui incapaz de coordinar algún movimiento. La Lógica del silencio me abrumó implacablemente.

Por más que mis pensamientos minuciosamente organizaban un movimiento, no lograba controlar la magnitud de la fuerza que debía aplicar. Me sentía inválido y atrapado en un inmenso cuerpo que no era mío.

¿Cómo distinguirme de este dragón si siento con su cuerpo, si pienso con sus neuronas, si quemo con su fuego? –me pregunté mientras hacía tiempo– Me pareció absurdo iniciar cualquier acción sin entender qué y cómo estaba ocurriendo aquéllo.

¿Qué es un dragón?, me pregunté. Mi memoria me llevó a China y a Grecia; a la infancia y a la adolescencia; a la sospecha y, finalmente, a aceptar mi ignorancia. ¿Cómo había pasado todo esto sin darme cuenta? Primero me quitó mi nombre, luego el de mi mujer y ahora mi existencia. No sabía quién estaba percibiendo el mundo, si el dragón o yo; era claro que el mundo lo registraba a él, de mí no había rastro. Había sido borrado de la faz de la tierra y, sin embargo, ahí estaba, mirando y pensando, mirando y pensando.

En esos primeros momentos, intenté razonar mi condición, pero no hallé la hebra argumental que lograra distinguirme de esa otredad con la que cohabitaba en La Lógica del silencio. No miento si digo que empecé a temer que yo no fuera más yo y que fuera él. Que mi existencia y personalidad sólo hubieran sido una laguna mental de este dragón, o que eso que creí mi vida, hubiera sido producto de su imaginación, y no hubiera más remedio que continuar siendo este mítico animal.

El recuerdo de aquel hombre fue lo que ancló mi cordura a este nuevo cuerpo. Utilicé variadas formas para deslindar nuestras identidades, pero todas conducían a la locura, a la negación o a una esquizofrenia que me impedía razonar con rigor. Tenía que responder a una sola incógnita: ¿qué nos hace únicos, cuáles son las raíces de lo genuino?

Caí pronto en la falsa y pobre respuesta que para este problema brinda la ontología, porque las experiencias del ser son una serie permutaciones infinitas, pero a las que todos tenemos acceso. Creí hallar en el existencialismo una rápida evasión de esa circunstancia porque ofrece canales directos a la individualidad, que tampoco funcionaron puesto que la individualidad no es una certeza cabal, sino una ilusión, casi un accidente producto de la constante interacción con lo que no somos. Con La Lógica del silencio, la individualidad me posicionaba en el mundo donde más nos confundíamos.

Al cabo de unas horas, pude calibrar la fuerza necesaria para mover mis patas, alas y mi larga cola. Pude sacar fuego por la boca y, finalmente, volar. Eso me gustó porque controlé mis enormes garras.

Volé y volé por mucho tiempo, días, meses y años. Me acostumbré a ser dragón y sentí que podía dominar el mundo. No me quedaba claro si había olvidado o desistido de mis deberes, en todo caso fui negligente y me dediqué a disfrutar todas mis habilidades y poderes.

Sacar fuego era lo que más disfrutaba, porque era la forma de cortejar a las hembras.

Una noche, al cabo de mucho tiempo, conocí una de ellas y nos apareamos y recordé que yo tenía una mujer. Recordé que la amaba y sin embargo deseaba a esta otra hembra que no era mía. El dilema no era fuerte, puesto que continué mi vida así, amando a una mujer, recordándola, añorándola, pero cohabitando con otra, terriblemente atractiva; no había reflexión que no me condujera al final del día a su lecho para aparearme. Llegué a quererla, a pensar que la amaba y aunque no tuvimos descendencia, el deseo mutuo fue más fuerte que cualquier otro nexo.

Otra noche, lejana a la anterior, pude sentir que la incongruencia era demasiado fuerte para evadirla; supe que no amaba a esta hembra. Sentí a mi mujer. No sé si fue un aroma o un sonido lo que activo sus recuerdos en mí, pero de pronto percibí una enorme disociación en mi vida. Empecé a cuestionarme sobre la falta de armonía entre lo que pensaba que quería y lo que hacía para obtenerlo; vi con claridad que todas mis acciones me habían alejado de mi mujer durante todos estos años y me derrumbe. En pleno vuelo me vine abajo. Dudé que la caída fuera mía, pero al final los huesos rotos me causaron tal dolor que perdí el conocimiento. Al despertar, el dolor permanecía y no me dejaba mover. Era yo, pero sentía una ruptura fundamental.

Pensé que lo correcto sería negar mi existencia, renegar de lo que había aprendido en mi condición de dragón. Recordé que yo estaba dentro La Lógica del silencio y fue más importante entender todo esto, que intentar negar ese tremendo y dolorido cuerpo. Fue el amor a mi mujer lo que me hizo reaccionar y, en definitiva, saber que ese amor es lo que me hace único. La forma en que solía amarla era la fórmula añorada por mucho tiempo.

Noches adelante, el dolor ni siquiera había menguado, pero tenía tiempo para pensar. Entendí que no necesitaba negar nada para obtener una sola verdad, mi verdad; que ejerciendo mi personalidad y era probable que pudiera sentir mi identidad.

Mientras estos argumentos crecían y se afianzaban en mí. El dolor volvió a intensificarse. Pronto descubrí un patrón proporcional entre mis reflexiones y mi dolor, y estuve tentado a olvidarme del asunto con tal de no sufrir más.

Decidí seguir pensando en mí, en mi mujer, en mi entorno. Al cabo de unos segundos de ejercitar la mente con el cotejo de diversos pensamientos, me develé un pequeño misterio: hay que provocar las cosas que no existen, y la mejor forma de hacerlo es tocar, golpear, decir, hacer, gritar, insistir, insistir; quemar , separar, incrustar, agitar, pulverizar, tirar, romper, romper.

Lo que me mantuvo en la lucha fue descubrir que el dolor ya no provenía de mis huesos rotos, sino de mis entrañas, de mi piel, de mis ojos y mis venas; mi cerebro y mis garras. El fuego con el que incineraba cosas para cortejar hembras, me estaba quemando por dentro. Sentí el ardor y vi la lumbre; luego, me quemé hasta convertirme en cenizas y el fuego se tornó oscuro. Pronto, sin obtener un solo registro de la realidad, estaba ahí, encarando, sin premeditación, a La Lógica del silencio.

Aunque sorprendido, nuevamente, por la transmutación, guardé la compostura. Me sentí seguro y no dejé de mirar los ojos del dragón.

–No somos el mismo ser, a pesar de que hemos compartido el vuelo y el sufrimiento con el mismo cuerpo, y de haber decido y sentido a partir de los mismos razonamientos y pensamientos, somos diferentes –le dije con una honestidad que buscaba más explicar que convencer– Es importante que entiendas que yo he disfrutado lo vivido todo este tiempo, pero esa no era mi vida, era la tuya. No te diste cuenta o no quisiste ver la diferencia entre los dos. No espero una respuesta, en realidad te entiendo, tu nombre lo dice todo.

–Lo que no entiendo es ¿por qué me quitaste mi nombre y el de mi mujer, para qué los necesitabas si tú tienes tu propia existencia, muchas posibilidades de hacer lo que quieres por ti mismo?

El dragón, desesperado, se movía de un lado para otro, pero no decía nada. Amagó con volver a incendiarme, pero no lo hizo. Se acercó y sentí el olor y el calor de sus tremendas fauces. Por un momento sentí que era yo, que ese aliento era el mío, pero reaccioné. Me logré deslindar rápidamente de esa confusión.

Pronto mi diálogo se transformó en una retahíla de reclamaciones y a los pocos minutos, me estaba victimizando ante La Lógica del silencio. Sabía que todo lo que le achacaba era cierto, pero llega un momento en que las acusaciones pierden sentido. Uno cree que busca una disculpa, un arrepentimiento, mas no es así; simplemente no sabemos cómo expresar un dolor reiteradamente negado. Somos incapaces de reconocer que nos duele la ofensa que nos vulneró y que quizás fuimos demasiado confiados, consecuentes, o que quizás simplemente por ignorancia nos atraparon; muchas ocasiones nos choca la idea de nuestra propia indefensión, y somos demasiado severos como para permitir ternura en la autocrítica o en la apología, como si objetividad y la ternura fueran mutuamente excluyentes; así es muy fácil caer en la barranca del machismo en vez de saltar sobre el trampolín de la bravura.

Yo no sabía si el dragón me estaba entendiendo. Uno siempre asume, erróneamente, que todos disponemos del mismo cúmulo de experiencias para asir las circunstancias de la vida. Quizás para el dragón todo lo que ocurrió fue algo natural, después de todo el silencio es la operación más sencilla y preferida del miedo.

Sin darme cuenta me salí de la plancha de concreto. El dragón dejó de moverse y se quedó quieto. Tuve la impresión de que al fin empezaba a entender que no éramos lo mismo. Sentí rencor en su mirada, como si me reclamara mi partida, como si le debiera algo por haberme rebelado, por haberle impuesto mi personalidad. Me di la vuelta y no lo miré más.

Entonces, supe que de muchas maneras seguía sin ser el mismo que platicó con aquel hombre de túnica roja; mi forma de ser aún tenía que ver más con la de un dragón que con la de una persona. Mantenía el instinto de querer quemar todo lo que me obstruyera el camino. Tenía la sensación de desplazarme lento; estaba acostumbrado a volar. Deseaba cosas que se obtenían por la fuerza.

Estaba varado a la mitad, entre la bestia que dejaba detrás y el hombre que alguna vez fui.

Retomé el camino hacia donde suponía que estaba el otro dragón, el que tenía en su poder el nombre de mi mujer.

En el camino me fui acostumbrando, de nuevo, a mis pequeños, pero sólidos pasos; a utilizar mis brazos y piernas para abrirme paso entre la maleza. Toda esa serie de esfuerzos me fueron humanizando, me enseñaron a sentir la humildad y la modestia como atributos compatibles con la inteligencia y la gallardía.

Varias semanas después de haber dejado atrás a La Lógica de silencio, me detuve en lo alto de una colina y miré una parte del bosque que estaba libre de árboles y plantas. Una larga sábana verde se extendía ante mi vista. Sentí un rumor dulce y misterioso que se parecía a la vida, y mi camino reanudé.

sábado, 18 de febrero de 2012

Tres Breves Ensayos sobre Tres Mujeres Ignotas

Cuando era niño, como de siete u ocho años, escuché en una plática de adultos, seguramente amistades de mi madre, hablar sobre el amor y no entendí nada; hoy, 30 años después, lo conozco; lo he experimentado, pero sigo sin entenderlo, aunque sostengo que es innecesario.

En aquella ocasión uno de los interlocutores decía que el matrimonio era resultado de un dilatado proceso de ensayos; recuerdo las palabras justamente porque no supe el significado de ninguna. Quizás este estigma haya permanecido a lo largo de mi vida: retener, casi hasta memorizar, los hechos o dichos que no entiendo. Tal vez por ello es que suelo apasionarme con mujeres a las que me resulta imposible descifrar; ni siquiera digo predecir, sería absurdo, pero sí conocer los principios de sus singulares reacciones.

Ante el sopor que me causa el recuerdo de algunas de ellas, me alivia pensar que el no poder acercarme para aprenderlas no es más que un ensayo, el dilatado ensayo que muchos han sentido de maneras tan diversas en sus vidas.

Hablo aquí de tres mujeres, cuya evidencia de mi existencia en sus vidas es casi nula.

Pero como la excepción hace la regla, he de confesar que sólo una de ellas guarda en su relicario mi pasado; fue mía en la única forma que uno puede poseer a otra persona: en secreto.

La Multiplicidad de sus Bellezas

¿Sabes?, recién me di cuenta: cada vez que miro las distintas bellezas que habitan en ti, se incorporan, desde mis entrañas, las distintas valentías que corresponden a cada una de esas versiones de vos: la guerrera, la ocurrente, la sensual y la carnal. Esas valentías que desgarran los velos de mi inmanencia, también tienen sus nombres: la tenaz, la optimista, la seductora y la carnal. Es un juego de correspondencias, de causa y efecto. La belleza entendida como verdad y la valentía, como recurso de libertad.

Fíjate que nuestras palabras son puente y frontera. A veces dos senderos inventados por nuestras huellas; la lectura de éstas, inveterada estrategia mediante la que nos aprendemos. Lectura y aprendizaje, trampa elegante cuando son falso dilema contra la vida. ¿Ser pacientes y prudentes y aprender su secreto alfabeto?… ¡No, jamás! Yo te quiero decir que si no existiera tu rostro sería la invención de mi deseo; y tu voz, el producto de mis ganas de escuchar que me nombras; y tus ojos, resultado de las ansias por sentir que el pincel de tu mirada, remata con ahínco los trazos de carbón que hay de mí en tus ganas.

En verdad que irte conociendo me ha dejado sentir mis viejas creencias como rejas. Ese ramo de fotos, Pangea de mis pasos, espacio de mi viaje, hidrógeno de mi mente. En él descubrí con sencillez y alegría que al mundo lo puedo sintetizar en tres fotos tuyas.

Pero hablemos de silencios: el de la sospecha causa ansiedad o angustia; el de la ignorancia es bastante terrible e incómodo, casi intolerable; el de la desconfianza, amargo y desgarrador; el de la inocencia es quedo, frágil, casi inexistente, casi consentidor y aterradoramente implosivo. En cambio, tu silencio deliberado es la confabulación de mis equívocos, el festival de mis desatinos y la premura que embarga nuestras afinidades.

Montaña. La Mujer de la Belleza Horizontal

Sí, me gustas, pero eso ya los sabes. Lo que no sabes es cómo me gustas, que es más divertido y entretenido.

Pero una declaración así, por más acompañada del diccionario y la historia, se pierde en las honduras del tiempo, si no es causa o efecto del cruce y engarce de instintos e intenciones; de tactos y humedades.

Quiero hablar de ti, de tu belleza. Probé algunas metáforas que sólo me condujeron a lugares comunes y ninguno trataba de ti. Entonces observé mi error: quería acercarte por medio de canciones y poemas escritos por otros para otras; incluso, esa estrategia empobrecía tu recuerdo. También caí en la cuenta que así te perdía: elusiva mujer de nariz escalena y mirada antigua; tan antigua, que cuando me miras siento que me abren la puerta a un verano europeo decimonónico, con tu nariz como puente.

Tienes varias bellezas; una es obvia: tu belleza vertical, cuyo emblema es esa nariz que funge de puente para acceder a otros tiempos. Pero esa belleza todos pueden verla, aunque no la entiendan; hay otra: tu belleza horizontal. Es posible que sospecharas de su existencia, que la percibieras como a veces sentimos a nuestros muertos queridos, pero sé que no la has descrito ni llevado en acucioso registro. Tu belleza horizontal contiene tus vidas, desde la niña con el vestido sucio y raído hasta la mujer con los muslos atléticos y tibios; como la vaina del ejote que a sus semillas alimenta y cuida. Todas las que eres tú existen en una comunidad que te nombra, arrulla y castiga; ese nombre que te desnuda y que hace que en el desamparo más terrible, adquieras nuevas cualidades para salir inerme y sonriente. ¡Ah, tu sonrisa! Es preciso hablar de ella, porque si bien tu nariz es el puente, tu sonrisa es el acertijo vencido de tu inteligencia y ternura, que permiten el acceso a tu belleza horizontal a la que se entra y sale por tus ojos.

¡Súbitamente, se me impone una ilusión!: Abres y entras por la puerta con fuerza, como una bofetada, como un felino furioso que descarna a su presa, como la primera rabia de un despecho. Caminas en varias direcciones. No me has visto y yo no sé si eres una proyección de mis deseos o soy yo el reflejo de un olvido o de tu descuido menos deliberado. En esa confusión te descubro de diferente manera y ya no puedo dejar de pensarte, entonces se me ocurre esto de tu belleza horizontal. Escribo y me doy cuenta que en ningún momento la defino. Me sorprendo porque en realidad no sé lo que quiero darte a entender con esa frase. Me digo: se escucha bonito, ¿pero no sé qué significa? Regreso de ese ensimismamiento repentino y, al cabo de un par de horas, sé, finalmente, que tu belleza horizontal no es un concepto y la frase no pretende definiciones; que tu belleza horizontal semeja un módulo de tiempos y espacios que incluyen lo que te rodea y a quienes te rodeamos; me implica escribiéndote en este momento: si estás en él todo me gusta más. Esta es una forma de aproximarme a tu belleza horizontal. Sin ti, este mundo, que ya no sé si es tuyo o mío, empieza a ser bizarro, habitable pero inaprensible, y sin embargo, paulatinamente, tú también te vas despojando te ti misma y te vas vertiendo en el mundo que vos, al parecer, creaste y en el que sin planearlo estás empezando a sentirte mejor; también inventada, por la belleza horizontal de la vida.

La Mujer y su Arqueología

El mundo es una invención de tu cama: a veces lo improvisa  y otras lo planea.

Sé que la noche que lo oscurece es arrastrada por tus párpados que simulan cansancio porque no son capaces de contener el sollozo carnal de tu entrepierna. Porque entre tus estertores y jadeos, sufres y gozas, porque eres incapaz de soltar las heridas y con ellas prefiguras tu muerte chiquita.

Soy la sombra que se ampara en tu noche; oscuridad que aprovecho para entrar en ti como un ladrón y en vez de hurtar, depositar testimonios de mi existencia en las grutas de tu ser. Así, en algún momento del porvenir, los arqueólogos de tus sueños e ilusiones te revelarán que siempre estuve ahí; por un tiempo te ocultarán que la historia no es como la venían contando, porque no sabrán cómo explicarte que la sonrisa que mostraste la primera vez que me viste, no fue sino el síntoma de intentar cuidar en mí lo que nadie vio en ti; y como no supiste diferenciar amor y ternura, creíste que te habías enamorado, pero no fue cierto, fue vecindad emotiva, ¡pero qué amo-tiva!

Y pensar esto y otras cosas, mientras platicábamos en la cama, nos fue enseñando a golpes, durante largos años, que el silencio es una de las rutas más directas al sufrimiento.

El amanecer es la evolución de tus párpados cerrados hacia su apertura, con ese perfume rosado ávido por impregnar las sábanas. De día, tus sueños e ilusiones continúan los trabajos de arqueología. Harán el descubrimiento de una colección de nuevas piezas: pinturas, armas y diversos instrumentos cuyas funciones serán inciertas. Pronto te interesarás en ellas. Algunas estarán incompletas; otras, simplemente rotas. Los dibujos parecerán pictogramas, pero eso se sabrá más tarde, cuando lleguen los criptólogos y filólogos. Algunos aventurarán que su antigüedad es considerable, comentario que te intrigará. Estarás muy interesada por los descubrimientos, pero lo más importante es que seguirás buscando un sentido, un nuevo significado a todo eso. Empezarás a sentir, con el pecho henchido y relajándose, que tienen más que ver contigo de lo que puedes imaginarte. Sabrás que hubo vida ahí, dentro de ti, pero en el desamor y la anticoncepción, el pasado de un minuto o de 20 años luce igual, como ruina de la pasión.

En el informe final, los arqueólogos hablarán de la correspondencia, que tus ojos me descubren el mundo, que en tu sexo miro futuro, y que las noches que me duermo contigo y las mañanas que despierto abrazándote, siguen siendo una operación del deseo.

sábado, 2 de abril de 2011

El Rey Arturo de Hartmann y el Imperio del Tránsito

Para el número 433 de la Gaceta del Fondo de Cultura Económica de enero de 2007, tuve un fuerte dilema en cuanto a mis preferencias literarias: favorecer un ensayo de René Guénon acerca del Demiurgo o un reportaje sobre un libro incunable que recién se había descubierto. En particular, me atraía más el reportaje porque se trataba de un libro que presentaba una versión muy diferente del Rey Arturo, respecto a las conocidas hasta ahora. En cuanto al ensayo sobre el Demiurgo, era un texto seductor por dos razones: en primer lugar se trataba de un inédito en castellano y estaba escrito con una claridad que, desde la perspectiva editorial, representaba un atractivo y ventaja extras, dado que los textos sobre este tema suelen estar redactados o traducidos de manera poco clara.


En el Consejo Editorial optamos por publicar el ensayo. Conversé con algunos colegas y todos coincidieron en la espléndida traducción lograda por Antonio Guri y P. Vela. Alguno de ellos agregó que la pertinencia del ensayo en comparación con el reportaje, era mayor y que también guardaba mayor coherencia con los trabajos de los otros colaboradores.


En fin, me quedé con la espinita de no publicar el reportaje.


El incunable inédito es de principios del siglo XIII y narra una versión exageradamente distinta de la vida del Rey Arturo. El asunto es de sumo interés, pero también muy discutido por algunos filólogos de la cultura celta y especialistas del ciclo artúrico, como Victoria Cirlot y Jean Markale, respectivamente. El libro introduce nuevos elementos y escenarios, pero conserva los mismos actores –aunque algunos de ellos con diferentes roles– respecto a las versiones conocidas de Geoffrey de Monmouth, Chrétien de Troyes y sir Thomas Mallory, que son los divulgadores más conocidos y reconocidos de la saga artúrica.


El autor de esta versión es Hartmann von Aue, de quien se conocen varios libros de aventuras, entre las que se encuentran las épicas Erec e Iwein, referentes al ciclo artúrico; sin embargo, lo más importante de este hallazgo es la forma en que fueron escritos: más de tres mil versos pareados en octetos dodecasílabos. Éstos no vieron la luz hasta que un coleccionista de textos antiguos, Wilhem R. Kyburg, donó su biblioteca a la Universität Augsburg en 2000. El documento inmediatamente pasó a formar parte de los más de mil doscientos libros incunables que integraban la colección histórica de la biblioteca central de dicha universidad.


Como todo documento controvertido, en este libro muchas cosas son difíciles de aceptar, pero se cree que fue un pedido especial de la Casa Zähringer, que fue mecenas de Hartmann. Esto explicaría el porqué todos los folios están sellados con el águila negra, blasón de esta importante familia entre los siglos XII y XIII. Esta casa se asentó en la parte norte de lo que hoy es Suiza y hace frontera con el sur de Alemania, región, según se sabe, habitada por la familia Kyburg, en las inmediaciones de la Universität Augsburg.


Según el autor del reportaje, Rudolph G. Müller, los versos y su organización en octetos dodecasílabos son raros para la época y lo dotan de una belleza literaria inigualable –realmente son bellos–; no hay traducción al castellano.


Los versos cuentan una parte de la vida de Uther Pendragon, cuando viajó a Tierra Santa y luego hacia el oriente; permaneció fuera de su hogar entre 13 y 14 años. A su regreso, sedujo a Igraine y fue concebido Arturo. Pendragon regresó acompañado por un mago oriental. Hartmann no mencionó su nombre. Fue conocido en Bretaña con el nombre de Merlín.


Arturo tuvo una infancia relativamente tranquila hasta los siete años, edad en la que Merlín lo tomó como aprendiz con la anuencia y orgullo del mismísimo Uther. Maestro y aprendiz se retiraron al bosque, nadie supo lo que el mago oriental le enseñó al joven y futuro rey.


Cuando cumplió 13 años, ambos regresaron; Uther estaba muriendo. Ahí estaban, alrededor de su lecho, su esposa Igraine y Morgana; esta última, producto del primer matrimonio de Igraine. Por alguna razón que el autor no explicita, ella parece envidiar u odiar a Arturo. Era nueve años mayor que él y dotada de una exquisita y dorada hermosura.


Muerto Uther, el trono le correspondía por derecho a Arturo, pero aún era muy joven e inexperto. Habría que enseñarlo, educarlo para ser rey. Los estudios con Merlín se suspendieron. Se convocó a varios caballeros de la guardia personal de Pendragon para adiestrarlo. Esto hizo rabiar a Merlín.


El Rey Arturo, perteneciente a una estirpe real, no tardó en mostrar sus habilidades con la espada y la lanza; recién cumplidos los 14, tenía ya el físico de un adulto. Aún con todo el placer que le causaba ser admirado y enseñado por los mejores caballeros del reino, él seguía extrañando los estudios con Merlín.


Por su parte, parecía que la hostilidad de Morgana hacia Arturo iba desapareciendo con la cercanía y con los años. A sus 23 y a pesar de su gran belleza dorada, ningún príncipe le había propuesto matrimonio, situación que la inquietaba. Sin embargo, tenía un secreto bien guardado: estaba enamorada de Arturo, mas no podía amarlo.


Un día hubo una fiesta que duró tres días y tres noches; se bebió mucho vino; se mataron cientos de puercos y borregos; mujeres, muchas mujeres, las más bellas de los alrededores. Es verdad que fueron años en donde hubo pobreza, vejaciones, injusticias, pero eran las excepciones; sobre todo hubo gente con esperanza. Uther se caracterizó por haber sido un rey indulgente, astuto y generoso; el pueblo esperaba aún más de su nuevo monarca. Esa fiesta empezó a signar el final de una época. Fue ahí que Arturo miró por primera vez a Morgana como mujer y ya no como su media hermana; fue prudente y no hizo nada.


Como fue una época de paz, Arturo se transformó en un administrador más que en un caballero. Al poco tiempo Igraine falleció y Morgana se convirtió en su consejera más influyente. Gracias a su experiencia, ambición y apelando a su enorme belleza, Morgana no tardó en enamorar al joven rey.


Se amaron durante muchas noches; nadie decía nada, pero todos lo sabían. Entre tanto, Merlín había decidido desaparecer de Cámelot y se había refugiado en el bosque. Pronto una enfermedad asoló a todos los reinos; los pobladores decían que se trataba de una maldición, de un conjuro de Merlín. Siguió una hambruna como no se había visto en cientos de años. Miles de hombres, mujeres y niños murieron.


El rey, embelesado entre los brazos y las piernas de Morgana, estaba abstraído de la desgracia, hasta que Lancelot le reclamó su indolencia ante la desgracia de sus súbditos. Fue tan enérgica y terrible la increpación, que Arturo reaccionó y en una noche otoñal, fría y oscura; se vistió de su armadura, dispuesto a ir al bosque a encontrar a Merlín para que le aconsejara cómo solucionar la enfermedad y hambruna desatadas sobre su reino.


Esto enfureció a Morgana como nunca antes. Arturo tomó a Excálibur de su pedestal y antes de envainarla, su amante voló hasta él desde la parte alta del castillo, se interpuso en su camino y pronunció un encantamiento. Él se quedó impávido, desconcertado; creyó recordar algunas palabras pronunciadas, pero ¿cómo es que Morgana las conocía?


Ésta soltó un tremendo golpe y con su brazalete dorado partió a Excálibur por la mitad. Tronó el cielo; segundos después, el reino se iluminó por un instante; el relámpago resumió la suerte de Cámelot: la época de la luz y la paz había pasado y seguiría una etapa de oscuridad ancha y profunda.


Cayó de rodillas, vencido al ver su espada partida. La mítica y poderosa Excálibur rota. Lo más inquietante es que ni siquiera había ocurrido en combate, por una causa noble y caballeresca, sino en un ambiente poco propicio para un rey. Levantó con lentitud el pedazo desprendido; metió a Excálibur en una bolsa de piel, montó su caballo y salió del castillo a toda velocidad. Morgana lo vio alejarse con una sonrisa, como si todo hubiera sido parte de un plan. Ahora se descubría ante sí misma sintiendo la misma aversión de antes hacia Arturo; extrañamente y con los años, su odio adquirió una forma sutil parecida al amor. Se sentía satisfecha con ella y la sumió a cabalidad.


Arturo cabalgó durante horas; se dio cuenta que ya debería haber amanecido, estar en el bosque cerca de Merlín. ¡Pero no!, estaba cabalgando en una bruma blanca que no le dejaba reconocer la parte del reino en donde estaba. Se detuvo y empezó a caminar con el afán de intentar explorar más de cerca el sitio en donde se encontraba.


Gritaba el nombre de Merlín una y otra vez. No se asustó, las tinieblas no lo amedrentaron y siguió internándose en esa espesura blanca bajo esa noche inexorable. El mago le habló, pero la voz provino de todas direcciones. Le dijo cosas en una lengua desconocida para el rey. Pronto, éste empezó a entender lo que el mago expresaba. Una vez que entendió por completo lo dicho por la voz ubicua, el mago del oriente apareció ante él.


Desesperado, le preguntó el porqué de su tardanza en aparecer, también sobre las posibles soluciones para las calamidades de su reino. Merlín pareció no escucharlo porque empezó a hablar sobre algo que vino a buscar a occidente desde hacía años. Le reveló el motivo por el que en realidad acompañó a su hechizado padre desde tierras tan lejanas hasta su reino: romper sus ataduras del Demiurgo. Para lograrlo, recurrió a la teúrgia. Un espíritu le reveló que para lograrlo tendría que obtener el poder del primer hijo varón de un rey de occidente que pronto visitaría su morada.


El mago oriental fue paciente, esperó por años, acaso décadas, hasta la llegada de Uther.


Lo más perturbador fue cuando le hizo saber a Arturo lo que necesitó de él: el poderoso amor manante de su ser. De nada servía su sabiduría y su experiencia si no los completaba un poder que no halló en su interior, lo cual lo frustró por décadas. ¿Cómo era posible que el Universo no lo haya dotado de la porción de amor indispensable para su liberación, para volverse a reunir pneumáticamente con la Unidad?; acabar con esa distinción ilusoria que lo atormentaba desde que se había percatado que sólo existía el Universo y lo demás eran una serie de desdoblamientos aparentes que mantenían atadas a las personas: el Demiurgo.


Necesitó a Arturo y con ayuda de Morgana lo llevó hasta ese brumoso y oscuro lugar que el mago llamaba “camino a la infinitud”. El rey lo cuestionó sobre el porqué Morgana conocía sus encantamientos. Merlín le dijo que también la educó a ella, por si las cosas se complicaban con él.


En realidad la conversación entre Arturo y Merlín fue un encantamiento. Arturo estuvo perdido en algún lugar que sólo compartían ellos, cerca de la perfección unitaria a la que aspiraba el frustrado mago. Éste parecía gozar cada vez que respondía las preguntas de Arturo, y es que esa conversación fue una distracción pues en realidad sirvió para seguir consumiendo la vida y el amor de Arturo. Para él habían pasado unas cuantas horas desde que salió de su castillo; en la vida real habían transcurrido 22 años.


Morgana fue cómplice de Merlín en todo esto. Ella quiso embarazarse de Arturo, pero no pudo. Así que a los pocos días de la desaparición del rey, ella contrajo nupcias con un príncipe al que solía manipular. Quedó preñada de éste. Su hijo ahora podría ser rey. Al nacer Mordred, fue proclamado rey de Cámelot por derecho parental.


El reinado de este joven superó al de Arturo. Asumió la corana a los 13 años y desde el principio se destacó por su gallardía, sabiduría e inteligencia, virtudes con las que supo rescatar a su reino y los aledaños, sin la necesidad de buscar ayuda como hubo hecho Arturo.


Las aventuras de Mordred en este libro –me refiero a la búsqueda y lo que hay en torno del Cáliz–, son las que corresponden a Arturo en los libros de Monmouth, de Troyes y Mallory. Los demás personajes y circunstancias permanecen igual, salvo Arturo, Merlín, Morgana y Lancelot.


En esta parte, mientras me imagino la trama, pongo en el minicomponente el Parsifal de Richard Wagner


Entre tanto, el Rey Arturo intentaba huir de ese lugar, no quería seguir escuchando en su mente lo que su antiguo y ahora aborrecido maestro le acababa de revelar. Montado en su corcel, cabalgó y sintió atravesar largas distancias, pero la bruma seguía. Se detuvo porque su caballo quedó agotado. Se paró frente a un hermoso lago, pero lo distrajo la aparición de Merlín. Éste le dijo que podría devolverlo a la realidad si le ayudaba a obtener lo que le faltaba. Ya no se trataba del amor, el cual se lo había arrancado paulatinamente durante esos 22 años en la bruma. No sólo su amor, sino el que habría generado en reciprocidad con su pueblo, al amparo de su justo reinado. Lo que el mago quería de Arturo era su cuerpo.


Lo hizo mirar su reflejo en el lago y Arturo vio con tristeza que ya no era el joven que había partido de Cámelot; el mago intentó disuadirlo haciéndolo entender que no tendría caso regresar, que ya existía un rey que había reinado mejor de lo que él podría haberlo hecho; que si le permitía entrar en su cuerpo, ambos romperían las ataduras del Demiurgo y sentirían la ascensión hacia la unidad con el Universo. Pero la naturaleza de Arturo era otra, no la de un iniciado.


Retó a Merlín para que le respondiera por qué quería su cuerpo si él siempre había aspirado a la perfección por medio del ser pneumático; que era una contradicción pasar de un ser psíquico a un ser pneumático, y luego regresarse; que no había lógica en todo eso. Merlín replicó que era una forma de compensarlo por los años arrebatados.


Dicha respuesta tocó el corazón de Arturo, pero sólo para enfurecerlo. Rebatió lo dicho por Merlín, le dijo que en realidad se había quedado solo en el mundo y tenía miedo de permanecer así por tiempo indeterminado. Fue enfático al indicarle que no había sabido transitar armoniosamente del ser psíquico al ser pneumático, y ese fracaso intentó subsanarlo con una errónea interpretación de la teúrgia practicada con antelación, en la que un espíritu le dijo que siguiera al rey de occidente. Merlín sabía perfectamente que Arturo tenía razón, y sentía esas palabras como dagas en su corazón.


El rey continuó cuestionándolo, le reiteró varias veces que se había quedado a mitad del camino, que por más que quisiera engañarse, no había estado cerca siquiera de ser un verdadero pneumático. Merlín tenía, en efecto, tremendo miedo de quedarse solo en esos páramos terrenos donde se encontraban ahora. Merlín desapareció. Arturo se acercó y se asomó a buscar indicios de su reflejo en el lago.


Mientras tanto, en Cámelot, Morgana esperaba el regreso de su hijo, que según los bardos había logrado encontrar finalmente el Cáliz; de pronto, sintió un tremendo dolor en su corazón, producto de un fuerte impulso de desamparo que la orilló a refugiarse en su habitación. Buscó el espejo de su recámara que en realidad era una ventana mágica al pasado que ella y Arturo habían tenido en esa misma habitación. Miró con ternura y nostalgia los momentos en los que se amaron, más de 20 años atrás. En el fondo lo que extrañaba de esa relación, era el control político y sexual que ejerció sobre Arturo. Manipular fue el más exquisito sentimiento que pudo experimentar en toda su vida hasta ese entonces; cuando nació Mordred, cambiaron algunas cosas y el amor por su hijo la hizo cambiar, pero también olvidar la manipulación por medio de la cual logró que su hijo accediera a la corona.


Mordred en sus decisiones fue tan certero como inquebrantable, por lo cual ella nunca pudo manipularlo. En él renació gran parte de lo que ella y Merlín arruinaron en Arturo.


Morgana no entendía por qué lloraba tanto, por qué extrañaba tanto, por qué sentía tanto en su corazón después de más de 20 años. De repente, sintió cómo unas ataduras en su corazón se iban rompiendo una a una. El espejo se ennegreció y vio la cara furiosa de Merlín írsele encima; al apartarse tropezó con un banco y cayó al suelo. El espejo se quebró por completo y desde el suelo ella vio su reflejo, cientos de Morganas diminutas, borrosas y lejanas tiradas en el suelo.


En ese mismo momento, muy lejos de ahí, Arturo buscaba su reflejo en el lago apacible e inmanente, pero no encontraba nada, ningún reflejo; tuvo un vértigo, varias sensaciones lo invadieron; primero una profunda tristeza, luego un sentimiento de culpa, de autodestrucción. Le vino una furia terrible y finalmente un cansancio. Al cabo de unos minutos, Arturo había olvidado esos desalojos humanos y nuevamente empezaba a repetir esas sensaciones y emociones.


Así permaneció unos minutos, sintiendo y olvidando, era incapaz de obtener un aprendizaje de lo revelado por Merlín y de su pasado. Súbitamente, mientras la superficie del lago volvía a la calma, después de que las lágrimas del rey lo hubiesen alterado, un reflejo se fue definiendo en esa superficie oscura y líquida. ¡Oh decepción!, no era suyo sino el de Merlín que con su mirada penetrante intentaba vulnerar su individualidad, su intimidad. El rostro del mago se le acercó, pero Arturo reaccionó y sólo agarró su bolsa de piel y la lanzó hacia la terrorífica cara del mago. Se escuchó que algo estruendoso entró en el lago, la imagen de Merlín desapareció y todo tardó en regresar a la calma límbica de esa oscuridad, de esa bruma y de ese lago que parecía no reflejar al mundo concreto y sus elementos.


Instantes después, Arturo se percató que había lanzado a Excálibur, que ahora sí había perdido para siempre la posibilidad de recuperar su reino. Se empezó a cuestionar para qué regresar, con qué propósito. Repitió la catarsis emocional y sensitiva, pero mientras lo hacía un punto de luz emergió a mitad del lago e iluminó todo el escenario. Arturo miró a unos metros de distancia a Merlín tocando las paredes de lo que parecía ser una caverna. Lucía desesperado, tratando de encontrar algún borde, algo en especial: una clave. Se acercó lo tomó del hombro y al verlo de frente se espantó porque Merlín no tenía ojos y parecía no reconocerlo, dado que inmediatamente se volteó y continuó con su búsqueda.


Arturo, alterado, regresó al lago y pudo empezar a distinguir su reflejo, esto lo tranquilizó. Sintió ganas de reconocer el entorno, lo que había en las paredes de piedra. Había en relieve muchos símbolos incomprensibles a primera vista, si lo que pretendía era un entendimiento por medio de la lectura o interpretación. El instinto, que es una forma primaria del intelecto, le indicó que para extraer algún aprendizaje de esos signos, tendría que tocarlos con ritmo y armonía, tratando de imitar en lo posible al Universo, sus posibilidades y acontecimientos, y así obtener una melodía apropiada a su circunstancia.


Mientras empezaba a tocar los distintos símbolos de piedra de una de las paredes, volteó a ver a Merlín de quien su silueta se iba perdiendo en una trama desconocida de la que nadie había escrito o hablado nunca. Arturo poco a poco iba reconociendo sus propios ritmos y armonías, estaba empezando a crear una música de aprendizajes y entendimientos, esa progresividad iba despertando esa luz que iluminaba cada vez con mayor intensidad esa estancia. La luz y la música guardaban coherencia y pertinencia, había una simbiosis en la que Arturo no se detuvo a reflexionar, pero no importaba porque él se empezaba a reconocer a sí mismo en la medida de esa teúrgia impersonal y deliberada en la que estaba invocándose a sí mismo.


Arturo empezó a develar al Rey Arturo mistérico. No supo en qué momento, pero ya no tenía puesta su armadura, estaba completamente desnudo musicalizando su ser en ese ritual ignoto.


Dejó de mover los brazos y se alejó de las paredes; estaba maravillado porque sin escucharse nada, había música en su interior, una música que lo movía y que lo hacía dirigirse hacia el lago de manera involuntaria, estaba poseso de sí mismo, como nunca se había sentido; no sabía que se trataba de él mismo. Toda su vida había estado dirigida por Uther e Igraine, por Merlín o por Morgana. Pero experimentar su yoidad le pareció tan impersonal que le costó unos minutos darse cuenta de lo que en realidad le acontecía, entendimiento facilitado por la luz del lago.


Ese punto de luz le empezó a contar su propia historia y al narrársela, Arturo fue entendiendo y ensamblando su propia vida.


Se quedó impresionado cuando miró el resurgimiento paulatino de Excálibur, que se erguía sobre la superficie del lago; había sanado sus heridas en esa agua mistérica; su recuperación fue impulsada y cuidada por la Dama del Lago, quien empuñaba a esa mágica espada. Esta Dama lanzó la espada hacia donde estaba Arturo, quien la agarró por la empuñadura y al hacerlo vio que tenía de nuevo su armadura. ¡Se conoció diferente, supo quién era al fin!


En esta parte del reportaje de Müller, pongo de fondo La cabalgata de las Valkirias de Wagner


Envainó a Excálibur. Su corcel había terminado de beber agua del mismo lago. Lo montó y cabalgó a toda velocidad. La bruma había desaparecido y al voltear atrás, para ver por última vez a la Dama del Lago, vio sólo bosque, vegetación, tierra, pero nada del lugar en donde había estado. Entendió que la Dama, el lago y los símbolos los llevaba consigo en su mente y su corazón.


El Rey Arturo nunca fue un caballero andante ni un iniciado a cabalidad; entendió ambos lenguajes pero no tuvo oportunidad de practicar ninguno, por lo que, según Hartmann, no puede considerárselo como mediocre en ninguno de los dos ámbitos.


Por el contrario, el Rey Arturo se convirtió en ambas cosas y en el tránsito las superó, y se transformó en alguien diferente. Los caminos que cursan un Caballero o un Iniciado no le servirán en su regreso. Tendrá que inventar el propio, sus baches y sus destinos intermedios; las necesidades vencibles y concretas: su Demiurgo; los retos vencibles y etéreos: su Dragón.


El Rey Arturo irá inventando sus formas, pero los que lo recuerden lo irán inventando a él. Ya no recuperará el amor de su pueblo pero sí el de sus lectores; habrá inspiración y por lo tanto esperanza. La que tuvieron los habitantes de Cámelot inventó al Rey Arturo porque lo necesitaban y podían, con ella, aspirar al cambio; el rey en su cabalgata de retorno, también fue inventando lo que empezó a necesitar. Pobres de los pueblos pobres que no se dejen inspirar para alimentar su esperanza.


En los últimos versos del libro de von Aue, Arturo ya va cabalgando con sus caballeros; a su lado, su mejor amigo: Lancelot. Van a toda velocidad, pero no se especifica en qué dirección. El autor da a entender que el camino lo va trazando continuamente el Rey. Va reinventando su mundo concreto que empieza con sus caballeros. Un Rey en la vigilia y un Iniciado entre sueños. Se trata del reinado y la iniciación que nos legó el Rey Arturo de Hartmann: el imperio del tránsito, el hábito de la transformación.


-Me quedo con las palabras de Ananda K. Coomaraswamy, respecto a la característica esencial de la literatura de mitos: “aportar el significado más profundo en la forma cotidiana más económica”-.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Imaginaciones Vertebradas I: El Pensamiento Religioso y la Ley de la Gravedad

Cuando era joven platicaba con mi abuelo; le gustaba escribir, tenía una imaginación prodigiosa. A él le gustaba discutir conmigo acerca de mundos imaginarios que fueran más interesantes que el nuestro. No se le ocurrían burdas variaciones de la realidad, sino pequeñas y casi imperceptibles –esas son las peligrosas porque confunden y provocan eso que llaman “razonar”, –solía decir con esa sonrisa pícara de quien tramó una mentira fenomenal–. En ese sentido, le daba la razón pues una invención tosca lo primero que genera es rechazo, cuando no sorpresa; jamás reflexión. Es fácil pasar de la sorpresa a la aceptación, sin visitar el análisis.

Mi abuelo narró un mundo en donde el pensamiento religioso fue antes una religión. Por lo menos la palabra “religión” es original (detalle que siempre caracterizó a los cuentos del abuelo). Cuando le inquirí sobre la acuñación de palabra tan peculiar, me respondió que su construcción obedecía a un doble sentido etimológico.

–Por una lado, el prefijo “re” denota una mayor fuerza del movimiento o cosa de que se trate; lo interesante es que desde el latín con “ligare” o desde el griego “legere”, toma forma la palabra. Mira, “ligare” significa atar y “legere”, escoger. De ahí se pueden desprender todas las connotaciones que se te ocurran. El sentido que le doy a la palabra “religión”, también es doble; por un lado su significado relacionado con lo sagrado y objeto de culto, ese movimiento que con fuerza nos ata, pero que también con fuerza nos hace buscarla. Es como escrutar esa fuerza con el albedrío. ¿Te das cuenta como en ese mundo tendrían que asociar la palabra “libre” a albedrío para empezar a pensar en una libertad que no sienten por siglos de subsumisión al uso político que del pensamiento religioso permite la religión, el culto a lo divino?–

–Y en la historia del mundo que imaginé, la religión fue utilizada para dominar, controlar a pueblos enteros. Algunos se aprovecharon de esa doble fuerza, la que emana de los seres humanos y la que impone una figura superior–.

El abuelo pasaba muy rápido de la efusión a la tristeza cuando se refería a ese mundo. Me resultaba imposible creer que hubiera personas empecinadas en entender mundos que no existían, pero así era mi abuelo.

–Egdar, tú sabes que religioso es un adjetivo para caracterizar una forma de pensar el mundo, pero también es una de esas palabras sin sustancia, es decir, no hay objeto, acto, pensamiento, etcétera, cuyo nombre irradie religión, esto es, objeto de culto. En el mundo que propongo, hay objetos de culto, de devoción. Imagínate que hasta una persona puede ser considerada como una deidad. ¡Sería fantástico, ¿no te parece, Egdar?!, estaba radiante el abuelo.

Yo, siempre pragmático, usualmente trataba de darle explicaciones multisésticas, cierto, precarias, pero para intentar aceptar sus propuestas.

–Abuelo, para que ello fuese posible, la química hormonal de los habitantes de ese mundo debió segregar ciertas sustancias para generar los impulsos electrobioquímicos de una exagerada ambición, que trascendiera las fronteras de lo necesario para vivir, pero me suena muy descabellado; por otra lado, también tendría que estar su contraparte, una serie de agentes químicos que fomentaran la sensación de querer tener más de lo necesario, también para vivir, pero desde una necesidad distinta. Dos necesidades, una material y otra intangible; lo curioso, ambas trascienden la propia humanidad inmediata.

–¿Qué complicado eres, abuelo?


Él sólo se carcajeaba cuando escuchaba mis alegatos.

–En un mundo como el que te cuento, Egdar, el uso de la religión por unos cuantos, retrasó la evolución técnica y tecnológica de sus pueblos. Quemaron la sabiduría milenaria y esos cuantos impusieron pocos textos para ser obedecidos, aprovechando el impulso natural de los seres humanos para acceder a la trascendencia, misma que su persistente necesidad, usualmente, les negaba–.

–Y fíjate el detalle, Egdar, que esos pueblos basaron su avance técnico y tecnológico, siglos después, en corregir, prevenir; eran pueblos que hicieron de la previsión un modus operandi: su cultura. No por nada…, se me acaba de ocurrir, creó artefactos que almacenaban información, indicadores; esos ordenadores de datos funcionaban para evitar ese trauma histórico. Una parte era la capacidad de almacenaje; la otra, su socialización, es decir, no ubicar la información, lograrla ubicua: como su antiguo Dios, en el nombre del cual unos cuantos destruyeron toda la información… ironías de la vida, ¿no Egdar?

A mí me pareció pueril el comentario del abuelo… ¿hombres empecinados en crear artefactos que ordenan información, indicadores?... ¿Para qué? Somos personas que podemos memorizar e inteligir desde los seis años todos los nombres de los sistemas solares de nuestra galaxia; a los veinte, todas sus características atmosféricas, la química de sus superficies; a los cuarenta nos enamoramos y amamos sin perder capacidades de memorización; a los sesenta, antes de la universae entregae, somos capaces de empezar a sentir lo que siente el otro y, entonces sí, educar a nuestros hijos producto de la universae entregae.

Vaya imaginación del abuelo. Para evitar que pudiéramos aprehender lo que nuestros sentidos nos brindan, tendría que haber un trauma sociogenético muy profundo: ¿la sexualidad?

Bueno, hace muy poco accedí a la memoria histórica de nuestra especie, pero ¿por qué podría ocurrir algo así, además de la química fisiológica? No se me ocurre nada, pero al abuelo vaya que sí.

–Egdar, tú apenas lo sabes pero en nuestro mundo, primero llegamos al pensamiento filosófico, luego al científico y, finalmente, al religioso y al mitológico. Lo que se me ocurrió al iniciar este cuento es que invertí el orden de los acontecimientos. Me imaginé un mundo que haya llegado a Dios antes que a la Ley de la Gravedad; que las estructuras del pensamiento religioso hubieran sido previas a las del científico–.

–Lo importante y trascendente del pensamiento científico no es la densidad de sus aseveraciones (ya sea que se basen en el método de búsqueda o en la consistencia de resultados), la importancia radica en sus consecuencias ulteriores para la intencionalidad del ser humano y en la generación de confianza. Ambas se derivan de algo que sobra en ese otro mundo: el afán de lucro. Acá confiamos tanto en cada uno de nosotros y en nosotros mismos, que no ha sido necesario que un sólo científico repita experimento alguno, o dude de las conclusiones del otro. En casi 200 años de civilización y pensamiento científico, ya hacemos viajes intergalácticos; en aquel mundo, primero el uso de la religión y luego la comercialización de los resultados científicos, estancaron todo, una nata del tiempo–.

–Ahora que tienes poco de haber cumplido los 20 años, paulatinamente entenderás lo hermoso y trascendental que es la Ley de la gravedad para nosotros. Esa ley nos permitió transformar mil milenios de viaje sideral en casi un attosegundo, no sin antes aleccionarnos sobre la relatividad de la fuerza en el espacio y el tiempo, y del sesgo medible que persiste entre la microfísica y la macrofísica–.

–Egdar, el pensamiento religioso fue una necesidad porque el avance técnico y tecnológico de que constantemente nos proveían los métodos científicos, nos dejaron casi sin orientación y perdimos por un tiempo la brújula: ¿y a dónde vamos con tanta técnica y tecnología? Podemos llenar la historia de encuentros con galaxias y más galaxias, de conocimientos y saberes diferentes y nuevos, ¿pero para qué?

–Fue cuando me di cuenta que ese tipo de preguntas “qué y para qué o Cómo y cuándo”, prefiguraban un mundo como el que imaginé. Entonces el pensamiento religioso nos salvó, no sé si para siempre, pero nos salvó de nuestro avance desorientado, porque todas nuestras fuerzas intelectuales fueron catalizadas por esa hermosa atadura a una divinidad necesitada y buscada que nos enajenara la inmediatez práctica del conocimiento generado, sin el lucro–.

–Pero sabes Egdar, el uso político de la religión tuvo virtudes para esos pueblos, aunque no lo creas. Los dotó de coherencia en su convivencia social. Gracias a los miedos que generó y a las virtudes que procuró, se forjaron códigos sociales que trascendieron o cruzaron a todos los grupos sociales, a todos los segmentos económicos; la religión cohesionó a esas sociedades–.

–Pero, abuelo, lo mismo hubiera hecho el pensamiento científico, ¿no?

–No, Egdar, en ese mundo la religión fue para todos, chicos y grandes, pobres y ricos… ojalá hubiera una palabra para decir que era de todos, pero me sigues, ¿no? Allá hubo desigualdades de todo tipo, lo que se tradujo en que conforme las personas crecían, iban dejando la escuela, de estudiar. Así, cuando llegaba el momento de que el pensamiento científico ofreciera a las personas fundamentos éticos y de progreso, pues casi nadie llegaba ahí; la desescolarización, Egdar, fue el gran problema de acceso al pensamiento científico. Si no es por la religión todo hubiera degenerado antes, mucho antes. El colapso fue retrasado por la religión. Muchos se quejaron de ella cuando la civilización alcanzó cierta madurez, pero no vieron que sus argumentos fueron solapados y auspiciados por la religión y, para ser burdos: facilitados por índices bajo sotanas que ordenaron matanzas. Eso no los hizo ni peores ni mejores, simplemente personajes de lo que te cuento.

–No entiendo, abuelo.

–Egdar, es como decir que tu nombre significa “el hombre que defiende su territorio” y, que hace varias décadas hubo un rey sumamente querido que en una borrachera decretó que la “g” iría antes que la “d”; antes era Edgar.

sábado, 2 de enero de 2010

Mi Hermano Mayor

Estoy sentado frente a mi escritorio y recuerdo, simplemente recuerdo. Cuando éramos niños, miraba con tremenda admiración la altura que alcanzaban los pedazos de tronco o los palos que mi hermano lanzaba hacia arriba, intentaba pegarle a las ramas de las palmeras y en ocasiones lo lograba. Yo con todas mis fuerzas intentaba que mis lanzamientos obtuvieran las mismas alturas, pero era inútil, Oscar era más fuerte y alto que yo: era el mayor.

Quería mucho a mi hermano y lo digo en pasado porque ya falleció. Ahora lo que siento por él es muy diferente, en la misma magnitud, pero no hay una palabra, por lo menos no siento que querer sea el verbo adecuado, tampoco recordar. Insisto en que lo quería porque durante mucho tiempo lo envidié. Fue en la juventud cuando mis padres exponían mi pereza o incompetencias por medio de la comparación con él.

–Oscar a tu edad ya se había titulado, ya tenía novia, trabajo… –Me sermoneaban mis padres, que a pesar de todo sé que me querían–.

El amor a veces no fue suficiente, por lo menos para mí y, entonces, llegué a detestar a Oscar.

Mi padre, en particular, fue de derecha, conservador y panista. Cuando Oscarito se enroló con el Partido Revolucionario Institucional y fue Senador y luego secretario de Estado, pensé que sobre él penderían las críticas de mi padre; no fue así, se limitó a escucharlo y guardar silencio. Yo no entendí por qué no lo reprendió con la fuerza que hubiera hecho conmigo, si hubiera sido el caso.

Reconozco su inteligencia, su sagacidad para la política, ¡pero qué acaso mis padres no pudieron ver que yo fui y soy muy hábil para los negocios!; he logrado triplicar el capital que nos dejó mi padre.

Mi hermano murió hace un par de años y no sé por qué diablos siento que mis padres, antes de fallecer, me miraban con cierto… no sé cómo llamarlo. No es que hubieran preferido que yo falleciera en vez que Oscar, pero cuando me miraban sentía algo similar. Entre los tres ya sólo había una especie de administración del amor.

Lo que me interesa decir es que, no obstante que a Colosio le impusieron a Ernesto como coordinador de campaña presidencial, fue Oscar quien realmente la operó desde antes del 10 de enero de 1994. Oscar y Luis fueron muy unidos desde que se conocieron. En aquellos días, el tema de conversación en las reuniones de trabajo entre los cuatro, era el levantamiento zapatista. Zedillo, cuyo rostro prefiguraba una inteligencia que nunca mostró, intentó dirigir y cimentar la campaña con los discursos pro indigenas. Siempre se iba temprano y hablo de encerronas de 10 ó 12 horas, a veces en la casa de Oscar y otras en la de Ernesto, Luis o la mía, dependiendo si estaban o no en la capital.

Pero Oscar y Luis eran muy apasionados, podían pasarse toda la madrugada planeando los actos de campaña del mes. Era muy chistoso ver, cuando tuve oportunidad de presenciarlo, la cara de Ernesto cuando se enteraba que todo lo acordado en una sesión de trabajo, había sido totalmente modificado por los otros dos, en el transcurso de la madrugada.

Sólo una vez los mandó al carajo y estuvo a punto de abandonar la nave, si no es por una intervención de Carlos. Él continuó hasta el final de la campaña y posteriormente le dieron la Embajada en Estados Unidos. Recuerdo bien que a mediados de febrero se redactó la agenda de trabajo por el norte del país, para el mes siguiente. El domingo por la noche, Zedillo se fue de la casa con ese plan; a la mañana siguiente, Oscar y Luis ya habían rediseñado la agenda, adelantaron la visita a unos estados y pospusieron la de otros.

Ernesto reventó y perdió la compostura. Gritó, manoteó, amenazó; pobre, no lo culpo, se ha de haber sentido anulado. Yo en su lugar hubiera renunciado. “Así es esto de la política, guanaco”, solía decirme mi hermano con su sonrisa “sabelotodo”, cuando pasaba algo que yo no entendía o no quería entender y me encabronaba por ello.

Fungí toda la campaña como “asesor” de Oscar, en realidad era la boca, ojos y orejas del grupo de empresarios más importante del sur sureste del país, al cual yo pertenecía y presidía en mi calidad de Presidente del Consejo de Administración de la cadena farmacéutica más importante de esa zona.

A finales de marzo, creo que el 22 ó 23, se dio la charla más interesante y que a la postre marcó la diferencia para el país. Yo estaba, preparando una serie de propuestas para cuando visitáramos Yucatán y Quintana Roo. De pronto lo escucho decir:

–Vamos a ganar, Luis. Cuauhtémoc está muy débil, Diego está en el mercado; es hora de apostarle al fomento del aprendizaje social organizado; vamos a repartir el poder, hasta cierto punto, mediante una profundización de la descentralización de la gestión gubernamental. De los estados a los municipios, hasta donde se pueda–.

–Subsidiariedad –Apuntaló, Luis, como si una sola mente pensara y hablara con dos bocas–.

Empezaron a armar todo un andamiaje político y administrativo, como un par de escolares jugando al Tente.

–Nadie cree que los chinos vayan a mantener este ritmo de crecimiento durante 10 años más, pero casi nadie sabe que en los próximos quinquenios el Estado chino va a empezar a invertir en la parte occidental de ese país. Casi todo su crecimiento se ha basado en inversiones en la parte oriental –Luis caminaba por todo el estudio, como si buscara en los rincones o en los anaqueles, algunas frases con que continuar su discurso–.

–Sí, serán los estados del sur mexicano la punta de lanza de la inversión física estatal y privada –Oscar volteó a verme como diciendo, ahí vamos–; –el Estado mexicano será reconstruido. Esto será una labor que trascenderá el sexenio–.

–No sólo eso, Oscar, tendrá que romper con rutinas burocráticas y limitar los poderes fácticos. Carlos lo hizo con el petrolero, yo lo haré con el educativo –Luis se quedó unos segundos mirando el techo y después, para concluir sólo dijo: –televisoras y bancos, también–.

–El pedo va a estar en las dos secretarías más importantes del país: Hacienda y Gobernación–.

–Sí, la tensión será mucha porque ahí no vamos a tener margen, será otra gente la que se quede con ellas–.

–Pero se pueden hacer muchas cosas con las otras, en especial con las de Educación, Agricultura y Desarrollo Social… Ah, y el Banco Central–.

–Y en términos jurídicos, ¿cómo ves estas propuestas? Con la mayoría en el Congreso, pasan–.

Oscar y yo leímos un par de cuartillas en las que Luis plasmaba las ideas generales de una serie de reformas políticas. Ahí, Luis decía que en las elecciones presidenciales participarían todos y cada uno de los mexicanos mayores de edad y que se harían, igualmente, cada seis años con posibilidades de reelección.

También, que cada 20 años, habría votaciones sobre el modelo de crecimiento económico que conviniera al país. En éstas, sólo podrían votar los profesionistas. A partir de estas elecciones se determinaría la aplicación de un modelo en donde preponderara el Mercado o el Estado y, en última instancia, se definiría el tipo de inserción de México en la regionalización y mundialización económicas.

–Luis, ¿cuál sería el objetivo de esta propuesta?; la veo políticamente inviable –Comenté mientras Oscar con el índice tallaba su barbilla Se levantó y dijo.

–Justamente porque es inviable es por lo que debemos subirla al Congreso, y convocar a elecciones de modelo económico a más tardar en 1996. Si nos esperamos al 97, el tipo de democratización que se está dando en el país, va a derivar en un periodo de por lo menos 20 años en los que el Congreso parecerá mercería y ninguna reforma de fondo va a pasar o será alterada con otros fines. Una democracia tarda quinquenios en cristalizar y la forma que adquiere depende totalmente del tipo de “autócratas” que precedieron y fomentaron el cambio–.

–Si logramos separar el calendario presidencial del modelo económico, se habrá ganado mucho, ¿no creen? –Preguntó ansioso por escuchar nuestra reacción.

–¿No creen que la gente sentirá que es una medida que discrimina a la mayoría de la población? La prensa hablará de discriminación social o socioeconómica, harán escarnio de nosotros –Luis esperaba que Oscar lo refutara–.

–Habrá que defender la idea en público. Puede que sea discriminatoria, ¿pero acaso no es peor hacerle creer a la gente, a un pueblo que tiene en promedio cinco o seis años de estudio, que está preparado para "administrar la abundancia", que vamos a entrar al "primer mundo" por medio de un tratado de libre comercio, que son perfectamente capaces de "diferenciar la oferta política" de los tres grandes partidos? Me parece que tenemos parque para armar un buen discurso en la defensa de esta idea, ¿no les parece? –Dijo convencido mi hermano mientras los tres nos miramos con complicidad–.

Oscar agregó que, por otra parte, la propuesta podría funcionar como un catalizador que ayudara a darle perspectiva a una clase media que carecía de ella, de postura uniforme, de asociación. La mayor parte de los profesionistas del país pertenecen a la llamada clase media, pongamos los deciles V y VI de la distribución familiar del ingreso; los que ganan entre 25 y 40 salarios mínimos, desde el punto de vista del ingreso personal.


Esa noche no dormimos, pero fue muy prolífica.

Se llevó a cabo el plan de Luis y Oscar. Hoy, 15 años después, el Producto Interno Bruto (pib) de los ocho estados del sur sureste ronda 23% del total nacional; de esos estados, sólo Chiapas y Oaxaca permanecen con alto grado de rezago social, el resto están entre bajo y medio. El país tiene cinco años creciendo a 6% anual y la inversión física bruta ronda 27% del pib.

Ha habido alternancia en la silla presidencial, en ella ya estuvieron los tres partidos fuertes; al que mejor tiempo le ha tocado es al prd, pero en realidad se debe al proyecto de modelo económico que no ha cambiado desde 1995 y por lo menos no lo hará hasta 2015, cuando se repita el periodo de elección de modelo económico.

Ayer me encontré a Luis en una reunión y me dijo como quien guarda un secreto: –Esto debes tenerlo tú, Julián, es parte del trabajo que realizamos tu hermano y yo, pero ya no alcanzamos a concretarlo, de hecho ni siquiera lo divulgamos–. Me entregó, un disco compacto que dice: Estructuras de pregobierno.

Lo guardé en el bolsillo interior de mi chaqueta y nos despedimos. He prendido la laptop y estoy por abrir el archivo.

Estoy sentado frente a mi escritorio y recuerdo, simplemente recuerdo con tremenda admiración la inteligencia que tenía mi hermano, lanzaba ideas que a veces pegaban y otras simplemente no. Él, hasta antes de su aventura con Luis, siempre intentó imaginarse un país menos desigual, pero decía que le costaba trabajo porque la posibilidad ni siquiera era real. Yo con todas mis fuerzas intentaba que mis ideas obtuvieran los mismos resultados, pero era inútil; yo luché, toda mi vida lo hice, por mi familia, a lo sumo por un grupo empresarial; Oscar siempre fue más solidario. Mi hermano mayor.