De fondo se escucha una excelente canción: Mujer que camina de Alejandro Filio.
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1
Supe que un día sus cabellos castaños decidieron suicidarse, se arrojaron desde su cabeza para morir; lo que no previeron fue terminarían por ser una cabellera lacia y hermosa que cubriría la cabeza de una mujer. Si no conociera esta historia, juraría que un diluvió dibujó su cabello, o que la arrogante fuerza de gravedad se empeñó en dejar constancia de su poder.
Más ignotas son las formas de sus ojos que hacia los extremos caen, y le confieren a su mirada y a su cara, una tristeza natural que sólo es apaciguada cuando llega a sonreír. Hablo de una tristeza natural, no de la clásica respuesta humana a algunas noticias.
Su forma de hablar combina con su cabello y sus ojos, es cálida su tesitura. Al contar una anécdota hace pausas precisas, como si antes ya la hubiera escrito o se la hubiera aprendido de memoria.
2
Sus ojos y su boca son como las rejas de una cárcel para su alegría; ésta, fugitiva, se esconde en algunos recuerdos de la Universidad, de la Preparatoria. Su voz delata nostalgia y arrepentimiento; sus manos, falta de caricias.
Sus pronunciados pómulos y quijada, le conceden una autoridad no asumida hasta el momento. Algunas ocasiones ni sus facciones bastan para disfrazar su tristeza.
Su piel blanca y discreta es habitada por huesos gruesos y fuertes que nunca creyeron que sólo la finura más delicadeza resultan en feminidad. A pesar de ello, es esbelta como el último rayo crepuscular.
Cuando habla, da la impresión de estarse despojando de las interminables anécdotas que cuenta ya sin fervor, como si se desvistiera de un atuendo incómodo; cuando se despide, no se va sin antes volverse a vestir, con esa impotencia de saber que nadie quiere adquirir nada de su guardarropas.