domingo, 25 de marzo de 2012
La Lógica del Silencio
sábado, 18 de febrero de 2012
Tres Breves Ensayos sobre Tres Mujeres Ignotas
sábado, 2 de abril de 2011
El Rey Arturo de Hartmann y el Imperio del Tránsito
miércoles, 17 de febrero de 2010
Imaginaciones Vertebradas I: El Pensamiento Religioso y la Ley de la Gravedad
Mi abuelo narró un mundo en donde el pensamiento religioso fue antes una religión. Por lo menos la palabra “religión” es original (detalle que siempre caracterizó a los cuentos del abuelo). Cuando le inquirí sobre la acuñación de palabra tan peculiar, me respondió que su construcción obedecía a un doble sentido etimológico.
–Por una lado, el prefijo “re” denota una mayor fuerza del movimiento o cosa de que se trate; lo interesante es que desde el latín con “ligare” o desde el griego “legere”, toma forma la palabra. Mira, “ligare” significa atar y “legere”, escoger. De ahí se pueden desprender todas las connotaciones que se te ocurran. El sentido que le doy a la palabra “religión”, también es doble; por un lado su significado relacionado con lo sagrado y objeto de culto, ese movimiento que con fuerza nos ata, pero que también con fuerza nos hace buscarla. Es como escrutar esa fuerza con el albedrío. ¿Te das cuenta como en ese mundo tendrían que asociar la palabra “libre” a albedrío para empezar a pensar en una libertad que no sienten por siglos de subsumisión al uso político que del pensamiento religioso permite la religión, el culto a lo divino?–
–Y en la historia del mundo que imaginé, la religión fue utilizada para dominar, controlar a pueblos enteros. Algunos se aprovecharon de esa doble fuerza, la que emana de los seres humanos y la que impone una figura superior–.
El abuelo pasaba muy rápido de la efusión a la tristeza cuando se refería a ese mundo. Me resultaba imposible creer que hubiera personas empecinadas en entender mundos que no existían, pero así era mi abuelo.
–Egdar, tú sabes que religioso es un adjetivo para caracterizar una forma de pensar el mundo, pero también es una de esas palabras sin sustancia, es decir, no hay objeto, acto, pensamiento, etcétera, cuyo nombre irradie religión, esto es, objeto de culto. En el mundo que propongo, hay objetos de culto, de devoción. Imagínate que hasta una persona puede ser considerada como una deidad. ¡Sería fantástico, ¿no te parece, Egdar?!, –estaba radiante el abuelo–.
Yo, siempre pragmático, usualmente trataba de darle explicaciones multisésticas, cierto, precarias, pero para intentar aceptar sus propuestas.
–Abuelo, para que ello fuese posible, la química hormonal de los habitantes de ese mundo debió segregar ciertas sustancias para generar los impulsos electrobioquímicos de una exagerada ambición, que trascendiera las fronteras de lo necesario para vivir, pero me suena muy descabellado; por otra lado, también tendría que estar su contraparte, una serie de agentes químicos que fomentaran la sensación de querer tener más de lo necesario, también para vivir, pero desde una necesidad distinta. Dos necesidades, una material y otra intangible; lo curioso, ambas trascienden la propia humanidad inmediata.
–¿Qué complicado eres, abuelo?
Él sólo se carcajeaba cuando escuchaba mis alegatos.
–En un mundo como el que te cuento, Egdar, el uso de la religión por unos cuantos, retrasó la evolución técnica y tecnológica de sus pueblos. Quemaron la sabiduría milenaria y esos cuantos impusieron pocos textos para ser obedecidos, aprovechando el impulso natural de los seres humanos para acceder a la trascendencia, misma que su persistente necesidad, usualmente, les negaba–.
–Y fíjate el detalle, Egdar, que esos pueblos basaron su avance técnico y tecnológico, siglos después, en corregir, prevenir; eran pueblos que hicieron de la previsión un modus operandi: su cultura. No por nada…, se me acaba de ocurrir, creó artefactos que almacenaban información, indicadores; esos ordenadores de datos funcionaban para evitar ese trauma histórico. Una parte era la capacidad de almacenaje; la otra, su socialización, es decir, no ubicar la información, lograrla ubicua: como su antiguo Dios, en el nombre del cual unos cuantos destruyeron toda la información… ironías de la vida, ¿no Egdar?
A mí me pareció pueril el comentario del abuelo… ¿hombres empecinados en crear artefactos que ordenan información, indicadores?... ¿Para qué? Somos personas que podemos memorizar e inteligir desde los seis años todos los nombres de los sistemas solares de nuestra galaxia; a los veinte, todas sus características atmosféricas, la química de sus superficies; a los cuarenta nos enamoramos y amamos sin perder capacidades de memorización; a los sesenta, antes de la universae entregae, somos capaces de empezar a sentir lo que siente el otro y, entonces sí, educar a nuestros hijos producto de la universae entregae.
Vaya imaginación del abuelo. Para evitar que pudiéramos aprehender lo que nuestros sentidos nos brindan, tendría que haber un trauma sociogenético muy profundo: ¿la sexualidad?
Bueno, hace muy poco accedí a la memoria histórica de nuestra especie, pero ¿por qué podría ocurrir algo así, además de la química fisiológica? No se me ocurre nada, pero al abuelo vaya que sí.
–Egdar, tú apenas lo sabes pero en nuestro mundo, primero llegamos al pensamiento filosófico, luego al científico y, finalmente, al religioso y al mitológico. Lo que se me ocurrió al iniciar este cuento es que invertí el orden de los acontecimientos. Me imaginé un mundo que haya llegado a Dios antes que a la Ley de la Gravedad; que las estructuras del pensamiento religioso hubieran sido previas a las del científico–.
–Lo importante y trascendente del pensamiento científico no es la densidad de sus aseveraciones (ya sea que se basen en el método de búsqueda o en la consistencia de resultados), la importancia radica en sus consecuencias ulteriores para la intencionalidad del ser humano y en la generación de confianza. Ambas se derivan de algo que sobra en ese otro mundo: el afán de lucro. Acá confiamos tanto en cada uno de nosotros y en nosotros mismos, que no ha sido necesario que un sólo científico repita experimento alguno, o dude de las conclusiones del otro. En casi 200 años de civilización y pensamiento científico, ya hacemos viajes intergalácticos; en aquel mundo, primero el uso de la religión y luego la comercialización de los resultados científicos, estancaron todo, una nata del tiempo–.
–Ahora que tienes poco de haber cumplido los 20 años, paulatinamente entenderás lo hermoso y trascendental que es la Ley de la gravedad para nosotros. Esa ley nos permitió transformar mil milenios de viaje sideral en casi un attosegundo, no sin antes aleccionarnos sobre la relatividad de la fuerza en el espacio y el tiempo, y del sesgo medible que persiste entre la microfísica y la macrofísica–.
–Egdar, el pensamiento religioso fue una necesidad porque el avance técnico y tecnológico de que constantemente nos proveían los métodos científicos, nos dejaron casi sin orientación y perdimos por un tiempo la brújula: ¿y a dónde vamos con tanta técnica y tecnología? Podemos llenar la historia de encuentros con galaxias y más galaxias, de conocimientos y saberes diferentes y nuevos, ¿pero para qué?
–Fue cuando me di cuenta que ese tipo de preguntas “qué y para qué o Cómo y cuándo”, prefiguraban un mundo como el que imaginé. Entonces el pensamiento religioso nos salvó, no sé si para siempre, pero nos salvó de nuestro avance desorientado, porque todas nuestras fuerzas intelectuales fueron catalizadas por esa hermosa atadura a una divinidad necesitada y buscada que nos enajenara la inmediatez práctica del conocimiento generado, sin el lucro–.
–Pero sabes Egdar, el uso político de la religión tuvo virtudes para esos pueblos, aunque no lo creas. Los dotó de coherencia en su convivencia social. Gracias a los miedos que generó y a las virtudes que procuró, se forjaron códigos sociales que trascendieron o cruzaron a todos los grupos sociales, a todos los segmentos económicos; la religión cohesionó a esas sociedades–.
–Pero, abuelo, lo mismo hubiera hecho el pensamiento científico, ¿no?
–No, Egdar, en ese mundo la religión fue para todos, chicos y grandes, pobres y ricos… ojalá hubiera una palabra para decir que era de todos, pero me sigues, ¿no? Allá hubo desigualdades de todo tipo, lo que se tradujo en que conforme las personas crecían, iban dejando la escuela, de estudiar. Así, cuando llegaba el momento de que el pensamiento científico ofreciera a las personas fundamentos éticos y de progreso, pues casi nadie llegaba ahí; la desescolarización, Egdar, fue el gran problema de acceso al pensamiento científico. Si no es por la religión todo hubiera degenerado antes, mucho antes. El colapso fue retrasado por la religión. Muchos se quejaron de ella cuando la civilización alcanzó cierta madurez, pero no vieron que sus argumentos fueron solapados y auspiciados por la religión y, para ser burdos: facilitados por índices bajo sotanas que ordenaron matanzas. Eso no los hizo ni peores ni mejores, simplemente personajes de lo que te cuento.
–No entiendo, abuelo.
–Egdar, es como decir que tu nombre significa “el hombre que defiende su territorio” y, que hace varias décadas hubo un rey sumamente querido que en una borrachera decretó que la “g” iría antes que la “d”; antes era Edgar.
sábado, 2 de enero de 2010
Mi Hermano Mayor
Estoy sentado frente a mi escritorio y recuerdo, simplemente recuerdo. Cuando éramos niños, miraba con tremenda admiración la altura que alcanzaban los pedazos de tronco o los palos que mi hermano lanzaba hacia arriba, intentaba pegarle a las ramas de las palmeras y en ocasiones lo lograba. Yo con todas mis fuerzas intentaba que mis lanzamientos obtuvieran las mismas alturas, pero era inútil, Oscar era más fuerte y alto que yo: era el mayor.
Quería mucho a mi hermano y lo digo en pasado porque ya falleció. Ahora lo que siento por él es muy diferente, en la misma magnitud, pero no hay una palabra, por lo menos no siento que querer sea el verbo adecuado, tampoco recordar. Insisto en que lo quería porque durante mucho tiempo lo envidié. Fue en la juventud cuando mis padres exponían mi pereza o incompetencias por medio de la comparación con él.
–Oscar a tu edad ya se había titulado, ya tenía novia, trabajo… –Me sermoneaban mis padres, que a pesar de todo sé que me querían–.
El amor a veces no fue suficiente, por lo menos para mí y, entonces, llegué a detestar a Oscar.
Mi padre, en particular, fue de derecha, conservador y panista. Cuando Oscarito se enroló con el Partido Revolucionario Institucional y fue Senador y luego secretario de Estado, pensé que sobre él penderían las críticas de mi padre; no fue así, se limitó a escucharlo y guardar silencio. Yo no entendí por qué no lo reprendió con la fuerza que hubiera hecho conmigo, si hubiera sido el caso.
Reconozco su inteligencia, su sagacidad para la política, ¡pero qué acaso mis padres no pudieron ver que yo fui y soy muy hábil para los negocios!; he logrado triplicar el capital que nos dejó mi padre.
Mi hermano murió hace un par de años y no sé por qué diablos siento que mis padres, antes de fallecer, me miraban con cierto… no sé cómo llamarlo. No es que hubieran preferido que yo falleciera en vez que Oscar, pero cuando me miraban sentía algo similar. Entre los tres ya sólo había una especie de administración del amor.
Lo que me interesa decir es que, no obstante que a Colosio le impusieron a Ernesto como coordinador de campaña presidencial, fue Oscar quien realmente la operó desde antes del 10 de enero de 1994. Oscar y Luis fueron muy unidos desde que se conocieron. En aquellos días, el tema de conversación en las reuniones de trabajo entre los cuatro, era el levantamiento zapatista. Zedillo, cuyo rostro prefiguraba una inteligencia que nunca mostró, intentó dirigir y cimentar la campaña con los discursos pro indigenas. Siempre se iba temprano y hablo de encerronas de 10 ó 12 horas, a veces en la casa de Oscar y otras en la de Ernesto, Luis o la mía, dependiendo si estaban o no en la capital.
Pero Oscar y Luis eran muy apasionados, podían pasarse toda la madrugada planeando los actos de campaña del mes. Era muy chistoso ver, cuando tuve oportunidad de presenciarlo, la cara de Ernesto cuando se enteraba que todo lo acordado en una sesión de trabajo, había sido totalmente modificado por los otros dos, en el transcurso de la madrugada.
Sólo una vez los mandó al carajo y estuvo a punto de abandonar la nave, si no es por una intervención de Carlos. Él continuó hasta el final de la campaña y posteriormente le dieron la Embajada en Estados Unidos. Recuerdo bien que a mediados de febrero se redactó la agenda de trabajo por el norte del país, para el mes siguiente. El domingo por la noche, Zedillo se fue de la casa con ese plan; a la mañana siguiente, Oscar y Luis ya habían rediseñado la agenda, adelantaron la visita a unos estados y pospusieron la de otros.
Ernesto reventó y perdió la compostura. Gritó, manoteó, amenazó; pobre, no lo culpo, se ha de haber sentido anulado. Yo en su lugar hubiera renunciado. “Así es esto de la política, guanaco”, solía decirme mi hermano con su sonrisa “sabelotodo”, cuando pasaba algo que yo no entendía o no quería entender y me encabronaba por ello.
Fungí toda la campaña como “asesor” de Oscar, en realidad era la boca, ojos y orejas del grupo de empresarios más importante del sur sureste del país, al cual yo pertenecía y presidía en mi calidad de Presidente del Consejo de Administración de la cadena farmacéutica más importante de esa zona.
A finales de marzo, creo que el 22 ó 23, se dio la charla más interesante y que a la postre marcó la diferencia para el país. Yo estaba, preparando una serie de propuestas para cuando visitáramos Yucatán y Quintana Roo. De pronto lo escucho decir:
–Vamos a ganar, Luis. Cuauhtémoc está muy débil, Diego está en el mercado; es hora de apostarle al fomento del aprendizaje social organizado; vamos a repartir el poder, hasta cierto punto, mediante una profundización de la descentralización de la gestión gubernamental. De los estados a los municipios, hasta donde se pueda–.
–Subsidiariedad –Apuntaló, Luis, como si una sola mente pensara y hablara con dos bocas–.
Empezaron a armar todo un andamiaje político y administrativo, como un par de escolares jugando al Tente.
–Nadie cree que los chinos vayan a mantener este ritmo de crecimiento durante 10 años más, pero casi nadie sabe que en los próximos quinquenios el Estado chino va a empezar a invertir en la parte occidental de ese país. Casi todo su crecimiento se ha basado en inversiones en la parte oriental –Luis caminaba por todo el estudio, como si buscara en los rincones o en los anaqueles, algunas frases con que continuar su discurso–.
–Sí, serán los estados del sur mexicano la punta de lanza de la inversión física estatal y privada –Oscar volteó a verme como diciendo, ahí vamos–; –el Estado mexicano será reconstruido. Esto será una labor que trascenderá el sexenio–.
–No sólo eso, Oscar, tendrá que romper con rutinas burocráticas y limitar los poderes fácticos. Carlos lo hizo con el petrolero, yo lo haré con el educativo –Luis se quedó unos segundos mirando el techo y después, para concluir sólo dijo: –televisoras y bancos, también–.
–El pedo va a estar en las dos secretarías más importantes del país: Hacienda y Gobernación–.
–Sí, la tensión será mucha porque ahí no vamos a tener margen, será otra gente la que se quede con ellas–.
–Pero se pueden hacer muchas cosas con las otras, en especial con las de Educación, Agricultura y Desarrollo Social… Ah, y el Banco Central–.
–Y en términos jurídicos, ¿cómo ves estas propuestas? Con la mayoría en el Congreso, pasan–.
Oscar y yo leímos un par de cuartillas en las que Luis plasmaba las ideas generales de una serie de reformas políticas. Ahí, Luis decía que en las elecciones presidenciales participarían todos y cada uno de los mexicanos mayores de edad y que se harían, igualmente, cada seis años con posibilidades de reelección.
También, que cada 20 años, habría votaciones sobre el modelo de crecimiento económico que conviniera al país. En éstas, sólo podrían votar los profesionistas. A partir de estas elecciones se determinaría la aplicación de un modelo en donde preponderara el Mercado o el Estado y, en última instancia, se definiría el tipo de inserción de México en la regionalización y mundialización económicas.
–Luis, ¿cuál sería el objetivo de esta propuesta?; la veo políticamente inviable –Comenté mientras Oscar con el índice tallaba su barbilla –Se levantó y dijo–.
–Justamente porque es inviable es por lo que debemos subirla al Congreso, y convocar a elecciones de modelo económico a más tardar en 1996. Si nos esperamos al 97, el tipo de democratización que se está dando en el país, va a derivar en un periodo de por lo menos 20 años en los que el Congreso parecerá mercería y ninguna reforma de fondo va a pasar o será alterada con otros fines. Una democracia tarda quinquenios en cristalizar y la forma que adquiere depende totalmente del tipo de “autócratas” que precedieron y fomentaron el cambio–.
–Si logramos separar el calendario presidencial del modelo económico, se habrá ganado mucho, ¿no creen? –Preguntó ansioso por escuchar nuestra reacción.
–¿No creen que la gente sentirá que es una medida que discrimina a la mayoría de la población? La prensa hablará de discriminación social o socioeconómica, harán escarnio de nosotros –Luis esperaba que Oscar lo refutara–.
–Habrá que defender la idea en público. Puede que sea discriminatoria, ¿pero acaso no es peor hacerle creer a la gente, a un pueblo que tiene en promedio cinco o seis años de estudio, que está preparado para "administrar la abundancia", que vamos a entrar al "primer mundo" por medio de un tratado de libre comercio, que son perfectamente capaces de "diferenciar la oferta política" de los tres grandes partidos? Me parece que tenemos parque para armar un buen discurso en la defensa de esta idea, ¿no les parece? –Dijo convencido mi hermano mientras los tres nos miramos con complicidad–.
Oscar agregó que, por otra parte, la propuesta podría funcionar como un catalizador que ayudara a darle perspectiva a una clase media que carecía de ella, de postura uniforme, de asociación. La mayor parte de los profesionistas del país pertenecen a la llamada clase media, pongamos los deciles V y VI de la distribución familiar del ingreso; los que ganan entre 25 y 40 salarios mínimos, desde el punto de vista del ingreso personal.
Esa noche no dormimos, pero fue muy prolífica.
Se llevó a cabo el plan de Luis y Oscar. Hoy, 15 años después, el Producto Interno Bruto (pib) de los ocho estados del sur sureste ronda 23% del total nacional; de esos estados, sólo Chiapas y Oaxaca permanecen con alto grado de rezago social, el resto están entre bajo y medio. El país tiene cinco años creciendo a 6% anual y la inversión física bruta ronda 27% del pib.
Ha habido alternancia en la silla presidencial, en ella ya estuvieron los tres partidos fuertes; al que mejor tiempo le ha tocado es al prd, pero en realidad se debe al proyecto de modelo económico que no ha cambiado desde 1995 y por lo menos no lo hará hasta 2015, cuando se repita el periodo de elección de modelo económico.
Ayer me encontré a Luis en una reunión y me dijo como quien guarda un secreto: –Esto debes tenerlo tú, Julián, es parte del trabajo que realizamos tu hermano y yo, pero ya no alcanzamos a concretarlo, de hecho ni siquiera lo divulgamos–. Me entregó, un disco compacto que dice: Estructuras de pregobierno.
Lo guardé en el bolsillo interior de mi chaqueta y nos despedimos. He prendido la laptop y estoy por abrir el archivo.
Estoy sentado frente a mi escritorio y recuerdo, simplemente recuerdo con tremenda admiración la inteligencia que tenía mi hermano, lanzaba ideas que a veces pegaban y otras simplemente no. Él, hasta antes de su aventura con Luis, siempre intentó imaginarse un país menos desigual, pero decía que le costaba trabajo porque la posibilidad ni siquiera era real. Yo con todas mis fuerzas intentaba que mis ideas obtuvieran los mismos resultados, pero era inútil; yo luché, toda mi vida lo hice, por mi familia, a lo sumo por un grupo empresarial; Oscar siempre fue más solidario. Mi hermano mayor.