sábado, 11 de abril de 2009

Lavando Trastes

Pinturas: Estela / Ángel Diez Mediavilla, Movimientos migratorios / Ana María Aguilar Posada, Aquí y ahora / Ana María Aguilar Posada y La trama de los afectos / Ana María Aguilar Posada.
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Las Bocas del Diablo… este texto iba a intitularse, Las Bocas del Diablo. No había motivo alguno en especial, tampoco ideas ni texto, ni musas ni talento. Después de escribir el título, me fui a lavar los trastes; afortunadamente, la colonia donde se encuentra mi casa no sufrió el recorte en el suministro de agua, previsto para este fin de semana.

Una de las cosas que mi vista más disfruta cuando lavo trastes, es ver como el agua caliente disuelve los asentamientos alimenticios, irregulares y a escasas horas de la descomposición. Lavar los trastes es mi quehacer preferido. Cuando he llegado a comentarlo con Francois o Coltrane suelen actuar como si les hubiera hablado en una lengua extraña y muerta. El primero desiste de continuar la charla e inquiere de inmediato sobre el sacacorchos y la botella de vino blanco; el otro, empieza a declarar casi a declamar, cual Moisés con las sagradas tablas, acerca de la semejanza arcana que existe entre Zappa y Aristóteles.

Y así, mientras sigo lavando los trastes, los recuerdos van aflorando. Es como si la memoria se pusiera celosa al ver que le dedico el tiempo a una actividad tan “poco elevada intelectualmente hablando”, y la única forma que encontrara para recriminarme fuera aventándome recuerdos, vivencias de esas que ya no he aludido por años, quizá por décadas.

A veces esos recuerdos tan olvidados en el placard que está arriba del hipotálamo, de tanto que no los usamos, nos da la impresión que son escenas no vividas, como eventos del futuro o de otra vida. Será que tal vez eso quisiéramos, que ciertos recuerdos fueran la aventura y la responsabilidad de alguien más, porque descubrimos que esos sucesos del pasado, esos actos que cometimos hace tanto tiempo, ya no explican ni una miga de nuestra personalidad. No hallamos por ningún lado la relación entre lo que somos y lo que hicimos, y nos da vergüenza y temor; y fingimos soberbia y tesón y demencia; todo, todo con tal de comprender que no hay conexión alguna.

Y justamente esa es la conexión, la trascendental unión entre el pasado en desuso y nuestro presente: que no hay enlaces; me explico. Es como olvidarnos de la lógica aritmética elemental: 1, 2, 3, 4, 5… y sustituirla por otras más complicadas como la de los números primos: 1, 2, 3, 5, 7,…o la Fibonacci: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13,...

Pero de todas formas es muy raro, aunque lo entienda no deja de parecer tan raro…

De niño, le tenía tremendo miedo al tío Antonio; además de su enorme figura, y su voz de tenor, cada vez que llegaba a casa de los abuelos y yo estaba ahí, veía cómo con seguridad tomaba el teléfono, marcaba un número y decía:

–Sí, ¿Don Diablo…?

Francamente, me daba miedo ver la soltura con que mi tío sostenía largas charlas con el Diablo. Esa era la razón por la que sin chistar, me iba a misa de siete, cuando me lo ordenaba; mi abuela sólo me daba unas monedas para el diezmo.

Yo le llegué a tener pavor al aparato telefónico. Creo que por aquel tiempo nunca levanté el auricular. A esa edad, seis o siete años, no hay manera de darle vuelta a ese sentimiento, se lo vive y se lo cura en los brazos de los padres, de los abuelos. Pero con el tío ahí, sólo me asustaba ante tales situaciones.

Con el paso del tiempo, ya con once o doce años vividos, me di cuenta que el tío Antonio no hablaba con el Diablo, y que en realidad lo que decía al terminar de marcar era:

–Si, ¿Dónde hablo…?


Todos los miedos son y no, irracionales. A los 14 ó 15 años, a lo que más le temía era a los borrachos. Una vez fuimos muy bravos unos amigos dispuestos a pelearnos contra los chicos de otra cuadra; no recuerdo el motivo, lo más probable es que no hubiera ninguno. En esa etapa de la vida estabamos dispuestos a mostrar la “hombría” a trancazos o con la mayor cantidad posible de novias.

Ahí estábamos, jugando fútbol con los de la otra cuadra, y el que perdiera, abandonaría las canchas de un parque aledaño. Entonces, un teporocho del barrio, inofensivo por lo demás, me tomó del brazo y me asusté; fui incapaz de instrumentar una respuesta lógica: un golpe, soltarme, empujarlo. Luego se fue.

Fue hasta diez años después que leí una historieta de Batman y descubrí la forma de encarar y vencer mi fobia a los borrachos.

A Bruce Wayne le dijeron: La única manera de vencer tu miedo es convertirte en él, a lo que tanto temes. En su caso eran los murciélagos; en el mío:

Convertirme en borracho.

Lo que menos me gusta lavar es la licuadora, es muy incómodo limpiar las aspas, eso sin contar que los padrastros de mis dedos han sido heridos innumerables ocasiones por ellas.

Los recuerdos que aparecen al lavar los trastes tienen un poco ese toque de antisépticos, tal vez sea el agua fría, el correr del agua que parece la misma o el hecho de abrir y cerrar las llaves continuamente; tal vez sea el nombre coloquial de donde se realiza dicha actividad: el fregadero. Y lo más importante, no hay tiempo para hacer interpolaciones, ese maldito vicio de querer juzgar todo como a partir de la primera vez sin entender que cada vez, aunque se parezca a las anteriores, es otra, distinta, única.

Así se cae cada vez menos en la idea del destino, es por ello que festejo cada vez que alguien me dice: He cambiado.

En realidad no lo creo; lo que sí sé es que cuando uno llega a sentir y a decir eso, es porque su pasado y presente han dejado de tener una lógica aritmética elemental. Por supuesto que el pasado siempre va a explicar al presente y al futuro, pero de distintas maneras, a la Fibonacci, por ejemplo. Esta última me parece muy ilustrativa de lo que pienso, puesto que es una serie de numerales en donde cada siguiente número es la suma de los dos previos.

Tener actitudes Fibonaccis. Ir por la calle y encontrarse a un amigo y preguntarle:

–¿Cómo has estado?

–Ah, pues yo muy Fibonacci, ¿y vos?

–No, pues yo muy aritmético-elemental–, contestaría casi sintiéndome menos.

–Qué lástima, che; tenés que crecer.

En fin.

Nada como lavar los platos. Por eso siempre los dejo al último. Es sencillísimo. Me parece que con limpieza y orden, es más difícil que los malos recuerdos se cuelen al hogar y se escondan por largo tiempo. Después de todo, un mal recuerdo no es más que una sucesión de acciones que partieron de una falsa premisa, de una expectativa sin fundamentos. Es entonces que cobra validez el argumento de que en ocasiones las formas tienen o elaboran sus propios fondos, y éstos dejan de ser los únicos determinantes ontológicos.

Me pregunto entonces, secándome las manos al terminar de lavar los trastes. ¿Qué tiene que ver lavar los trastes con la ontología? ¿Qué tiene que ver un sábado de gloria con millones de habitantes sin agua? ¿Qué tiene que ver otro día de trabajo en plenas vacaciones?

Destapo una cerveza, enciendo un cigarrillo; observo tras la ventana al grillo que ayer por la noche me recordó las lejanas noches infantiles en Oaxtepec, la caminata que junto a Domínguez hicimos descalzos en el 84, emulando a Ernesto Canto; el dolor de pies que nos duró sólo esa noche porque a los 10 años el dolor físico es parte del juego.

Regreso a la laptop; miro cuatro palabras en la pantalla: Las Bocas del Diablo. Es como si alguien más me hubiera dictado esa frase. Una ráfaga de viento se acaba de colar por la ventana entreabierta y deshizo el desorden de mis papeles desordenados y sólo sonrío.

2 comentarios:

Agus dijo...

¡No, no, no, recórcholis, guau, excelente texto! Sin pretensiones, costumbrista, ligero, genial. Ya mejor me callo. ¡Y luego insertas Purple Rain de soundtrack....! I only wanted to see you bathing in the purple rain! Me urge invitarte a comer para pagar de alguna manera estos momentos de buena literatura.

Oye, es más fácil lavar la licuadora si sigues las siguientes instrucciones:

1. Inmediatamente después de usarla, llénala de agua tibia casi caliente.

2. Ya que hayas lavado todos los trastes, desatornilla la base, que es ahí donde se sienta el mecanismo de aspas. ¡Y lava las aspas aparte! No me digas que te da flojera desatornillarla. ¿O qué, tienes licuadora de una sola pieza! ¡Ah, no existen!

Victor Castillo dijo...

Agus:

Tengo una relación odio-amor conlas licuadoras desde que en casa compramos una Krupp, malísima; pienso que de ahí me viene la maña de lavar la licuadora de una forma tal que es para masoquistas.

Suelo lavarla como dices, pero entre semana, pero mi necedad, algunas veces, sobre todo los fines de semana, me hace, incoscientemente, lavarla a la mala, jeje.

Saludos amigo.